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Este enero Cuba y Venezuela conmemoran aniversarios de sus respectivas revoluciones, dos procesos políticos prácticamente simultáneos, solo un año de diferencia,  pero totalmente opuestos en espíritu y obra.
El proceso revolucionario venezolano, contrario al cubano, derivó en una democracia  plural, de libre mercado y amplia competitividad, mientras la cubana, al transmutarse a castrismo, sirvió para el establecimiento de un férreo régimen totalitario en el que todos los derechos y libertades desaparecieron en el altar de la intolerancia y la represión.
En la república sudamericana se realizaron elecciones democráticas a la mayor brevedad, no se entronizó ningún caudillo y se desarrolló una fuerte competencia en el liderazgo político que a pesar de los inconvenientes e irregularidades  su resultado final favorecía el fortalecimiento de los derechos ciudadanos.
En Cuba, de inmediato se apreciaron síntomas de autoritarismo, un caciquismo que culminó en un totalitarismo aberrante y retardatario. Mientras en Venezuela se organizaban partidos políticos y la oposición actuaba libremente, en la Isla eran prohibidos y a la oposición no le quedaba otra alternativa que la clandestinidad.
El castrismo siempre ambicionó imperar en Venezuela, sentimiento que tal vez fue espoleado por el rechazo del insigne Rómulo Betancourt a las pretensiones imperiales de Fidel cuando éste visitó Caracas a menos de un mes de su llegada a la capital cubana. Rómulo resistió todas las pretensiones castrista, una ofensa que el verdugo de Birán no podía soportar por lo que se aprestó a organizar conspiraciones y guerrillas contra el dirigente democrático venezolano.
En su intento por torcer el rumbo del proceso venezolano Castro auspició durante años con armas y recursos, diferentes facciones subversivas. Varios oficiales del régimen,  entre ellos los generales Arnaldo Ochoa y  Raúl Menéndez Tomasevich desembarcaron en las costas venezolanas, siendo derrotados por las fuerzas armadas nacionales y su policía política, en la que colaboraron cubanos como Luis Posada Carriles.
Al fracasar la estrategia de la subversión directa recurrieron a la infiltración política e ideológica  en distintos sectores de la sociedad, fundamentalmente los vinculados al arte y a los medios de comunicación, una influencia que se apreciaba por  los argumentos que argüían sus representantes cuando les eran solicitadas las instalaciones para realizar actividades contrarias al castrismo, también, durante visitas a periódicos y canales de televisión para denunciar lo que ocurría en Cuba las respuestas eran similares,  una experiencia compartida con la doctora Silvia Meso de Corcho en más de una ocasión.
Los topos del castrismo en Venezuela tal vez habían perdido la esperanza de imponer el modelo fracasado del castrismo cuando Hugo Chávez propició  su derrotado golpe de estado, situación que revirtieron al convertir al  frustrado golpista en candidato a la presidencia.
Lamentablemente  el ejemplo de Cuba no surtió efecto en un número importante de venezolanos porque a los topos del castrismo y a los partidarios de los experimentos sociales, se sumaron sectores de claras credenciales democráticas que insatisfechos por los errores de los diferentes gobiernos apoyaron  al golpista en sus pretensiones, otros por motivos bastardos como la envidia y los resentimientos respaldaron a Chávez y sus partidarios con la idea de que en las aguas revueltas de la política tendrían mejor pesca que en una democracia imperfecta, además, del número importante de ciudadanos, incluidos  periodistas y representantes de algunos de los segmentos más favorecidos de la sociedad qué se enceguecieron con la propuesta de un mundo mejor cuando en realidad eran conducidos a la miseria extrema y a la pérdida de sus derechos ciudadanos.
La pura verdad es que el castrismo siempre ambicionó imperar en Venezuela, conquista que logró gracias a la sumisión de los traidores  Hugo Chávez y Nicolás Maduro.  Fidel nunca olvidó el desaire de Rómulo Betancourt, que rechazó todas sus pretensiones, pero que desgraciadamente para el pueblo venezolano, Chávez y Maduro aceptaron con ciega devoción al extremo que el mar de la felicidad del castrismo, prometido por el oficial golpista, ha sumergido al país en la miseria extrema, en una corrupción avasalladora y en una descomposición de las fuerzas sociales que amenazan con destruir la nación, tal y como está ocurriendo en Cuba, sometida a una profunda crisis de identidad.    
Pedro Corzo

Periodista
(305) 498-1714

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