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El periodo especial en tiempos de paz debería llamarse realmente periodo ordinario, porque esa etapa, durante la cual el régimen perdió la subvención de la URSS y aún no tenía la de Venezuela, da la verdadera medida de lo que siempre habría sido Cuba bajo un castrismo obligado a valerse por si mismo.

Por eso el Maleconazo, del cual se cumple hoy un cuarto de siglo, debe entenderse como la respuesta más genuina y más espontánea de los cubanos al régimen.

Todo indica que se derivó de una operación organizada por Fidel Castro para crear otra válvula de escape como la del Mariel, y que la operación estuvo a punto de salirle mal, muy mal.  A punto de costarle su dictadura.

Por primera vez, entre tanques de basura volcados que interrumpían el tráfico, las calles habaneras próximas al Malecón se llenaron de gritos de ¡Libertad!, ¡Abajo Fidel! y ¡Abajo la dictadura! Castro no previó que la válvula podía trabarse y desatar una explosión.

El foco inicial

Hay versiones contradictorias de cómo empezó todo.  Varias fuentes dicen que el foco de la protesta estuvo en algún punto entre la Alameda de Paula y el Muelle de Luz, en la Avenida del Puerto, donde se había aglomerado un grupo de personas que empezaron a ser dispersadas por la policía.

Aparentemente algunos de los jóvenes del grupo levantaron la voz,                                           desafiaron a los agentes, empezaron a gritar consignas contra el gobierno y avanzaron hacia el área del Malecón próxima al antiguo Palacio Presidencial, mientras se les iban uniendo otras personas y aumentaba el número de curiosos.

El reportero Rolando Nápoles, que entonces trabajaba en la televisora provincial capitalina CHTV, le contó al periodista de Radio Televisión Martí Alberto Müller que al llegar precisamente a la zona del Castillo de la Punta, cerca del antiguo Palacio Presidencial, “de pronto empiezan a sonar [disparos] y a tirar piedras”.

“Cuando empezamos a preguntar, ellos [personas de la muchedumbre] nos decían: ‘El problema es que dice Radio Martí que va a venir una lancha a buscarnos aquí al Puerto de La Habana”, relató Nápoles.

Eso explicaría por qué se aglomeró el grupo en la Avenida del Puerto cerca del Muelle de Luz, y también la acción de la policía al dispersarlo.

“Quiero hacer una aclaración: Radio Martí nunca transmitió que iba a ir una lancha a buscar [cubanos al puerto habanero]; todo lo contrario”, declaró en el mismo programa especial conducido por Müller la periodista Margarita Rojo, fundadora de Radio Martí que en agosto de 1994 trabajó en la cobertura del Maleconazo y luego formó parte del equipo de la emisora que visitaría el campamento de cubanos en la Base Naval de Guantánamo.

“Pero yo recuerdo que eso es lo que me dijeron varias personas” en el lugar aquel día, insistió Nápoles.

La voz de lo que estaba pasando en el Malecón no tardó en correr por toda La Habana.  Hay incluso testimonios de que desde la Víbora partió hacia el Malecón un ómnibus de la Ruta 15 con personas que conocían por vivencia propia, o por boca de sus familiares, lo sucedido en 1980 en la Embajada de Perú.

“Por el trayecto iba recogiendo personas que le sacaban la mano. ‘Voy para el Malecón’, les decía”, contó Iván García hace cinco años en estas mismas páginas. “Cada pasajero que subía contaba una versión nueva de lo que estaba aconteciendo. ‘La gente ha roto las vidrieras de las shoppings y están robando comida, productos de aseo, ropa y zapatos. Han volcado carros de patrullas. Parece que ‘esto’ [el gobierno] se jodió’, comentaban”.

La ansiedad de los cubanos en medio del periodo ordinario no habría sido suficiente para desatar las expectativas de una súbita aparición de embarcaciones de rescate frente a las costas de La Habana, pero sí ?un rumor que hubiese echado a rodar la Seguridad del Estado por orden de Fidel Castro para crear las condiciones que abrieran otra válvula de escape como la del Mariel.

Eso fue justamente lo que terminó ocurriendo más tarde, cuando el gobierno anunció, con un eufemismo digno de los manuales estalinistas, que los cubanos “podían emigrar por sus propios medios”.

Y lo había anticipado el propio Castro en la televisión, culpando de todo –vaya sorpresa—al enemigo del norte: “Si Estados Unidos no toma medidas rápidas y eficientes para que cese el estímulo a las salidas ilegales del país, entonces nosotros nos sentiremos en el deber de darles instrucciones a los guardafronteras [para] que no obstaculicen ninguna embarcación que quiera salir de Cuba”.

El caldo de cultivo

A la altura de 1994, los pocos años transcurridos desde la caída de la Unión Soviética habían erosionado la economía y, con ella, la vida cotidiana en Cuba como nunca antes desde 1959.

El régimen hablaba de la inminencia de la “Opción Cero”, que habría llevado a las autoridades a emplazar ollas colectivas a nivel de barrio para distribuir, e incluso cocinar en grupos, los muy escasos alimentos racionados.

Apagones cotidianos de 10 y 12 horas, falta de combustible, pésimo servicio de transporte público, bodegas y tiendas vacías y un mercado negro también mal abastecido y, por lo tanto, implacable con los que no tuvieran algunos dólares o muchísimos pesos para pagar leche, pan, huevos, viandas y –excepcionalmente— carne.  Y la malnutrición y su consecuente déficit de vitaminas haciendo estragos.

Poco más de un año antes del Maleconazo, el 4 de mayo de 1993, el viceministro cubano de Salud Jorge Antelo Pérez se dirigió a la 46 Asamblea de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra no para presumir de que Cuba fuera una potencia médica, sino para pedir ayuda ante una epidemia de neuritis óptica.

“Hasta el día 30 de abril hemos tenido, en total, desde que comenzó la epidemia, 25,959 casos, de ellos 19,820 en la forma predominantemente óptica, 5,547 en la forma predominantemente periférica y 301 en otras formas clínicas”, dijo Antelo Pérez.

Lo hizo no sin antes quejarse del “injusto y cruel bloqueo”, de “la pérdida abrupta de nuestros justos términos de intercambio comercial con la antigua Unión Soviética y otros países del antiguo campo socialista”, y de “adversidades naturales como la mayor tormenta de este siglo”.

Días antes del Maleconazo, el 13 de julio de 1994, varias familias habaneras fueron víctimas de la masacre del Remolcador 13 de Marzo, de la cual tuvieron noticia los cubanos en la isla a través de Radio Martí.

Caos en el Malecón

Además de la gente a pie y en bicicleta en las calles, se veían muchos curiosos en los balcones de los edificios circundantes.  En medio de los gritos de ¡Libertad, libertad, libertad!, algunos manifestantes empezaron a tirar piedras contra vidrieras de tiendas exclusivas para turistas y contra cristales como los del Hotel Deauville que, según testimonia la cubanoamericana entonces de visita en la isla Rafaela González, quedaron completamente destrozados.

No tardaron en aparecer camiones de la policía con la orden de reprimir los disturbios, pero la muchedumbre estaba fuera de control.  Se estima que la multitud llegó a ser de unas 20 mil personas.

Agentes del Ministerio del Interior vestidos de uniforme, e incluso algunos vestidos de civil, fueron fotografiados con armas en las manos.  Estacionaron uno de los camiones de la policía en medio de la avenida para interrumpir el tráfico frente al Malecón, a la altura de las calles Crespo y Colón.

Al menos una de las fotos tomadas ese día muestra un volante en el suelo con la inscripción ¡Viva Cuba Libre!  “Cerca del Hotel Deauville se veía un carro patrullero destrozado a pedradas”, escribe Iván García.

En las inmediaciones del Parque Maceo fueron vistos camiones militares con remolques que llevaban ametralladoras y agentes de las conocidas Avispas Negras, las tropas especiales de las Fuerzas Armadas.

Fue necesaria una operación urgente de los aparatos represivos para controlar aquel foco “contrarrevolucionario” en las calles.  La movilización de las Brigadas de Respuesta Rápida y del Contingente Blas Roca Calderío, que desplegó a “civiles” armados con cabillas envueltas en papel periódico y otros camuflajes, mostró entonces el verdadero rostro de la “revolución”.

Poco después de las 4 de la tarde apareció Fidel Castro en el área cercana al Paseo del Prado.  Las imágenes de video lo muestran acompañado, entre otros, de Carlos Lage, Jorge Lezcano y José Miyar Barruecos.

Ya casi todo estaba bajo control de los aparatos represivos. Solo faltaba la coda del gran líder.

“Se estaban produciendo provocaciones contra la policía en distintos lugares”, diría Castro en la televisión cubana.

La versión de los protagonistas era muy diferente.

“El pueblo ha venido aquí por su propia cuenta, inofensivo, con las manos y con la boca nada más, y los están repeliendo con cabillas la gente del Blas Roca, y la policía está tirando tiros”, dijo a cámara uno de los tantos jóvenes que llenaron las calles.

En su recorrido por la zona, y más tarde en la televisión, Fidel Castro insistió en que la policía no usara sus armas de fuego.

Ni un tiro, dijo, pero nada más lejos de la bondad ni de la preocupación por su pueblo. Lo que pasa es que sabía que un solo muerto a manos de la policía en esas circunstancias habría sido una chispa demasiado difícil de apagar.
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