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El gran poder movilizador del castrismo

Protestas en Chile.

Roberto Álvarez Quiñones

Los Ángeles 08 Nov 2019 DDC
Las violentas protestas que han estremecido a Chile no son espontáneas expresiones de descontento popular por las desigualdades sociales causadas por el modelo “neoliberal” que, por cierto, los gobiernos izquierdistas anteriores a Sebastián Piñera mantuvieron intacto.

Sí hay descontento en el país, pero no como para incendiarlo todo. Fuerzas ocultas están manipulando la situación con fines “revolucionarios”. Porque, para empezar, no existe ningún modelo “neoliberal”.  Se trata de un sambenito inventado por la izquierda estatista para atacar a los gobiernos liberales de derecha.

No hay ningún “neo” (nuevo) liberalismo económico, sino uno solo, el clásico de John Locke, Adam Smith, David Ricardo, John Stuart  Mill, Montesquieu, Jean-Baptiste Say, Claude F. Bastiat o Ludwig von Mises, protegido por un Estado que garantice los derechos de propiedad  y un entorno propicio para el funcionamiento del mercado. La función del Estado no es la de ser un empresario gigante monopolizador, devastador  y corrupto.

De los 29 años de democracia posterior a Pinochet, la mitad del tiempo, 14 años, ha gobernado la izquierda; diez años el centro, y solo cinco años la derecha. Y ni el Gobierno socialista de Ricardo Lagos ni los dos de Michelle Bachelet se apartaron del modelo “neoliberal”.

No se apartaron porque estaba haciendo crecer a la economía chilena como nunca antes, y más que nadie en Occidente. ¿Por qué se culpa solo a Piñera de ser “neoliberal”? ¿Por qué no hubo masivas protestas contra Lagos (firmó tratados de libre comercio con EEUU, China y la Unión Europea) y contra Bachelet, o contra los gobiernos centristas de Aylwin y Frei?

El país que más ha reducido la pobreza

Desde que en los años 70 Chile cortó la “cubanización” a la que fue arrastrada el Gobierno de Allende por Fidel Castro, el país se abrió al liberalismo económico y devino, con mucho,  la economía más pujante de América Latina. Con bajo desempleo e inflación (2,24% en septiembre), Chile tiene el más alto ingreso per cápita latinoamericano con 25.675 dólares. Supera a la República Checa, Polonia, Estonia, Hungría, Lituania, Letonia, Rumania, Portugal y Grecia (miembros de la Unión Europea), y duplica al de Rusia. Chile es el país de la región que más se acerca al Primer Mundo.

Todo ocurrió en tan corto tiempo que recuerda  al Japón del siglo XIX, que con una reforma liberal —llamada Meiji— basada sobre todo en los modelos liberales de Alemania y Austria, a partir de 1868 pasó del feudalismo al capitalismo avanzado en menos de medio siglo.

Claro que en Chile sí hay desigualdades socioeconómicas, pero menos que en otros países de la región. Las protestas debieran ocurrir en los países con modelos antiliberales impuestos desde la época de la revolución mexicana, luego en los años 30, 40 y 50  por el populismo animado por aires fascistas que llegaban de Italia y Alemania, y luego por la segunda ola populista de fines del siglo XX y principios del XXI.

Esos regímenes retrógrados  (hubo 13 en 2011) no aprovecharon el alza de precios de las materias primas para desarrollar las fuerzas productivas nacionales, crear infraestructura, abrir sus economías el mundo, incentivar las inversiones extranjeras. Ni siquiera mejoraron los sistemas de educación.

Al contrario, aumentaron la intervención del Estado en la economía, fomentaron el proteccionismo que asfixia la competitividad de los productos de la región, ahuyentaron las inversiones extranjeras, crearon gigantescas burocracias que endeudaron a los Estados con gastos y concesiones para obtener votos en las elecciones, y para enriquecerse ellas mismas. Lula da Silva está preso, Ollanta Humala lo estuvo nueve meses, el exvicepresidente izquierdista de Ecuador, Jorge Glas, también está en la cárcel. Y Cristina Fernández, con diez causas pendientes, estaría en la cárcel si no fuera porque es senadora.

Latinoamérica, con la excepción de Chile, hizo lo contrario  de los países asiáticos, que adoptaron el modelo liberal luego de la crisis de 1997. Por eso, según el Fondo Monetario Internacional, en 2019 las economías de esos países asiáticos crecerán en un 5,9%, mientras en Latinoamérica apenas crecerán un 0,6%.

Cambios de expectativas facilitan la manipulación

Chile ha sido  la nación con mayor reducción de la pobreza en Occidente y la que más ha ampliado la clase media. El Banco Mundial (BM) reveló que en 2018 Chile ocupó el sexto lugar mundial entre las naciones cuyo 40% de población más pobre ha mejorado más rápido económicamente, y que está entre los diez países del planeta que más rápidamente han disminuido las desigualdades desde 2009.  El diario chileno Clarín informó en agosto de 2018 que la tasa de personas pobres era de un 8,6% de la población total. Además, en solo 30 años la cantidad de estudiantes universitarios se multiplicó por diez, algo nunca visto en América Latina.

Lo que ha ocurrido a los chilenos es que al dejar atrás la pobreza absoluta sus prioridades y expectativas sociales han pasado de la pura subsistencia diaria —ya resuelta— a aspirar a un nivel de vida más alto.  Ha cambiado para ellos la percepción de lo socialmente justo y lo inaceptable. Eso facilita la manipulación de las “masas”.

Es lógico que la gente se queje en Chile del alto costo de los medicamentos, las muy bajas pensiones, los altos precios de ciertos servicios básicos como la electricidad y el transporte, la falta de una red de protección social que asegure un mínimo de dignidad y un resguardo contra los imprevistos. Pero resulta que ninguno de los gobiernos de izquierda resolvió esos problemas. Sospechosamente solo culpan al único gobernante de derecha que habido en casi 30 años. Ello revela el carácter político-ideológico de las protestas.

Compárense las nuevas expectativas no satisfechas de los chilenos con las de los venezolanos, bolivianos, nicaragüenses, hondureños, o los cubanos de la “superior” sociedad socialista y antiliberal, y se verá lo no racionalidad de tanta violencia en las calles. Además, la destrucción de  estaciones del metro en Santiago de Chile fue muy bien planeada. Y Cuba —mucho más que la Venezuela chavista— es el país que mayor influencia tiene en los partidos y movimientos políticos de izquierda más radicales, sindicatos, y dirigentes estudiantiles.

El gran poder movilizador del castrismo

La Habana tiene una vasta penetración de su aparato de inteligencia en Chile desde los tiempos de Allende. También la tiene el Partido Comunista de Cuba (PCC) en todos los sectores de la izquierda. Tan seguros y relajados se sienten hoy en Chile los jerarcas castristas que las familias de los dos Castro y otros grandes personajes dictatoriales han comprado  allí fincas, mansiones y otras propiedades. Eso no lo han hecho en otros países de la región, ni siquiera en Venezuela.

La Habana nunca ha renunciado a la vieja estrategia castro-guevarista de “liberar” toda  América Latina. Luego del desplazamiento reciente del populismo izquierdista, ahora moviliza sus huestes para propiciar un regreso triunfal, bien por la vía de la “pluriporquería”,  como llamaba Castro I al pluralismo electoral democrático, o  violentamente si se hace factible crear “dos, tres, muchos Vietnam”. Muestra de ello es la desafiante reunión celebrada recientemente en La Habana de la crema y nata de la izquierda procastrista  continental que, para reanimar el Foro de Sao Paulo y su hijo putativo del Grupo de Puebla, saludó con ovaciones las destructivas protestas en Chile. Evocó los tiempos de la Conferencia Tricontinental.

¿Por qué el castrismo y el chavismo manipulan las protestas?  1) Chile es símbolo del éxito económico liberal, antítesis del  estalinismo, y hay que hacer creer que ese liberalismo es perverso, la causa de todo mal; 2) Si Piñera cayese podría aplicarse la misma fórmula en Brasil, Colombia, Perú, o Ecuador; y 3) con la crisis en Venezuela, la economía cubana necesita un regreso de Latinoamérica al populismo izquierdista para tratar de evitar el colapso final del chavismo y de paso obtener alguna “ayudita” comercial o financiera.

Seguramente este plan cuenta también con una posible derrota de Donald Trump en las elecciones de 2020, el fin de las sanciones y un regreso a las concesiones unilaterales, con besos y abrazos  de Washington a la tiranía cubana.

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