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LA RESISTENCIA ACÉFALA YA TIENE CABEZA.
Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com
Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

Desde su aplastante derrota en noviembre de 2016 el Partido Demócrata se ha fragmentado en dos vertientes políticas aparentemente irreconciliables: los populistas tradicionales y los socialistas fanáticos. De un lado Chuck Schumer, Nancy Pelosi, Dianne Feinstein, Dick Durbin y Mark Wagner entre otros. Del otro lado Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Tom Perez, Keith Ellison, Alexandria Ocasio Cortéz, Andrew Gillum y otros igualmente extremistas.
El problema para los populistas es que los socialistas, aunque no son mayoría dentro del partido, son los que hacen más ruido y acuden en mayores cantidades a las urnas. Para complicar las cosas, proponen medidas extremas como la eliminación de ICE, la salud universal, la educación gratuita, el aumento de impuestos  y la erradicación de las fronteras. Todas medidas que resultan atractivas a quienes quieren recibir el mayor beneficio a cambio del menor esfuerzo. Pero, para desgracia de los populistas, estos socialistas son la gente que determina las postulaciones en este Partido Demócrata de 2018.
Por eso vemos a candidatos relativamente moderados como Joe Biden, Andrew Cuomo, Cory Booker, Kirsten Gillibrand y Deval Patrick moviéndose hacia la izquierda para mantener el respaldo de las bases. El resultado ominoso para estos últimos es que el burro demócrata corre descabezado con una agenda limitada a la resistencia a Donald Trump y sin un jinete que lo mantenga en el camino del triunfo en las próximas elecciones.
Para llenar ese vacío, el Mesías Barack Obama se ha ofrecido jubiloso a liderar la carga contra su némesis Donald Trump. Después de un breve retiro de sólo dos años, Obama regresa como la cabeza de una resistencia desorganizada, desorientada y fragmentada. Pero va a necesitar de todas sus habilidades oratorias e histriónicas para hacer el milagro de conducir al partido a una victoria en noviembre.
Esas son las habilidades que puso en despliegue la semana pasada en un discurso de una hora en que sometió a los estudiantes de la Universidad de Illinois a una diatriba feroz contra el Partido Republicano y el gobierno del Presidente Trump. Como era de esperar, sus expresiones fueron el despliegue característico de un mentiroso congénito y de un narcisista incurable.
Empezó por citar a George Washington como ejemplo de presidente que no atacó a sus sucesores en el cargo, pero se le olvidó reconocer que George W. Bush nunca respondió a sus numerosos ataques. Sus palabras lo revelan como un sujeto miserable que ha atacado por igual a su antecesor y a su sucesor en el cargo. Como en muchas de sus actuaciones, Obama se gana con esto un lugar destacado en el Salón de la Iniquidad Presidencial. Fue el primer presidente en incurrir en esta bajeza en la historia política de los Estados Unidos.
Para no dejar dudas sobre sus opiniones radicales de izquierda, Obama dijo: “En las últimas décadas, las políticas del resentimiento, la división y la paranoia han encontrado un hogar en el Partido Republicano”. Por desgracia para éste maledicente, lo que neutraliza y desmiente sus afirmaciones sobre supuestas políticas de resentimiento, división o paranoia son las estadísticas. Esas no están sujetas a las mentiras ni a las interpretaciones ideológicas de Barack Obama y sus apandillados en la izquierda del Partido Demócrata. Y esas estadísticas demuestran que Obama fue un rotundo fracaso y Trump un absoluto éxito, tanto para las minorías como para los norteamericanos de todas las razas, sexos e ideologías.
Tomando en cuenta los requerimientos de espacio y tiempo, me limitaré sólo a unos pocos ejemplos. Durante la presidencia de Obama, el producto interno bruto anduvo alrededor del 2 por ciento anual y los salarios se mantuvieron congelados al mismo nivel precario. Donald Trump cambió todo eso. El actual crecimiento económico está alrededor del 3 por ciento anual y, en el último trimestre, experimentó un crecimiento anualizado del 4.2 por ciento.
Los salarios finalmente comenzaron a crecer en el 2.9 por ciento con respecto al año pasado, un crecimiento muy superior al experimentado durante la presidencia de Obama. Las tasas de desempleo para las mujeres, los hispanos y los negros, al igual que para todos los norteamericanos, se encuentran a sus niveles históricos más bajos. ¡Ah!, y aquellos empleos en manufactura que el Mesías vaticinó que no regresarían jamás, han regresado en cantidades cuantiosas. Estos son hechos, no opiniones de diletantes y politiqueros como Barack Hussein Obama.
Estas buenas noticias se producen después de ocho años de políticas de división de razas y géneros, de perversión del lenguaje político y de explotación de quejas raciales por la clase política en el poder. Esta es la verdadera tragedia de la presidencia de Obama: en su condición de primer presidente negro de los Estados Unidos pudo haberle puesto fin al fantasma de las desigualdades raciales en este país, pero hizo todo lo contrario. Echó leños al fuego de la hoguera de la división de razas por motivos de meros  intereses políticos. Eso es lo que hizo en su reciente discurso en la Universidad de Illinois y lo que siguen haciendo con éxito sus aliados en el Partido Demócrata.
Más adelante en su discurso, Obama se adjudicó el mérito de haber puesto fin al programa nuclear de Irán. La realidad es que el convenio que compró con 150,000 millones de dólares a los clérigos iraníes le ha permitido a Teherán continuar con su programa nuclear y adelantar el camino hacia la construcción de la bomba. En otras de sus mentiras, Obama  dijo que la Administración Trump –que ha sancionado a Rusia, expulsado a diplomáticos rusos y proporcionado armas a Ucrania–estaba apaciguando al ex jefe de la KGB soviética. Pero Obama se olvidó convenientemente del incidente en 2012 en que le susurró a Dmitry Medvedev, compinche de Vladimir Putin, en un micrófono que no sabía que estaba abierto: “es importante que Vladimir me dé espacio… porque después de las elecciones tendré mayor flexibilidad”.
Por otra parte, su capacidad de influir en las elecciones parciales que se acercan en menos de dos meses está limitada por una historia personal que hoy es de dominio público y que muy pocos conocían en 2008, cuando aspiró por primera vez a la presidencia. En aquel momento era el joven elocuente que en la convención demócrata de 2004 había dicho que: “No existe la América blanca ni la América negra, sino los Estados Unidos de América”.
Nadie sabía entonces de los 20 años de asistencia de Obama a los servicios religiosos del racista Jeremiah A. Wright maldiciendo a la sociedad norteamericana. Tampoco sabían de su amistad con el lunático anti semita Louis Farrakhan. Por eso digo que, en este momento, Obama es capaz de atraer únicamente a quienes comparten sus opiniones sobre cuestiones de raza o de ideología.
Por otra parte, no hay dudas de que mandará a las urnas a millares de partidarios de Trump que quieren mantener la prosperidad y el respeto internacional de que disfrutan hoy los Estados Unidos. De ahí que la participación de Obama en esta contienda electoral podría resultar en un neto de cero. Por su parte, los electores independientes que no están interesados en resabios de ideología o en infructuosos conflictos raciales, no votarán con la retórica sino con el bolsillo y con el estómago. ¡Ahí Trump tiene todas las de ganar!
De todas maneras, para observadores asiduos de la política como yo serán muy interesantes las próximas semanas en que las respectivas artillerías de Trump y de Obama intercambiarán andanadas. Me aventuro a vaticinar que, acostumbrado a los disparos de las armas cortas de McCain y de Romney, Obama recibirá una sorpresa cuando se encuentre con los cañones de Donald Trump. Los otros eran señoritos de familias privilegiadas. Donald Trump es un “guapo de barrio” graduado en la escuela brutal de la industria de la construcción. Sabe medir a sus adversarios y sabe lo importante que es intimidarlos y no dejarse intimidar por ellos. Esta vez Obama no tiene asegurada la ganancia.
Para cerrar con broche de oro, Obama tuvo sus ocho años en que todos sabemos el score: estancamiento económico, envalentonamiento de los enemigos de Estados Unidos en el mundo y horrible confrontación racial dentro del país. Donald Trump ha revertido todo eso en un tiempo increíblemente breve, lo que explica el tono de amargura del fracasado Barack Obama. Y lo mejor es que no tendremos que esperar mucho tiempo para saber cuál de estos dos “caudillos” se alzará con la victoria el próximo mes de noviembre.
9-11-18 

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