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En muchas ocasiones las encuestas son como los informes meteorológicos: pretenden convencernos de que nos dan a conocer un pronóstico, cuando apenas nos dicen algo que distinguimos con solo mirar por la ventana.
Lo que diversos medios de prensa se han empeñado en identificar como un avance del apoyo al embargo en Miami no pasa de un simple malabarismo, en que se escoge la bola que está arriba —abajo o en el aire— solo que con números: la comunidad cubana sigue dividida por las mismas tendencias y fronteras trazadas desde hace años: momento de llegada al sur de Florida, edad, la existencia o no de familiares en la Isla, actitud hacia Cuba del inquilino de turno en la Casa Blanca. 
Como en otras ocasiones, las respuestas al cuestionario permiten el análisis por categorías y uno de los mayores méritos de este sondeo es enfatizar en que la comunidad exiliada no es monolítica. 
Ello de por sí ya resulta mucho más que una característica del lugar —si se quiere ver con ojos anecdóticos—, pero el problema es que demasiadas veces, una y otra tendencia —no importa el signo, a quien favorece o beneficie— se ha tratado de vender a Miami como una roca y no como un espejo.
Como cualquier documento académico, el informe de la encuestano elude hacer explícitas estas y otras limitaciones a la hora de analizar los resultados, y quizá lo mejor es remitir solo a dicho texto, pero la tentación a especular le resulta más difícil de eludir al periodista que al científico.
El sondeo y el embargo
El último sondeo realizado por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en el condado Miami-Dade muestra que la diferencia actual entre las opiniones a favor o en contra del mantenimiento del embargo no supera el margen de error que especifica el sondeo. 
Según la encuesta telefónica realizada entre 1.001 cubanoamericanos residentes en Miami-Dade, 45 % dijo estar a favor de mantener el embargo, 44 % está en contra y otro 11 % no respondió o no sabe. La encuesta correspondiente a 2018 se realizó después de las elecciones legislativas de noviembre y tiene un margen de error de 3,1 %.
Hay dos datos que vale la pena señalar: un retroceso en el apoyo a eliminar el embargo, que alcanzó una mayoría del 54 % en 2016, y una opinión favorable al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, que  recibió el apoyo de una amplia mayoría, 63 %.
A través de los diversos datos presentados se hace patente un estancamiento en las opiniones, junto a las limitaciones en la capacidad de influirse mutuamente de cada uno de los estamentos que componen la comunidad cubana exiliada de Miami. 
Si bien, respecto a la política estadounidense, se mantiene la preponderancia en las urnas locales, estatales y nacionales de los criterios imperantes en el grupo primigenio del exilio, no por ello dicho grupo ha logrado imponer sus puntos de vista en cuanto a las relaciones de la comunidad con la Isla.
En líneas generales, el tan conocido poder de influencia del exilio en Washington —reducido ahora en la Cámara de Representantes— no ha bastado para mantener un aislamiento respecto a Cuba sino todo lo contrario: a partir del marco familiar las relaciones familiares en ambas orillas se han extendido a diversas esferas y convertido a la participación económica desde Miami —ya sea mediante ayudas o diversos negocios más o menos públicos— en un elemento clave para el sostenimiento de la población en la Isla.
En líneas generales, quienes arribaron a Estados Unidos después de 1995 favorecen una relación más amplia y relajada con relación a su país de origen, mientras que los que se establecieron antes en el sur de Florida se mantienen firmes en sus posiciones más radicales y conservadoras.
Ello hace que se mantenga vigente y aún insuperable la distancia entre cambios demográficos y políticos, con los cambios demográficos a la saga. Lo que explica que aún la comunidad cubana en el exterior pueda ser catalogada —y lo es desde el punto de vista electoral— como partidaria del embargo estadounidense y favorable al cerco económico al Gobierno cubano.
Aunque lo anterior no impide que continúe vigente la tendencia iniciada desde la administración de George W. Bush, en favor de los viajes a la Isla y el envío de dinero y artículos de consumo.
“Los cubanoamericanos continúan acogiendo y apoyando muchos de los cambios en la política de los Estados Unidos desde diciembre de 2014, como los viajes, el mantenimiento o la expansión de relaciones económicas y la voluntad de permitir que los ciudadanos de los Estados Unidos inviertan en empresas cubanas”, señalan los autores del estudio, los profesores de FIU Guillermo Grenier y Hugh Gladwin, según informa elNuevo Herald.
Variaciones sobre un mismo tema
En un estudio que se repite periódicamente, vale la pena señalar no solo las fluctuaciones más o menos periódicas, sino las constantes u opiniones permanentes en el sector poblacional entrevistado.
A groso modo, puede decir que las primeras dependen en buena medida de los traspasos de gobierno en EEUU, mientras que las segundas guardan relación con el estancamiento de la situación política y económica en la Isla.
De esta forma, y como se señala en el sitio digital OnCubaNews, la diferencia entre que el 51% de los entrevistado esté a favor del embargo y el 49% en contra no constituye propiamente una novedad,  ya que exceptuando los sondeos realizados en 2008, 2014 y 2016 —cuando la mayoría de los cubanoamericanos favorecieron el levantamiento del embargo—, en los restantes desde el inicio del sondeo (1991) ha imperado el apoyo a la medida.
“Las tres excepciones han coincidido con etapas electorales importantes para los demócratas: la elección y reelección de Obama y el duelo entre Trump y la exsecretaria de Estado, Hillary Clinton”, afirma OnCuba.
La encuesta refleja entonces tanto la decepción de una comunidad exiliada ante la incapacidad o el deseo del Gobierno cubano por aprovechar la apertura creada bajo la administración de Barack Obama, como cierto resurgimiento del entusiasmo entre el llamado “exilio histórico” (cubanos que inmigraron entre 1959 y 1979 ) por el discurso de Donald Trump en el teatro Manuel Artime en La Pequeña Habana, al inicio de su mandato y la firma de un memorando presidencial con nuevas restricciones en los negocios con Cuba. En este grupo, el apoyo al embargo aumentó más de un 10 % en relación con 2016, según el Nuevo Herald, aunque sería mejor hablar del resurgir de una ilusión —con independencia de la posibilidad de concretarse— más que de cambio de actitud.
De igual manera, se evidencia un desencanto sobre las supuestas posibilidades abiertas con el incremento del turismo a la Isla. Aunque la mayoría de los cubanoamericanos (57 %) sigue apoyando la eliminación de las restricciones a los viajes de los estadounidenses a Cuba —principalmente para hacer turismo—, esta aprobación también se erosionó en los últimos dos años. En la encuesta de 2016, 74 % había mostrado apoyo a ese cambio de política, de acuerdo al Nuevo Herald.
Por ello es que, en estos cambios de opinión que al parecer reflejan una trayectoria continua de ilusión y desengaño, una constante es el acuerdo en que el embargo no ha funcionado bien (más del 80 %).
“Es lo único en que no hay matices. De eso no hay duda”, apuntó Grenier, uno de los autores, según OnCuba.
Política de Washington, política de La Habana
Más que un resultado de ciertos cambios de la política de EEUU hacia Cuba, estos retrocesos en las opiniones a favor de una política más conciliadora hacia régimen parecen obedecer a un desencanto acumulado y reforzado por la inercia de La Habana. Ello también contribuye a la demarcación, en dichas opiniones, según la edad y el momento de llegada a EEUU.
Por otra parte, las constantes que se mantienen a través de los diversos sondeos se deben contraponer o complementar con resultados paralelos en otras mediciones del mismo estudio.
Un dato interesante a analizar es que se mantiene la fidelidad a los candidatos republicanos entre los entrevistados que se identifican como electores, aunque no aumenta su número. Así, estos declararon haber votado por Ron DeSantis para gobernador de Florida (70 %) y por Rick Scott para el Senado (69 %); además, cerca del 72 % de dicho grupo votó por el candidato republicano a representante federal en su distrito. 
Aunque ha aumentado el número de votantes que se inscriben sin declarar afiliación partidista (26 %), y el número de electores republicanos cubanoamericanos en Miami-Dade se ha mantenido más o menos estable en los últimos años (alrededor de 55 %, una notable disminución respecto al 70 % de comienzos de la década de 1990), se mantiene esa constancia en las urnas que hace del voto cubanoamericano un factor importante en las elecciones.
Ahora bien, se ha producido un cambio importante.
Según el estudio, cuando un cubano vota por un candidato específico, el tema Cuba se ubica en el último lugar de prioridades de una lista de 10.
“En orden descendente, para el elector cubano los aspectos de mayor relevancia para conformar su intención de voto serían: economía y trabajo, salud, control de armas, inmigración, impuestos, votar por su partido (sin importar prioridades), terrorismo, política internacional, otras prioridades y, por último, la posición del candidato con respecto a Cuba”, informa OnCuba.
Para estos electores, las afinidades ideológicas hacia el republicanismo trascenderían en amplia medida al tema cubano, pero al analizar las diversas categorías de estos votantes, tanto por edad como por origen, la pertenencia al Partido Republicano crece a partir de los 40 años de edad (llegando al 90 % en los cubanos de 76 años o más) y presenta una diferencia notable entre los que adquirieron la ciudadanía y quienes nacieron en EEUU.
Mientras, el voto republicano sigue predominando entre quienes nacieron en Cuba y adquirieron posteriormente la ciudadanía estadounidense —con independencia de la fecha de arribo—, para quienes nacieron en EEUU de padres cubanos se presenta un empate del 50% a la hora de elegir candidatos de ambos partidos.
La nueva encuesta de FIU viene entonces a reafirmar ese juego de espejos entre Cuba y Miami, donde la espera, el cambio y las prioridades transitan una vía en que la familia se impone en el hacer cotidiano; mientras la política —sobre todo en su retórica pero también en su práctica— aún se empecina en viejas rutas.

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