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Los debates durante las elecciones primarias de Estados Unidos suelen ser demasiados, aburridos y confusos. El del 19 de febrero en Las Vegas fue todo lo contrario.
Elizabeth Warren impuso el tono de la discusión, apenas cinco minutos tras su inicio. Michael Bloomberg tropezó casi a cada instante, al dejar en evidencia que no bastan el dinero y una campaña de anuncios políticos bien estructurada para llegar a la Casa Blanca. Pete Buttigieg intentó un análisis crítico y un aplomo por momentos forzado. Amy Klobuchar apostó por una sonrisa a veces fingida. Ambos quedaron moderadamente bien, pero no lo suficiente para dar un paso más allá de la secuencia debate-primaria estatal. Joe Biden tuvo sus buenos momentos, pero solo para dar la impresión momentánea de que aún existe. Bernie Sanders reinó —o mejor dicho, intentó reinar— como cabeza de lista para la nominación demócrata.
Aunque estas son conclusiones temporales, minutos después de concluido el encuentro. Todo puede cambiar, y una buena o mala noche para los aspirantes los ayuda o perjudica, pero solo por unos días, acaso un par de semanas. 
Lo significativo son dos aspectos, que de momento no van a ser  alterados por los vaivenes en las encuestas o lo que ocurra en Nevada.
El primero y más importante es la respuesta de Sanders a la pregunta del presentador Chuck Todd de la NBC, sobre si el contendiente con el mayor número de delegados debía ser el nominado, incluso si no tuviera la mayoría. Muchos dijeron que sí, y dieron por descartada una nominación impugnada.
Todos menos Sanders, quien expresó su opinión de que la denominación debería de ir automáticamente para quien obtuviera más votos en las urnas primarias y los caucuses.
Una respuesta clave.
El senador por Vermont dejó bien claro que considera que hay una buena posibilidad de que él termine con un mayor número de delegados electos, pero no con el apoyo de los superdelegados designados por el Partido Demócrata.
Es decir, que considera que sus rivales están de acuerdo en que los superdelegados decidan la nominación, y así otorgarle la victoria probablemente al binomio Biden- Bloomberg o Bloomberg-Biden; con lo que no estaría de acuerdo él, y por supuesto, tampoco sus partidarios. 
Crisis —o el peligro de crisis— en convenciones han ocurrido con anterioridad en ambos partidos. Para citar un ejemplo aún cercano, durante las primarias de 2016 dicho fantasma recorrió las filas demócratas, pero al final Hillary Clinton superó a Sanders en delegados. Solo que este año el senador ha crecido en popularidad y pujanza.
El otro aspecto que el debate mostró es una opinión generalizada entre los aspirantes a la candidatura: evitar la reelección de Donald Trump pasa por lograr una participación masiva en las urnas. Solo que una investigación reciente de la Fundación Knight cuestiona dicha creencia.
Los estadounidenses no se caracterizan por una elevada presencia en las urnas. En 2016, más del 40 % de los ciudadanos con capacidad de voto no participaron. Ello incluye más de 2.5 millones en Michigan, 3.5 millones en Pennsylvania y 1 millón en Wisconsin, los tres estados donde Trump derrotó a Clinton por un margen total de 77,774 votos, y ganó la presidencia.
De ahí que los demócratas realicen una campaña para lograr una mayor participación electoral (los republicanos también).
Pero si a nivel nacional un mayor número de posibles votantes ha expresado el criterio de preferir a cualquier candidato demócrata antes que a Trump, ello no ocurre en estados claves como Arizona, Florida, Pennsylvania y Virginia, donde quienes no han votado dicen que ahora lo harían por Trump .
Una de las explicaciones de este fenómeno es que dichos “no votantes” se sienten inclinados a votar por Trump, aunque no sean partidarios republicanos. En igual sentido, aunque en menor número, otros tampoco identifican a Sanders con el Partido Demócrata, y votarían por él.
La consecuencia sería que, de ganar Sanders la nominación, la batalla por la presidencia estaría definida en última instancia por un duelo de personalidades, más allá de los criterios partidistas, y por una definición en medio de una polarización extrema.
En buena medida, el último debate demócrata lo dejó bien claro.

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