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La escritora georgiana Nino Harataschwilli repasa toda la historia de la desaparecida Unión Soviética a través de la crónica de seis generaciones de una familia en su monumental novela “La octava vida”, que acaba de publicar en español la editorial Alfaguara.

La consagración de Haratischwilli, residente en Hamburgo, se produjo precisamente con la publicación original de esta novela en 2014, que era su tercera obra tras “Jusa” y “Mi suave gemelo”.

“Sólo cuando vi la reacción de la gente me di cuenta de que había hecho algo especial”, dijo la escritora a EFE, en una entrevista en Berlín. Más de mil páginas fueron el resultado de cuatro años de trabajo sobre una materia que fue creciendo y creciendo hasta abarcar todo ese siglo, un momento histórico que, como dice en un momento la narradora de la novela, traicionó a todos los que se atrevieron a tener sueños.

“Al principio, lo único que sabía era que quería contar la historia de una familia y que la novela tenía que terminar con una página en blanco”, explicó.

Al empezar a escribir tenía tres personajes en la cabeza. Niza, la mujer que cuenta la historia; Brilka, su sobrina de doce años a quien se la cuenta; y su bisabuela Astia, con la que debía empezar todo.

El propósito inicial de Haratischwilli, nacida en Tiflis en 1983, era concentrarse en el final de la era soviética, la época que ella vivió y que mejor conoce.

Sin embargo, en el momento en que empezó a escribir se dio cuenta de que necesitaba contar un siglo entero para que la historia se entendiera.

Hay dos personajes que flotan permanentemente sobre la novela: Stalin, a quien nunca se le menciona con ese nombre, y Beria, el temido jefe de la policía secreta estalinista, a quien se le llama permanentemente en el libro “el pequeño gran hombre”. “Los dos eran georgianos, los dos pesaron como una maldición sobre ese siglo y contar su historia sin nombrarlos es una manera de quitarles su poder”, explicó la escritora.

La búsqueda de las claves de la familia siempre llevaba a Haratischwilli más atrás en la historia georgiana y soviética. “Iba un poco más atrás, primero hasta los años setenta, luego un poco más atrás y de pronto estaba contando la revolución de octubre”, explicó.

En realidad llegó hasta antes, hasta 1900, el año del nacimiento de Astia en un parto en el que mueren su madre y su hermana gemela. El tatarabuelo de Niza, un pastelero y fabricante de chocolates, le echa la culpa de la muerte de su mujer a un chocolate caliente hecho con una receta que era su orgullo y que le dejará en herencia a Astia con el consejo de que la use solo en casos especiales y con mucha precaución.

La receta aparece repetidamente a lo largo de la novela y, cuando se bebe el chocolate, se genera en quien lo bebe un placer extremo que luego muchos de los protagonistas tienen que pagar con alguna desgracia. “Al comienzo solo pensé en una receta de familia que iba de generación en generación. Luego, cuando empecé a hablar con gente en Georgia y en Rusia para recoger información para la novela me encontré con que mucha gente hablaba siempre del destino y que ellos no podían haber hecho su vida de otra forma”, dijo. “Entonces, empecé a preguntarse hasta dónde es independiente el ser humano”, agregó. Ella misma, casi sin parar, apunta la solución: “Si pienso que dependo de una instancia superior le doy el poder, bien sea la iglesia, el Kremlin o el chocolate”, dice.

En los años de la historia soviética, como en la novela, hubo mucha gente que se resignó a lo que veían como su destino, pero también hubo otros que lucharon contra él. Los personajes de la familia, a medida que avanzaba la escritura, fueron saliendo solos y eran típicos de la época que les tocó vivir.

Los hijos de Astia muestran los dos extremos posibles de aquel tiempo.

Kostia, su hijo, es un comunista convencido, un hombre del sistema dispuesto a la crueldad. En cambio, Kitty, la hermana de Kostia cuyo nombre está tomado de Anna Karenina, se convierte en una disidente y termina en el exilio.

La historia, finalmente, desemboca en el siglo XIX, tras pasar por la Rusia postsoviética, con Niza y Brilka, una en Berlín y la otra tratando de llegar a Viena, a los doce años, tras haberse escapado del grupo de baile donde viajaba. Y ahí empieza también el prólogo con el que se abre la narración

para luego pasar revista a seis generaciones y muchos millones de muertos.

EFE
http://www.martinoticias.com/templates/ocb-Articles.rss?sectionPath=/noticias/cuba
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