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Hasta el último día de su vida, el 27 de febrero de 2014, el excomandante Huber Matos relataba a quien quisiera escucharlo que el mismísmo Fidel Castro ordenó el asesinato de Camilo Cienfuegos, su lugarteniente más popular en el Ejército Rebelde. Para no perderse detalle, siempre tenía a mano un ejemplar de su libro Cómo llegó la noche, publicado tras pasar veinte años preso por sedición militar. De acuerdo con el texto, poco después de que Cienfuegos y Matos le reclamaran a Fidel el excesivo poder que comenzaban a amasar los comunistas dentro del Gobierno -en particular, por el Che Guevara y Raúl Castro-, el guerrillero moría a los 27 años en un misterioso accidente de avión el 28 de octubre de 1959.

La oposición en Miami desdeñó la versión oficial -que atribuyó la tragedia al mal tiempo- y siempre creyó que la desaparición de Cienfuegos fue una estratagema de Castro para proteger su liderazgo. Eso no impidió que el socialismo cubano agregara a Cienfuegos a su santoral laico y cada 28 de octubre, los escolares de todo el país lancen flores al mar para honrar al primer gran mártir por la causa fidelista.

De acuerdo a las exigencias del protocolo revolucionario, en 2019 el homenaje debía poseer una connotación especial por cumplirse el 60 aniversario de su muerte. Pero en su lugar, un terremoto económico monopolizó la atención de los cubanos.

El vicepresidente de la República, Salvador Valdés, anunciaba el 15 de octubre, que 77 nuevas tiendas estatales distribuidas entre La Habana y capitales de provincia, comenzarían a aceptar dólares estadounidenses con “productos de mayor calidad y a precios competitivos”, que en principio se centrarán en la venta de aires acondicionados, frigoríficos, motos eléctricas y otros equipos de elevado precio.

La fecha elegida para abrir las primeras 13 tiendas (12 en La Habana y una en Santiago de Cuba) fue el 28 de octubre, robándole protagonismo al héroe nacional que tradicionalmente acaparaba esa jornada.

En la práctica, esto supone implantar ‘de facto’ un sistema comercial paralelo a los dos existentes, en pesos cubanos (cup) y pesos convertibles (cuc). La idea es simple: los cubanos y residentes permanentes podrán solicitar una tarjeta de débito o crédito en cualquier banco local y utilizarla para recibir remesas en diferentes monedas convertibles (dólares, euros, libras esterlinas, francos suizos, etc). También será posible realizar depósitos dentro del territorio nacional, pero los que se hagan empleando dólares sufrirán la penalización del 10 por ciento vigente desde 2004.

Desde el comienzo de su mandato, en abril de 2018, el presidente Miguel Díaz-Canel había dado señales de que quería aplicar una medida de este tipo alegando la “preocupación popular por la fuga de divisas” -en verdad, transversal a una buena parte de la ciudadanía. Pero el verdadero telón de fondo son las crecientes dificultades que enfrenta la economía y los esfuerzos del gobierno por capturar ingresos en dólares.

“El Estado pretende convertirse en la ‘mula’ mayor”, dijo el economista Emilio Morales, director The Havana Consulting Group, un ‘think tank’ radicado en Miami, utilizando la palabra con la que los cubanos se refieren a los que viajan al extranjero y compran mercancías para luego venderlas en el país. Según el analista, las compras realizadas por estas ‘mulas’ cubanas ascendieron a 2.300 millones de dólares durante 2018, principalmente en Haití, Panamá, Rusia, México y los Estados Unidos.

Esos miles de comerciantes irregulares abastecen la amplia red informal establecida a lo largo del país, con artículos tan diversos como piezas para autos, juguetes, pinturas de uñas, champús o teléfonos móviles. Ni siquiera la draconiana legislación aduanera ha logrado impedir que sus márgenes de ganancia oscilen entre el 200 y el 300 por ciento, como promedio, por lo que muchos cubanos radicados dentro y fuera de las fronteras de la Isla han convertido la actividad en una ocupación a tiempo completo.

La colaboración médica, el turismo y las remesas constituyen los pilares esenciales de las finanzas cubanas. La Casa Blanca ha manifestado su intención de sabotearlas para “responsabilizar al régimen cubano por la represión del pueblo y por apoyar al régimen de Maduro en Venezuela”, según ratificó el 18 de octubre el portavoz del Departamento de Comercio de Estados Unidos al informar sobre el establecimiento de un nuevo ‘paquete de sanciones’. La presión sobre Cuba va en aumento.

La Habana se vio obligada a revisar -a la baja- las expectativas económicas por su exitoso modelo de colaboración médica internacional. El regreso de casi 9 mil especialistas que participaban en un programa de atención a comunidades vulnerables en Brasil, sumado a la agudización de la crisis en Venezuela, ha mermado considerablemente esa vía de ingresos.

El turismo también ha sufrido desde que el presidente Donald Trump, dio luz verde en mayo a la aplicación del título tres de la controvertida Ley Helms-Burton, que permite a las cortes del país norteamericano aceptar demandas contra compañías de otros países que inviertan en Cuba. Un mes después fueron suspendidas las licencias que amparaban los viajes de cruceros entre La Habana y varias ciudades de la costa estadounidense, así como los cupos para que los estadounidenses visiten el país de forma particular. El efecto inmediato fue la disminución del 15 por ciento en el número de turistas extranjeros proyectados para el año curso y de una caída del 20 por ciento en los ingresos.

El 25 octubre, cuando todavía se organizaba la aplicación de prohibiciones como la que impedirá a Cuba adquirir dispositivos con más de un 10 por ciento de componentes norteamericanos, altos funcionarios estadounidenses adelantaron a El Nuevo Herald de Miami que, desde el 10 de diciembre, las aerolíneas de ese país solo podrán viajar a La Habana, en detrimento de los otros nueve aeropuertos también reciben aeronaves de Estados Unidos. Poco queda del ‘deshielo’ que cinco años atrás impulsó Barack Obama.

“La industria cubana es hoy aproximadamente tres cuartos de lo que fue hace tres décadas. En realidad, 15 de las 22 actividades (listadas por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información) tienen índices inferiores al 50 por ciento y existen 8 actividades que no alcanzan el 10 por ciento del nivel que tuvieron hace 30 años”, expuso en un artículo el economista Pedro Monreal, asesor de la Unesco en París.

Sus palabras resumen la debacle experimentada por el sector manufacturero como resultado de la descapitalización, de las carencias del sistema burocrático local y del embargo mantenido por Washington durante casi sesenta años. Las demandas que promueve la Helms-Burton tienen como objetivo desestimular a potenciales inversores y ahuyentar los que ya se encuentran establecidos en la nación caribeña.

Por si tamaños obstáculos fueran pocos, a comienzos de septiembre, el gobierno de La Habana se vio obligado a decretar una situación de “coyuntura energética”, un circunloquio oficial para avisar a la población de que la escasez de combustible iba a generar problemas para mantener el suministro eléctrico y la frecuencia del transporte. “Las fuertes persecuciones de Estados Unidos se han intensificado durante las últimas semanas, dirigidas a impedir que nuestro país adquiera en el exterior el combustible que necesita”, explicó en cadena de radio y televisión el presidente Díaz-Canel.

“Solo las empresas rusas y chinas han continuado operando con normalidad”, detalló al día siguiente un periodista vinculado a la oficina del primer mandatario. Ya desde finales de 2018 se viene alertando sobre la caída en los envíos de combustible desde Venezuela, que pasaron de 105.000 barriles por día (bpd) en la cima de la relación bilateral (en 2013) a poco más de 55.000 bpd al cierre de 2017, explicó el economista y profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, Carmelo Mesa-Lago. Actualmente, los envíos rondarían los 25.000 bpd, menos de la mitad, según cifras extraoficiales.

A finales de septiembre, la crisis energética obligó a las autoridades a suspender clases universitarias, paralizar la práctica totalidad de las actividades económicas (salvo el turismo) y a reducir en más de un 90 por ciento los servicios de transporte entre provincias, dejando al país al borde de la parálisis. Pero la consecuencia más significativa demoró en manifestarse hasta mediados de octubre.

El primer ministro de la Federación Rusa, Dimitri Medvedev, aterrizaba en La Habana en un viaje que acercó a los viejos aliados de la Guerra Fría. A su partida, dejó tras de sí una larga relación de acuerdos que virtualmente elevan las relaciones con Moscú a otro plano. Incluso la restauración del Capitolio Nacional, la nueva sede del Parlamento cubano, seguirá adelante por cuenta de un proyecto de colaboración bilateral.

En días de recapitulación sobre los sucesos ocurridos seis décadas atrás, tales noticias no han pasado inadvertidas. Muchos creen que la historia se repite. Al momento de producirse la muerte de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Cuba y Estados Unidos se distanciaban a marchas forzadas, mientras Rusia se perfilaba con fuerza creciente en el horizonte. Hoy, la efigie del joven barbudo con su mítico sombrero alón preside junto al Che la Plaza de la Revolución en La Habana como símbolo perenne de la abnegación y la entrega por la causa. Pero Cuba ya no es la misma. El país no está para sacrificios.

Ignacio Isla
El Confidencial, 4 de noviembre de 2019.
Foto: Imagen de Camilo Cienfuegos en un agromercado de La Habana. Tomada de El Confidencial.


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