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Por alguna ignota razón, las manzanas han tenido un protagonismo extraordinario en el imaginario cultural de Occidente. Para bien o para mal, esta fruta ha jalonado hitos que han trascendido el paso del tiempo y las fronteras geográficas.

En la mitología griega, una manzana de oro sembró la discordia entre las diosas Palas Atenea y Afrodita, discrepancia que influiría dramáticamente en la Guerra de Troya. Y en la mitología bíblica una manzana fue la tentación que precipitó a Adán y a Eva al Pecado Original, por el que hemos sido castigados todos (¡bendito pecado!).

Cuenta una antigua leyenda suiza que el héroe nacional, Guillermo Tell, hubo de ensartar con una flecha, certeramente disparada desde su ballesta, una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo por el tirano opresor de su pueblo; mientras otra fábula explica cómo el sabio Isaac Newton descubrió la ley de gravitación universal, uno de los más importantes fenómenos físico-naturales, gracias a una manzana que cayó directamente sobre su cabeza.

La manzana constituye una especie de objeto de culto sembrado en nuestras conciencias desde la más tierna infancia. ¿Quién de niño no conoció la manzana de Blanca Nieves? Y ya en la adultez, ¿quién no ha soñado con visitar al menos una vez en su vida Nueva York, la Gran Manzana?

Lo sorprendente es que en la Cuba del siglo XXI esa fruta se convertiría no solo en protagonista, sino en el cuerpo del pecado de una de las tantas sagas de corrupción que cruzan la dura realidad cotidiana de la Isla. He aquí que en días recientes la dulce pomácea, o más exactamente 15 mil ejemplares de ella, se transmutaron para los cubanos en una tentación mucho más peligrosas que la de las Sagradas Escrituras.

El caso ha sido suficientemente difundido por los medios de prensa oficiales, pero resulta oportuno hacer un breve resumen de los hechos. Se trata de la venta, supuestamente ilícita en un mercado minorista de La Habana (La Puntilla, Miramar), de 15 mil manzanas a “un pelotón de jóvenes forzudos” –según los calificó un torvo comisario dizque “periodista-revolucionario-ejemplar”, en palabras del Presidente suplente–, que despertó la suspicacia del referido amanuense, quien para desgracia de los transgresores fue personalmente testigo de la transacción comercial.

Para mayor pecado, “buena parte” de estos jóvenes estaban “uniformados” con la bandera estadounidense. Más les hubiese valido vestir hojas de parra, como los pecadores primigenios del paraíso terrenal. Esa grosera provocación de exhibirse con un símbolo del malvado Imperio no la iba a soportar el periodista favorito del Presidente.

Quizás por eso, lejos de salirle al paso a los jóvenes para darles una charla educativa y evitar el “acaparamiento” y “el uso indebido de los recursos del Estado” –toda vez que los compradores sobornaron al chofer de un minivan estatal para trasladar su mercancía– este revolucionario intransigente espió sus movimientos, los siguió, apuntó celosamente la matrícula del vehículo que cargó las 150 cajas de manzanas “de 100 CUC cada una (¡qué dolor causó este detalle al combativo reportero!) y exigió a la cajera de la tienda el comprobante de compra. Las dos fotografías, la del minivan y la del recibo de la compra, fueron publicadas en su blog personal, La pupila insomne, donde se cumple aquello de que “siempre hay un ojo que te ve”.

Como resultado, menudearon las sanciones. Dos empleados de la tienda fueron separados de sus puestos de trabajo como medida administrativa. Sus nombres aparecieron publicados en la prensa a pesar de no estar sujetos a sanciones penales. Otros fueron amonestados y todos los demás miembros del colectivo laboral fueron advertidos y regañados. Por su parte, algunos de los mencionados jóvenes adictos a las manzanas han sido acusados de “enriquecimiento ilícito”, entre otras causas, han sido detenidos y deberán enfrentarse a los tribunales.

El caso no constituye exactamente una novedad, y tampoco es menos cierto que la corrupción es un flagelo que ha hecho metástasis en toda la sociedad cubana y actualmente abarca todas las esferas de la vida diaria, al que hay que combatir.

La corrupción ha alcanzado dimensiones tan colosales en la sociedad cubana que no solo nos implica de alguna manera a todos, sino que es parte indispensable de la supervivencia. Pero dado que es el propio sistema quien la genera y la reproduce, no es posible erradicarla atacando los efectos, sino eliminando la causa: el sistema, que es esencialmente corrupto. Ergo, es un problema sin solución.

Sin embargo, lo que resulta más alarmante es que las cabezas de turco siempre sean personas anónimas, mercachifles oportunistas, marginales de todo pelaje, mulas, cuentapropistas o cualquier víctima propiciatoria del subsuelo social que resulte útil a las autoridades para amedrentar a todos a través de un escarmiento colectivo.

Lo que no publica la prensa oficial es la más peligrosa de las cadenas de corrupción, la que medra al amparo de las instituciones oficiales, en particular de las encargadas de velar por el cumplimiento de las leyes: los cuerpos de inspectores, la policía nacional (“revolucionaria” también, sépase) y una banda de funcionarios de diversos precios.

He aquí que, curiosamente, también por los días de las manzanas de la discordia se ha producido un caso de corrupción policial que, a despecho del silencio del monopolio gubernamental de prensa, está circulando informalmente por algunos barrios de la capital cubana. Se trata, dice la voz popular, de un policía que detuvo a un ‘bachaquero’ venezolano, de los muchos que pululan con relativa impunidad, especialmente por la Habana Vieja, al que decomisó su mercancía: una mochila cargada de chancletas. Vale recordar al lector que en Cuba casi todo es vendible y comprable.

El pícaro agente, como tantos de sus colegas, decidió no reportar el decomiso y obtener ganancias netas para sí mismo. Sin embargo, como la mayoría de los suyos, no tuvo inteligencia suficiente para poner a buen recaudo su botín. El ‘bachaquero’, sintiéndose perjudicado –o quizás apelando a la protección de la que goza en la Isla– decidió hacer la denuncia en la estación policial de la calle Zanja, de manera que cuando los superiores ordenaron la revisión de la taquilla del gendarme corrupto no solo encontraron la mercancía completa dentro de la mochila, sino también hicieron otro hallazgo inesperado: un paquete de marihuana. Eso selló la suerte del despistado agente.

Según una fuente informal y rumores no confirmados, la Fiscalía está pidiendo 25 años de cárcel para el policía –no se ha aclarado si por idiota o por corrupto–, y no ha trascendido si el venezolano implicado ha recibido algún castigo o si ha sido deportado a su país. Muy probablemente, en estos rumores haya una parte de verdad y mucho de fantasía.

Pero la experiencia nacional de décadas de trapicheo y corruptelas, sumado al conocimiento de los mecanismos administrativos y a la falta de transparencia del monopolio de prensa gubernamental, indican que en todo caso debe haber mucho más de realidad que de fábula en este asunto.

Por las dudas, he estado entrando al blog del celoso periodista del Presidente, tan combativo él, tan revolucionario, a ver qué le parece tamaña desfachatez. Pero por alguna misteriosa razón no ha publicado nada sobre el asunto. Debe ser porque se supone que la policía también es un cuerpo de “revolucionarios” y entre cofrades no se sacan al sol los trapos sucios. ¡Faltaría más!

Miriam Celaya
Texto y foto: CubaNet, 27 de septiembre de 2018.
Leer también: El triste caso de la noble manzana, Lo que esconden las manzanas y La Puntilla, quince días después del episodio de las manzanas.


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