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Melancolía, recuerdos. A sus turistas, La Habana ofrece sus pasados –de ella, no de ellos: de la gloria colonial quedan las fortalezas, palacios, catedrales; de la gloria azucarera quedan los monumentos y avenidas y ambiciones; de la gloria cabaretera quedan pinkies y hoteles, Tropicana; de la gloria revolucionaria quedan los frescos y consignas y esa sensación de estar en un lugar que, para bien o para mal, ya no es de este mundo.

(Aquel día fue tremendo. Hasta entonces las ciudades habían servido para tanto: en ellas sus habitantes se juntaban, se conocían se enfrentaban se mejoraban los unos a los otros, ganaban y perdían, se querían se robaban se copiaban; en ellas se fabricaban cosas, las ideas, los objetos de uso y de deseo; en ellas se apiñaban las armas y las pompas y los demás poderes; en ellas se inventaban las maneras nuevas; sin ellas, nada podía ser lo que era. Pero aquel día, de pronto, los azorados habitantes descubrieron que ya no sabían qué hacer con las ciudades. Desesperaron: brevemente desesperaron, se mesaron los pelos, dijeron en voz alta ay dios ay dios y después murmuraron ay dios y por fin, en un rapto, descubrieron el truco del turismo. Oh, el turismo será la salvación, proclamaban por calles y plazas, tugurios y merenderos, salones de los bancos. Oh, ellos vendrán y viviremos, oh, por el turismo viviremos, oh, pregonaban, y pusieron manos a la obra.

Fue dulce y, como siempre, la historia pudo reescribirse: ahora millones saben –como se saben esas cosas– que las ciudades, antes del turismo, no existían. O, dicho de otro modo: ¿será que realmente no hay forma de evitar que todos los lugares diferentes, evocadores o coquetos de las ciudades del mundo se vuelvan decorados para el paseíto? ¿Será que solo los espacios más feos conservarán su vida? ¿O alguna vez, dentro de 20 o 30 años, la realidad virtual o lo que entonces sea hará inútil el viaje y las viejas ruinas reacondicionadas volverán a su antigua condición de ruinas, y las viejas ciudades serán lugares para que vivan las personas?)

La Habana vive en gran medida del turismo y el turismo la cambia y cambia a sus habitantes y los convierte en servidores de lugares comunes, de esos clichés que atraen a los turistas: servidores. Algunos –algunas– intentan descubrir formas nuevas de hacerlo. Formas que no sean puro tributo a la nostalgia, formas que les permitan hacerse vidas nuevas, y ofrecer algo nuevo, algo distinto.

Las Four Wives son cuatro mujeres en sus treintas que estaban allí cuando Cuba empezó a estar allí, en la mira de cierto jet-set. Trabajaban en producción de cine, se conocieron en rodajes y viajes de famosos, decidieron unir fuerzas y crearon “especie de empresa” para ofrecer turismo de calidad. Ya recibieron, entre otros, a Madonna y a Jagger; ya recibieron becas para aprender “excelencia de negocios” en Columbia Business School de Nueva York. Lili y Verónica son dos de las Four.

–Nuestros visitantes se impresionan con la cultura, la creatividad que hay en La Habana. Cuando los llevamos a la Fábrica el guau está garantizado. Están los que dicen guau y se quieren ir a los cinco minutos, los que dicen guau y se quedan cinco horas, pero el guau está siempre.

Dice Lili: la Fábrica del Arte es la cumbre del cool habanero, una antigua fábrica convertida en complejo de salas, galerías, bares, pistas, exposición, conciertos, rumba. Y Lili es elegante, su sonrisa medio irónica, la palabra fácil; su padre es un ‘cuadro’ (dirigente) del gobierno y ha viajado mucho. “Nosotras queremos dar un mensaje a nuestros visitantes. Y que es algo muy único que merece conocerse. Todos los países son únicos, pero este modelo no existe en ningún otro lado”.

–¿En qué consiste su unicidad?

Lili remolonea, se resiste, pero termina por lanzar su lista:

–Cuba es único porque es un país muy pobre que no tiene miseria; Cuba es único porque la gente trabaja y no se le paga de acuerdo a su trabajo pero no se muere de hambre; Cuba es único porque la gente no trabaja pero no se muere de hambre; Cuba es único porque tiene una población extremadamente educada pese a la pobreza; Cuba es único porque no tiene recursos naturales; Cuba es único porque se ha plantado ante los Estados Unidos por más de 60 años y todavía no nos han podido poner el pie arriba.

Lili y Vero viven en Miramar, la zona elegante, entre árboles como palacios y palacios como bosques y casas y avenidas y el Caribe allí mismo. Lili y Vero tienen coche, viajes, buena ropa, acceso a tantas cosas que la mayoría de los cubanos solo ven en sueños. Son, lo saben, parte y ejemplo de esa nueva clase. Y Verónica dice que últimamente La Habana se ha hecho más permisiva, para bien y para mal, que la gente es más tolerante con las personas distintas: gays, negros, extranjeros. “Ya no te juzgan tanto por cómo vas vestido, si tienes el pelo verde o rojo. Era una sociedad muy conservadora; sigue siéndolo, pero se ha relajado un poco”.

–¿Sigue siéndolo, dices?

–Bueno, es que el cambio no se da porque alguien lo diga; se va haciendo con los años, no va a pasar de un día a otro.

–Pero ahora hubo todo el lío con el matrimonio gay en la Constitución… Le digo, y Lili vuelve a intervenir:

–A mí no me gustó que al final no pusieran el matrimonio gay en la Constitución, pero no porque me pegue directamente… O sea: nosotras somos pareja, pero yo no creo en el matrimonio como institución. Yo no me casé con el padre de mi hijo, no me quiero casar con ella, no necesito que medie un papel. Pero dos cosas me molestaron: que el gobierno ha dejado que se vea como una victoria de la Iglesia, y que no entiendo qué tiene en la cabeza cada personita de Cuba cuando iba a las discusiones de la Constitución y de lo que hablaba era del matrimonio gay. En un país con tantos problemas, que está haciendo una reforma constitucional, ¿de verdad usted está preocupado por si se van a casar dos mujeres o dos hombres? Señor, preocúpese por la ley de propiedad, por los salarios, por los impuestos, porque le están diciendo que el partido es el órgano rector de la sociedad, ¿pero tú estás loco? ¿Tú de verdad te estás preocupando por quién se acuesta con quién? Eso me molestó mucho. Fue una cortina de humo, y mucha gente fue tan tonta que se quedó mirándola.

Afuera llueve como si no hubiera mañana; adentro, él dice que la lluvia también la manda Dios.

–No se confundan, la lluvia no la manda el Diablo; él no tiene poder para eso…

Grita el pastor, y le gritan que amén.

–La lluvia nos la manda Dios. Por eso, tu nombre lo exaltamos y glorificamos, Señor. ¡Aleluya! Tú eres el grande, eres el máximo, eres el amo…

Afuera, bajo la lluvia, el Templo Metodista de la calle K es un zigurat tipo torre de Babel pasado por Nueva York 1930; adentro, inundado de personas, es un hangar pintado de cremita, azul y rosa, sin santos ni vírgenes ni hostias; en lugar de vitrales, tres pantallas HD donde el predicador y su orquesta bullanguera se reproducen y se imponen. La música es un dechado de entusiasmo: teclado, bajo y mucha batería y los fieles que cantan gritan con un fervor y un ritmo que la hinchada de Boca envidiaría: Lo mío no pasa, es para siempre;/ empiezo en enero, sigo hasta diciembre./ Suelta la botella, todo lo que te daña…

Los fieles baten palmas y saltan y revolean los brazos pero no adoran a Maradona sino a otro dios que también es, insisten, todopoderoso. Y se creen que no precisan esperar los goles; que igual ganan. –Él se ha llevado todo mi dolor,/ me ha hecho libre…Grita el cantor y redoblan tambores y la tribuna se suma, se entusiasma.

–Me gozaré, gozaré, gozaré en Jehová a-a-a-aaaaa. ¡Go-za-ré!

A mi lado una mujer se retuerce como partida por un rayo y cae al suelo de rodillas, llora, se sacude, llora más. Después se levanta, saca su celular, lo enarbola en su brazo extendido para grabar las bendiciones. Es el momento: los dañados se acercan al estrado, todos cantan más, gritan más, tambores más y el pastor les aprieta la cabeza y les grita al oído; algunos extravían la mirada, otros se caen redondos.

El pastor es un muchacho blanco atildado en sus 40, chaqueta negra y anteojos de pasta, que cuenta a los gritos durante media hora cómo el rey David conquistó Jerusalén y que, al entrar, dice, repite, mandó matar a los ciegos y los cojos. –Sí, lo primero que hizo fue matarlos a todos. Todos los ciegos y los cojos, palabra del Señor.

Dice, y saca consecuencias morales sobre la fe y la decisión y el valor y esas cosas, y al final dice que quiere contar la historia de Voltaire –“voltaire”, dice, en perfecto castellano– que era un filósofo francés que en los años 1700 anunció que en un siglo no habría ni una Biblia más y que cuando se murió la sociedad bíblica de Francia compró su casa para guardar biblias y que ya pasaron muchos siglos y la Biblia está por todas partes y de ese Voltaire nadie se acuerda, grita, así que no se dejen intimidar por falsas amenazas, el que manda mensajes de intimidación no muestra su fuerza sino su miedo y su debilidad, grita, por vigésima vez, y que ahora todos los periodistas vienen a pedirle entrevistas, que hoy mismo vinieron de la agencia francesa, dice, a pedirle una entrevista y él les dijo que no, que hoy es el día del señor, que qué se creen esos que no creen, dice, y cientos le levantan los brazos y le gritán amén amén y más amén.

Y no explica que lo vienen a buscar porque su iglesia, sus gritos, sus manifestaciones fueron la vanguardia del movimiento que consiguió que el gobierno cubano retirara de su nueva Constitución el derecho al matrimonio gay. “El matrimonio es mujer y hombre. Estamos a favor del diseño original, la familia como Dios la creó”, dice un cartel muy grande a la entrada del templo, radiante de triunfo. Y eso que la adalid del movimiento por los derechos LGBT es una señora Mariela Castro, hija de un señor Raúl Castro, de una familia con ciertas influencias –que, durante décadas, reprimió a los homosexuales como en pocos lugares de Occidente en estos tiempos.

Como tantos, como todos los que pueden, la señora Tania ofrece lo que tiene para conseguir algunos dólares: su pequeño apartamento, en este caso. Aquí, en nombre de la sociedad sin clases se armó una sociedad dividida sobre todo en dos clases: los que tienen acceso al dólar, los que no. Los que reciben dólares de algún pariente que emigró o pueden vender algo en dólares –un cuarto, una cama, un trayecto en su coche, una comida, un cuerpo, su cama, unos cigarros– por un lado; los que tienen que vivir de su sueldo –cada vez menos, cada vez más difícil– por el otro. “Pero te insisto que no traigas a nadie. O si vas a traer a alguien, que se anote”.

La señora Tania me muestra el apartamentito que le alquilé por Airbnb, llena papeles y más papeles de control y me cuenta historias de turistas asaltados por las chicas o chicos que se llevaron a sus alojamientos. “Y aunque no te maten, chico, igual te llevas un susto del carajo.” La señora Tania es una mulata robusta y sonriente, buena verba, que de verdad parece preocupada. Yo le digo que no vengo en ese plan y ella me dice que uno nunca sabe y hace un gesto de no te preocupes no te juzgo –ni te creo: qué otra cosa puede buscar en La Habana un señor solo y mayorcito.

La primera vez que escuché las palabras “turismo sexual” creí que era un modo bromista de decir follar aquí y allá, casual, sin mayor compromiso; tardé en entender que se refería a los esfuerzos de sujetos tan comprometidos con sus apetitos que viajan miles de kilómetros para saciarlos con personas que en sus lugares no estarían a su alcance: los que aprovechan las desigualdades del mundo para dar de comer a sus fantasmas. Aquí pasa, sigue pasando. Y, por alguna razón que se me escapa, la opinión más general condena a los cubanos y cubanas que lo aprovechan y lo sufren mucho más que a los extranjeros y extranjeras que lo explotan.

Así que por edad, por raza, por condiciones generales –voy solo, miro mucho, escucho– yo sería uno de esos “europeos” que vienen a coger por encima de su liga o, por lo menos, más barato. Lo sé pero no deja de irritarme ese vendedor joven, ambulante, que, tras entregarme el paquete de galletas, me dice que también tiene una jeva:

“También tengo una jeva justo para usted.” Una jeva, en cubano, es una chava una chavala una chama una chamaca. O, esta noche: una mercadería.

(Todo está en la manera de caminar, lo que en Colombia llaman el caminado. Los hombres casi tanto como las mujeres, habaneras y habaneros caminan como si cada paso fuera una obra de arte, su modo de decir este soy yo, así desdeño el suelo, así me impongo: los hombros echados para atrás, su cuello extenso, su mentón altivo, la espalda recta, cada nalga un despliegue de certezas, cada pierna su ineludible consecuencia.)

Pero aún en estas calles, en esta sociedad, las nuevas tecnologías se van abriendo paso. Un moreno grandote, la camiseta negra apretada para marcar los pectorales, me muestra al paso un móvil con la foto de una mujer desnuda. “Woman. Dice, pedagógico, y me mira de nuevo: Not expensive, cheap.” Yo estoy por ofenderme, y después no.

(Todo, también, en la ropa. Aquí la ropa, once meses al año, es un adorno, no una necesidad, y muchos usan su mínima expresión: un short, una camiseta, unas chanclas de plástico. El resto es vanidad o es uniforme.)

Y menos cuando me cuentan un chiste, viejo pero eficaz: -En Cuba hay gente que sigue de verdad las enseñanzas del Che Guevara. -¿Y quiénes son? -Las jineteras, chico, que no paran de buscar al hombre nuevo cada noche.

Pero también es cierto que no siempre se trata de trucos puramente sexuales: muchos cubanos y cubanas ofrecen más, ofrecen una vida, matrimonio –para irse. La morena rotunda, pelos rojos, zapatos como torres, le dice al señor alto y flaco, rubicundo, levemente encorvado, que todo bien mi amol, que le dijeron que no necesita el papel de soltería, que menos mal, que se pueden casal. El señor suspira y le sonríe. En la sala de espera de la Consultoría Jurídica Internacional las parejas son enconadamente desparejas –y vienen a casarse. La Consultoría es un chalet pequeño en Miramar, sus bancos blancos para esperar afuera, sillones negros para esperar adentro, sus empleadas diligentes.

–Aquí casarse es fácil. Es un papel, qué importa. Dice Olgui, la recepcionista.

En la sala las dos parejas no se miran: la morena y su largo rubicundo se quedan de pie; en un sillón, una francesa de cincuenta y tantos, las piernas abundantes, el vestido apretado, el pelo corto rubio, se pega a un mulato bajo y fuerte, el diente de oro, la pulsera de oro, las zapatillas nuevas. El mulato y la rubia teñida se ríen, la mano de ella sobre el muslo de él. Esperan: en un rato más los llamarán para que muestren sus documentos, firmen los papeles, paguen los 700 euros; pasado mañana volverán para casarse y recibir el certificado y empezar los trámites de legalización, así él podrá irse a Francia. Les quedan dos o tres meses de trámites: los casamientos sirven para burlar fronteras y los estados se defienden, multiplican las aduanas burocráticas. La morena y el larguirucho salen a fumar; yo salgo para tratar de hablar con ellos pero me interrumpen.

–¿Puedo pedirle ayuda, jefe? Me dice un cuarentón cubano enorme, el cráneo bien lustrado, su pantalón y su camisa nuevos, escasos para tanto músculo.

–Sí, claro, ¿qué necesita?

Me pide que le haga el nudo de la corbata, que él no sabe.

–Sin corbata no es boda, es cualquier cosa. Me dice, la sonrisa tímida, y que lleva más de diez años en Valencia pero a la hora de casarse se buscó una cubana y ahora tiene que hacer todo esto para poder llevársela.

Yo lo ayudo, con dificultades; el hombre está nervioso y se va a dar una vuelta. Hace calor, vuelvo a los sillones.

–¡Oye, otra parejita para ver documentos! Grita Olgui, y de adentro le gritan que pasen, y la francesa y el moreno entran. No queda más nadie en la sala de espera y Olgui calcula que ya llevo suficiente tiempo y viene a preguntarme si necesito algo. Yo le digo que espero a alguien que no llega; amable, compasiva, me dice ya vendrá, no se preocupe. Y si no viene, no viene, me dice: quiere decir que esa mujer no le convenía. Yo le digo que cuánta verdad e intento un buen suspiro; me sale más o menos.

Aquí hay ruinas. Me gustan las ruinas porque son el estandarte del descontrol: alguien mandó construir un edificio para que sirviera de prisión –digamos, o palacio o iglesia o gallinero– y ahora sirve para que gente lo visite y piense en esos tiempos en que alguien lo hizo construir, para que gente lo visite y se sienta más culta, para que un chico o una chica coman mostrándolo a esa gente, para tantas cosas tan distintas de las que imaginó quien lo hizo hacer. Me gustan las ruinas porque son una risa corta sobre la nadería del poder, los engaños del tiempo. Me gustan las ruinas, pero no para vivir en ellas.

Alrededor de mi casa en Centro Habana siempre parece que algo hubiera pasado –algo ominoso. Las calles suelen estar vacías, las fachadas heridas por el tiempo y el descuido, los silencios. Es plena ciudad y no hay negocios. Odio tener que aceptar que el comercio hace que una ciudad parezca viva. O, mejor: que nuestra idea de una ciudad viva es una donde la gente compra y vende. Acá todos los días parecen una mañana de domingo.

Y hay, por todas partes, montones de basura, los escombros. Allí donde los carteles habituales dicen “No arrojar basura”, aquí dicen “No arrojar basura ni escombros”. Las casas producen escombros como las personas producen basura, sus desechos; los restos de edificios están en cada esquina. La calle está vacía pero atruena: es raro que no suene a mil alguna música, reguetones jadeados, boleros suspirados, pop latino. La Habana tiene música. Es literal: en las zonas turísticas abundan –de verdad abundan– los grupos que la hacen en vivo, tras el dólar, sin perdonar ningún lugar común del trópico. Pero también hay muchos locales donde se hace buen jazz, buen son, buena clásica, búsquedas diversas. Y en cada calle televisiones, equipos, altavoces.

(Cinco mujeres lo rodean y él las mira entre azorado y extrañado: quizá nunca antes las vio así. Deben ser una madre, dos tías, dos hermanas o primas y le bailan: por la calle pasa una comparsa con tambores y ellas le bailan alrededor y él las mira. Él tiene dos, quizá tres años y parece asustado. Al final se resigna y trata de imitarlas. Ellas lo aplauden, él lo intenta más, da saltitos, se ríe, bailotea. Está a punto de hacerse caribeño.)

Y entre basuras y escombros y ruidos, las ventanas. Las ventanas aquí suelen tener personas –rejas y personas– porque los interiores son chicos, son oscuros, y qué mejor que asomarse, mirar la calle, ver pasar la vida. Y tras cada ventana hay un cuarto lleno de gente y esos sillones mofletudos, gordos, que abundan en el trópico. Y algún señor fumando ante la tele, y algún chico jugando, una mujer limpiando o cocinando, una abuela durmiendo –la perfecta imagen de familia y cuatro o cinco más alrededor, los espacios repletos.

Se podría simplificar diciendo que es una ciudad pobre, si no fuera porque es la ciudad que prometió que ya no habría tal cosa como ricos y pobres. Es duro cuando algo –cuando alguien– tiene que responder por sus palabras. Pero tras unos días los ojos se acostumbran: te parece que caminar entre escombros y casas derruidas es lo normal, que así son las ciudades. Entonces te parece que la ves con ojos habaneros. Y después de aprender a mirarla, aprender a vivirla. Vivir de a poco, de lo poco, sin esas prisas que, de todos modos, te darán muy poco. Un arte de vivir amenazado. O también: un arte de vivir amenazado.

Te decían que la salud, la educación: que Cuba tenía problemas, pero estaba tanto mejor que los demás países latinoamericanos en cuestiones de salud y educación y probablemente, entonces, fuera cierto. Ahora te dicen que la seguridad: que Cuba está tanto mejor que los demás países latinoamericanos, que puedes caminar tranquilo por la calle, que no hay esa violencia de los demás países, y parece que es cierto: un Estado que intenta, desde hace más de medio siglo, el control absoluto tiene sus ventajas. Entonces te dejas llevar por la fe y caminas sobre las aguas, esas calles. Es tarde, están oscuras y vacías, te cruzas cada tanto con sombras ominosas, muchachotes, personas que en cualquier otro medio no serían personas sino pura amenaza y vas tranquilo, cómodo, porque te han dicho que no hay problemas de seguridad, y lo has creído. Nada calma tanto como la fe –y aquí lo saben.

Martín Caparrós
El País Semanal, 27 de abril de 2019.
Foto: Yander Zamora, tomada de El País Semanal.


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