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Por lo general quienes apoyan al candidato y casi seguro próximo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, confunden los términos de su defensa mediante el antaño enfrentamiento entre izquierda y derecha, cuando la contradicción fundamental que reina en nuestros días es el conflicto entre la democracia liberal y el populismo autoritario. 
Visto bajo este ángulo, el ascenso político de Bolsonaro responde no solo al fracaso de los pasados gobiernos de izquierda sino también a la incapacidad de la ideología liberal o neoliberal —y en particular de su acción política— para lograr un candidato que retome su agenda sin la necesidad de sucumbir en una práctica demagoga, irracional y extrema.
Para disculpar al candidato extremista no faltan las argumentaciones, que viajan de la aceptación a regañadientes, las separaciones imaginarias —donde se selecciona como buenas sus aparentes ideas económicas y como malas sus declaraciones a favor del asesinato y la tortura o su rechazo al homosexualismo y su vulgar misoginia—, así como la ilusión de poder “controlarlo” una vez llegue al poder o aceptar que es “un mal menor”.
Políticos y analistas recurren entonces a las viejas dicotomías, utilizadas con anterioridad en figuras emblemáticas del autoritarismo —Pinochet, Franco—, con el fin de acreditar preferencias: lo malo justificado por circunstancias y lo peor echado a un lado ante lo inevitable.
Se soslaya así la distinción entre ilusión y realidad para caer en la falsa conciencia y evitar entrar en contradicciones que pudieran resultar molestas —a la moral, intereses propios y ajenos o ideales— pero que resultan evitables en apariencia mediante un enmascaramiento o una mistificación.
Si bien Bolsonaro en su campaña se ha beneficiado del uso de noticias falsasy de la ayuda de un grupo de empresarios brasileños afín al ultraderecha, que ha violado la ley al pagar la distribución de publicidad a su favor a través de WhatsApp, según el diario Folha de S.Paulo, el fenómeno de su popularidad trasciende tales artimañas. 
El problema más grave no son los engaños, sino la existencia de una ciudadanía, un electorado dispuesto a dejarse engañar, con ira y con gusto al mismo tiempo.
Más allá de la necesidad de un votante bien informado como el mejor antídoto contra tales métodos, se asiste a un deterioro de la verdad como principio cardinal del comportamiento, una desilusión con la democracia y un auge en toda Latinoamérica —desde hace años en EEUU— de la participación directa y decisiva en los procesos políticos de los predicadores de las iglesias fundamentalistas.
En todos estos factores, lo determinante son las condiciones que han propiciado el resurgimiento de fenómenos que se pensaba ya superados.
Ningún ejemplo mejor que el crecimiento de las iglesias evangélicas en la región. Con su retórica inflamada, sus canales de radio y televisión, sus templos y sus actos de “avivamiento”, los pastores ya no se conforman con las ganancias del gran negocio de la fe. Ahora quieren el poder político.
No es que la fusión de religión y política, bajo la forma de partidos políticos, sea nueva en Latinoamérica. A partir de 1947 ocurrió un auge de la democracia cristiana —con fundamento en las organizaciones políticas de este tipo en Europa— que llevó al triunfo de sus candidatos presidenciales en diversos países (entre ellos Chile, República Dominicana, Colombia, Venezuela) y a la aparición de ministros, senadores y diputados en toda el área. Pero ahora la fuente de inspiración de los grupos y sectas cristianas ya no está en Europa sino en Estados Unidos.
En la actualidad dicho fenómeno tiene características propias, en las cuales se mezclan una ideología profundamente retrógrada en lo familiar y social junto a una práctica muy efectiva con programas de ayuda a la población más pobre —que les permite ganar adeptos entre los más necesitados—, además de una participación económica que favorece el enriquecimiento personal por encima del bien colectivo. Algo así como una socialización reaccionaria.
En Brasil, el país con más católicos del mundo, los evangélicos representaban el 15% de la población en 2000 y el 22% en 2010, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE). En 2017 ya eran el 27% de acuerdo con la encuesta de Latinbarómetro. 
Lo curioso es que, junto con este aumento del evangelismo, han surgido alianzas que gracias a la política y la “guerra cultural” trascienden los factores puramente doctrinales. El fenómeno no se limita a Latinoamérica. En EEUU, desde hace algunos años, evangélicos, católicos y judíos se han unido contra el matrimonio entre miembros de igual sexo y el aborto, y a favor de beneficios a la educación en escuelas religiosas. Se han cambiado preferencias partidistas y florecido intereses comunes.
Bolsonaro, de confesión católica, con su lema de campaña “Brasil por encima de todo, dios por encima de todos”, ha encontrado un amplio respaldo entre los evangelistas.
Según los más recientes sondeos, el 71% de los evangélicos declara su preferencia por él, que podría alcanzar el 59% de los votos el próximo 28 de octubre, de acuerdo con las encuestas. Además, el 74% de los evangélicos opina que es el candidato más preparado para combatir la violencia.
José Wellington Bezerra da Costa, presidente emérito de la Asamblea de Dios, la mayor fuerza evangélica, con 22,5 millones de fieles en Brasil —cerca del 10% de la población— considera a Bolsonaro la mejor opción.
“De todos los candidatos, el único que habla el idioma del evangélico es Bolsonaro. No podemos dejar a la izquierda volver al poder”, aseguró el pastor el 1 de octubre después de mostrar en la fiesta de aniversario de la iglesia, delante de los fieles, un vídeo del candidato felicitándolos.
Con anterioridad, Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff, contaron con una parte del voto evangélico, aunque en su segunda campaña presidencial Rousseff se enfrentó a Marina Silva, de la Iglesia Asambleas de Dios (pentecostal) y conocida por su discurso ecologista y feminista.
Pero antes la palpitación del votante evangélico no respondía a afinidades ideológicas, sino al interés de las iglesias de acercarse al candidato más cercano al triunfo, para garantizar cuotas de participación y beneficios tras la elección. Sin embargo, ahora el sector más conservador del evangelismo se ha impuesto, cuenta con una amplia participación en el Congreso, y ha decidido situarse junto a Bolsonaro.
Se repite así el fenómeno observado en EEUU, donde las fidelidades partidistas tradicionales (judíos: demócratas) se han transformado y ya no siguen al pie de la letra guías ideológicas trazadas históricamente sino intereses puntuales. 
De esta forma, muchos evangélicos pentecostales, y gran parte del neopentecostalismo en Latinoamérica, en la actualidad apoyan no a partidos, sino a candidatos específicos: aquellos cuyas propuestas defiendan la agenda moral de sus iglesias.
Así también, el autoritarismo de muchos de estos pastores —que exigen a sus fieles una obediencia total o estos se arriesgan a perder la “bendición de dios” no solo en cuanto a la salvación de su alma sino a los efectos de cada una de las circunstancias de la vida cotidiana— resulta afín al autoritarismo político de que alardea el candidato brasileño.
Es por ello que la actual situación política de Brasil no se comprende a plenitud desde una limitada dicotomía entre la izquierda y la derecha, y tampoco solo recurriendo al “voto de castigo” por la corrupción de la izquierda —aunque ello influye indudablemente— sino por la situación de desamparo que ha llevado a la ciudadanía a desconfiar no solo de los políticos tradicionales sino de las instituciones democráticas: incluso a no creer ni en unos ni en otras.
Por supuesto, nada de lo anterior excluye de culpa a los pasados gobiernos de izquierda brasileños, responsables en buena medida de la debacle actual. Pero siempre sin olvidar que dicha izquierda —más allá de las preferencias de cada cual— actuó dentro de los parámetros de un Estado democrático. Ni Lula fue Chávez ni Rousseff Maduro. 
El fracaso de dicha izquierda —y hasta dónde ese fracaso fue real o la caída de Rousseff fue simplemente una maniobra política de la derecha es asunto de debate— no justifica el surgimiento de la amenaza del que se establezca en el país un gobierno autoritario. El Brasil del Partido de los Trabajadores no era la República de Weimar, donde la situación existente explica pero tampoco justifica la llegada de Hitler.   
Caben sin embargo las interrogantes sobre las limitaciones de un modelo, o de la forma en que dicho modelo es conducido —tanto por políticos diferentes dentro del espectro político— y el arrastre o demora en la necesaria transformación; la dependencia a fines ideológicos y preferencias, así como la ausencia de mecanismos de control y verificación que impidan que se cometan actos de corrupción. Aunque la solución a dichos problemas no es el depositar las esperanzas en la aparente o probada honestidad de un nuevo y “visionario” gobernante sino en el establecimiento de tales mecanismos.
De lo contrario continuará el agotamiento de la esperanza, lo cual define tanto el depositar el voto en un candidato poco o nada habitual como el acudir a las llamadas “teologías de la prosperidad” —con su presencia cada vez más amplia en los medios de comunicación y las redes sociales. No es solo la “salvación del alma” sino la seguridad del cuerpo por medios insólitos: el pastor y el candidato como una especie de último recurso, donde la ideología en su forma tradicional y hasta ayer infalible ha muerto.

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