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Llamémosle Solange. Ella suele demorar una hora en maquillarse y vestirse con ropa ‘pirata’ adquirida a plazos a una ‘mula’ que las compra al bulto en un rastro de Ciudad México. Después de estirar la saya desteñida de mezclilla Made in Thailand, se rocía una cantidad considerable de perfume barato.

Tres noches a la semana realiza la misma rutina. Prostituta discreta que recién cumplió 23 años y se graduó de informática, Solange con dos amigas recorre algunos bares de moda al oeste de La Habana donde una cerveza Cristal cuesta el equivalente a cuatro dólares y unas tapas o pinchos ronda los siete.

“Vamos a bares privados donde no hay tanto ‘fuego’ (vigilancia) y en el bolso cada una lleva 30 o 40 cuc. Como somos jóvenes y atractivas y tenemos buenos cuerpos, no parecemos jineteras mediocres. Casi siempre ligamos un ‘yuma’ (extranjero) un cubanoamericano. No pedimos explícitamente dinero. Pasamos la noche bailando, bebiendo y picando algo. Luego nos vamos a la cama. Por lo general nos dan 100 cuc, a veces 200, depende del tipo. Los españoles pagan poco, los griegos e italianos son unos tramposos y les gusta formar chanchullos. Los mexicanos, canadienses y americanos son buenos clientes. Pero los cubanos que viven en Estados Unidos son los mejores. Ellos nos entienden como nadie. Tengo un novio que maneja una rastra en Miami que todos los meses por la Western Union me gira 200 fulas e incluso me regaló un iPhone 8”, cuenta Solange en un parque mientras intenta conectarse por IMO para charlar con su ‘novio’ residente en la Florida.

Indira, nombre supuesto, también es prostituta. Procede de una familia disfuncional y tiene una niña de un año. Cuando cerraron el central azucarero de su pueblo, en una provincia oriental a 800 kilómetros al este de la casa, la madre de Indira huyó de la casa para escapar de las golpizas y borracheras de su padre, un hombre violento y frustrado que trabajó toda su vida en el ingenio.

“Eso fue a principios de los 2000, cuando Fidel mandó a cerrar más de cien centrales en todo el país. Mi padre que se había convertido en un alcohólico, sobrevivía vendiendo queso casero y barras de guayabas en la carretera. Yo tenía dos años, crecí sin el amor de mis padres y con el acoso sexual de algunos parientes. Mi infancia fue pobre, triste y aburrida, por eso a los 14 años me fui con unas amigas para Santiago de Cuba. Allí empecé a jinetear. Lo que apareciera, un extranjero o cubano con billete. Una noche me monté en un tren y después de veinte horas aterricé en La Habana, donde ya llevo seis años. Tengo meses de hacer 500 o 600 fulas y otros que el dinero solo me alcanza para comer. Siempre le giro dinero a una tía que me cuida a la niña allá en Oriente. No sé vivir de otro forma. No me quejo”, comenta Indira.

Indira y Solange no se conocen y es probable que hayan coincidido en algún centro nocturno habanero. Las dos coinciden que el Estado verde olivo debiera legalizar la prostitución.

“Ahora que en la nueva Constitución hablan tanto del matrimonio homosexual, debieran legitimar el jineteo, si en Cuba ya hay cantidad de jineteras. El jineterismo no hay quien lo frene. Cada persona es responsable de su cuerpo. Y la prostitución es el oficio más viejo del mundo”, dice Solange en tono serio.

De momento, las jineteras cubanas tendrán que esperar. La futura Carta Magna no contempla refrendar el sexo tarifado. Ángelo, mulato que perfila su físico haciendo pesas en un gimnasio privado, cree que los “pingueros, travestis y maricones que se prostituyen tienen ahora el camino más fácil. Antes el ‘fuego’ era tremendo. Ahora, con todo lo que ha generado el matrimonio homosexual y el respeto hacia la orientación sexual, la policía ya no nos molesta cuando estamos en nuestras cosas. Niño, nosotros luchamos igual que las putas. Aunque cobramos menos, los clientes no nos faltan. A la vuelta de cinco años, Cuba será una plaza gay al nivel de Río de Janeiro o Barcelona”.

No hay estadísticas exactas del número de jineteras en la Isla. Susana, ex trabajadora social, calcula que solo en La Habana debe haber alrededor de 10 o 15 mil jineteras, tal vez más. “Pero lo peor no son las jineteras que casi todas las noches salen a las calles a buscar dinero. Lo que me preocupa son los miles de adolescentes de los dos sexos que ante la falta de futuro piensan en prostituirse como una forma de ganar dinero”.

Carlos, sociólogo, considera “que un sector bastante amplio de la sociedad cubana no ve con malos ojos la prostitución. Muchas familias han mejorado su calidad de vida gracias a un hijo o una hija que se ha prostituido y ha terminado casándose con un extranjero o un cubano adinerado. Para muchos jóvenes de barrios marginales, jinetear no solo es una buena opción, es la única opción”.

Según expertos locales, la prostitución nunca desapareció del todo en la Cuba de los hermanos Castro. A pesar de que Fidel eliminó esa lacra e intentó que miles de prostitutas se superaran y aprendieran oficios, las carencias materiales, disfuncionalidad familiar y el auge del turismo internacional llevó a miles de jóvenes a prostituirse.

El billete verde del otrora enemigo, hoy es codiciado por las jineteras y pingueros. Además de ganar dinero, vivir lo mejor posible en una sociedad que sanciona la opulencia, la meta final es que las relaciones culminen en el altar. Es una de las diferencias de las prostitutas cubanas con las de otros países: su sueño es obtener una visa y radicarse en el exterior.

Por eso el discurso de corta y clava del partido comunista y la delirante campaña apologética recordando a Fidel Castro les resbala. Para ellos, la vida es fiesta, alcohol y dinero. Un eterno carnaval.

Iván García


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