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Estaba yo cuidando a Cándida, una tía invidente que estaba ingresada en la sala geriátrica del hospital Calixto García, cuando por la tarde telefoneo a mi casa y me dicen: “Te llamó una tal Odilia Collazo, para que pases por la casa de Gustavo Arcos y recogas cien dólares de un dinero que envió Frank Calzon”.

Eso fue el jueves 26 de junio de 1997. Lejos de alegrarme, la llamada me desagradó: un recado así, tan explicito, no lo deja un verdadero opositor, debido a la “buena costumbre” de la Seguridad del Estado de escuchar y grabar conversaciones de disidentes y periodistas independientes. (En abril de 2003, a raíz de la razzia contra un centenar de disidentes en toda la isla, la Seguridad del Estado decidió ‘quemar’ a varios de sus agentes infiltrados en las filas de la oposición, entre ellas Odilia Collazo).

Alrededor de las 6 de la tarde dejé a mi tía al cuidado de un familiar y me dirigí al domicilio de unos amigos que vivían cerca del hospital. Desde allí llamé a mi primo Pepe, como le decimos a Vladimiro Roca, para pedirle la dirección y teléfono de Gustavo.

-Qué bueno que me llamas, me dijo Pepe. Iba a llamarte esta noche, porque para mañana hemos convocado a una conferencia de prensa en casa de Martha Beatriz.

-Pepe, qué lástima, no puedo asistir porque mañana le dan el alta a tía Cándida y quedé en estar a las 9 en el hospital. Excúsame con Martha, René y Bonne.

-No hay problema. El sábado vienes a mi casa y te pones al día (desde 1996 reportaba para Cuba Press las incidencias del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna, al cual él, Martha Beatriz Roque Cabello, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés pertenecían).

Al día siguiente, 28 de junio, Vladimiro me daría pormenores del lanzamiento de La Patria es de Todos así como un ejemplar del documento redactado por ellos.

Volviendo a Gustavo. Desde hacía años vivía con su esposa Teresita en una casa de huéspedes situada en la calle H entre 13 y 15, Vedado. Recuerdo que aquel día salió a recibirme con una impecable payama. En la mano traía un papel y la ‘tabla’, como en Cuba le dicen al billete de cien dolares. El papel era un recibo en el cual firmé y puse la fecha.

En varias ocasiones más y en distintos lugares, coincidí con Gustavo y Teresita, un matrimonio que por sus buenas maneras me recordaba al formado por Juan Marinello y Pepilla, la pareja mejor llevada, más educada y cariñosa de todas las que conocí en la vieja militancia del Partido Socialista Popular.

En particular no olvido una tarde de 1999 o 2000, en la residencia del Jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en ese momento. Cuando ya habían llegado todos los invitados, en el salón principal, junto a un piano, se agruparon los presentes.

Unos minutos después, Odilia Collazo comenzó a hablar. Sin ninguna discreción salí y me dirigí a la terraza. Allí estaba Gustavo, con una guayabera blanca de mangas largas. Nos alejamos un poco y en voy baja me dijo:

-No soporto a esa mujer.

-Yo tampoco, Gustavo. Estoy convencida que trabaja para la Seguridad del Estado.

Y le conté del presentimiento que siempre tuve hacia ella, corroborado cuando el 16 de julio de 1997 detuvieron a Martha Beatriz, Gómez Manzano, Bonne y Vladimiro y ella solo fue “detenida” unas horas en Villa Marista, pese a encabezar el “comité de apoyo al Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna”, un engendro creado por la Seguridad del Estado, para propiciar y justificar que la Collazo andara con los cuatro disidentes, quienes a menudo se reunían con diplomáticos de la Unión Europea, Canadá y Estados Unidos y estaban en contacto con los principales corresponsales extranjeros acreditados en la isla.

Mis sospechas quedarían corroboradas en abril de 2003, durante los juicios contra 75 disidentes en toda la isla, cuando la Seguridad del Estado decidió ‘quemar’ a varios de sus agentes infiltrados en grupos opositores, entre ellos a Odilia Collazo.

Gustavo Arcos Bergnes, nacido en Caibarién en 1926, tenía muchísimas y valiosas vivencias dentro de las filas revolucionarias. Había sido atacante al cuartel Moncada y junto a su hermano Sebastián, fallecido el 22 de diciembre de 1997, se había dado cuenta de quién era Fidel Castro y del fracaso de su revolución.

Gustavo era dieciséis años mayor que yo, pero en común teníamos una intuición especial para percatarnos de quién era quién dentro de la disidencia y el periodismo independiente.

Gracias a ese sexto sentido, pudimos evitar que las ventosas de las medusas lanzadas al mar de la oposición por el Departamento de Seguridad del Estado se nos pegaran. O, al menos, no lo suficiente para que nos hicieran daño.

Tania Quintero

Foto: Gustavo Arcos Bergnes, activista de los derechos humanos, fallecido el 8 de agosto de 2006. Tomada del obituario escrito por Raúl Rivero.


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