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Su primera acuarela.

Hija mía, nunca he sido de tomar medicamentos. Tengo dolores crónicos no permanentes: de menstruación hasta que naciste, migrañas que han reaparecido con la menstruación tras el parto. También una alergia que mejoró con los años, aunque a los 17 ya había decidido no medicarme más si no era de vida o muerte. Tomo, desde que confirmé mi embarazo, una tableta de multivitamínicas traídas del más allá como complemento de mi dieta para gestarte, amamantarte.

Hoy llegan a la puerta, la médica de la familia y enfermera con nuestro frasco de Prevengho-Vir, el medicamento homeopático preventivo que Cuba reparte gratis, primero a las personas más vulnerables al Covid-19, según he leído en declaraciones oficiales. Nosotras estamos en ese grupo. Nuestra zona no parece complicada, aunque ya la transmisión es autóctona e imparable, si no se toman otras medidas. No me dan datos numéricos sobre infectados ni sospechosos en los alrededores. Mamá es periodista y cuesta que le den datos. Quizá no los tengan. Pero seguimos estando tú y yo entre las más vulnerables.

Firmo un papel que me extiende nuestra médica sin guantes.

—¿Ustedes lo tomaron? ¿Sabe mal? —pregunto.

—Sí, lo tomamos. No sabe tan mal.

—¿Cómo está Nina? —me pregunta.

—Bien. Duerme una siesta —respondo.

—Cualquier cosa me llamas. Y para cualquier duda… —creo entender desde detrás del nasobuco.

—Cuídense mucho, alcanzo a decir antes de que el miedo a respirar me haga cerrar la puerta.

Azalia y Leti han sido, con todas las presiones que el Programa Materno Infantil les genera, muy amorosas y hasta comprensivas de mi manera de ver el mundo, mi embarazo y tu crianza, ninguna muy compatible con el protocolo homogeneizante. Sé que las inquieto. Y me apena. Sé en las condiciones en que trabajan y son buenas, hija, buenas profesionales, buenas personas. Llevo días pensándolas en medio de esta batalla. No las había llamado. No me da la vida para todo lo que quiero.

Desde que se fueron no puedo dejar de pensar en qué hacer con el medicamento homeopático. Lo tengo guardado según el prospecto que “recomienda su uso en condiciones de riesgo epidemiológico”, como en la que estamos. Mañana debería ser la primera dosis. No reportan contraindicaciones “hasta el momento”, se lee en el papelito. Nuestras porciones debemos diluirlas en agua porque contiene 30% de alcohol. Pero son sublinguales y para que te hagan efecto habrá que dejártelas en la boca unos segundos. Ni idea de cómo hacerlo.

Mi primer encuentro con la homeopatía fue en los 90, en 1996 para ser exacta. Mi perrito Coso agonizaba sus tres meses de nacido con una gastroenteritis hemorrágica. Lo llevamos con el veterinario más famoso de Lawton, el barrio que me amparó tantos años y que hoy dicen será aislado por Covid-19 (más aislado que Lawton no se puede estar). Ángel Mario Rodríguez nos preguntó si conocíamos este tipo de medicina. La verdad que no. Y si queríamos usarla con nuestro amigo. Lo que usted diga que tenemos que hacer, lo haremos. Y Coso se salvó y vivió 13 años (Me habría encantado que conocieras a Coso, a Garci, a nuestra casa de Lawton y sus vecinos amorosos.)

Otra vez tendrás que perdonarme, Nina. Mamá no sabe qué hacer. Para tomar decisiones que te atañan, demoro siglos enteros. Tengo que investigar un poquito más antes de que amanezcamos. Tengo que descansar.

Te cuento también que, a la hora del ocaso, después de jugar en tu casa (de cartón) y redescubrir la postal de Jean Michel Basquiat (nombre que repites ya perfecto) que Mamá te instaló como si fuera un cuadro, saliste a dibujar tu primera acuarela sin intervención de otras manos, de otras cabezas. Es un paisaje arcoíris todo tuyo. Fuiste pidiendo los colores que te apetecían y ahí está tu primera obra de arte, hija mía, producida en el encierro.

Hoy también juzgaban en redes sociales a unos jóvenes cubanos por violar el aislamiento con una fiesta, por estar enfermos de Covid-19. El paternalismo provoca eso. Y las estructuras todas de este país son tan paternalistas del tipo padre malo que ya ni siquiera te deja poner la comida digna a la mesa, te impone prohibiciones, toques de queda, aislamientos sin decirte toda la verdad, siempre con aires triunfales.

Esos jóvenes no son “subnormales”, hija (Lo “normal” es un pacto social casi nunca justo.) Quizá quienes los juzgan así ni siquiera usen condón a estas alturas del VHI/sida. Pero, otra vez, eso no es lo importante. Lo que importa es que habrá más jóvenes cubanos que no entiendan este ensayo del apocalipsis o queriendo que el fin del mundo los pille bailando, como nos deseaba Joaquín Sabina.

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