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Recuerdo que por la década de 1970 en Cuba leí un artículo en la revista Bohemia sobre la “colonización del gusto”, que abordaba el asunto a partir de la preferencia por uno u otro sabor de helado (eso de “abordar el asunto” es una herencia de aquella época que a veces aún me desborda). 
Lo que aparecía en Bohemia era mucho más simple —a pesar de ese retorcimiento del periodismo cubano que no responde a una retórica sino a una política: es decir, a una política retórica—, y se resumía en la afirmación de que al uno nacer en el trópico, tenía que gustarle los helados de coco y chirimoya y no los de fresa y chocolate con nueces (cuando eso creo que no se identificaba a un sabor con un gusto o una preferencia sexual o de otro tipo y éramos más listos o más tontos o al menos yo lo era). 
Había un problema que el redactor de Bohemiapasaba por lo alto, o por lo bajo, y era que entonces en Cuba era más fácil encontrar los sabores de fresa y chocolate que los de coco y chirimoya, pero lo importante era —para mi, que leía el artículo— el estar condenado a que me gustara la chirimoya, que desde niño había despreciado más que detestar: en realidad apenas la había probado.
Pronto conocí —no quiero escribir sufrí para darle un tinte melodramático al tema— que esa condena de sabores se trasladaba también a los temas literarios, en lo que ya para entonces sabía era “mi circunstancia”, porque felizmente conocía a Ortega y también a Gasset, dúo no de moda y presente hasta hoy.
Para alguien que intentaba escribir en Cuba, algunos temas como que no cuadraban. Por ejemplo, había que huir de la ciudad, de cualquier detalle que se asociara a la burguesía, de Europa y de gran parte del arte y otras ramas contaminantes.
Mientras tanto amigos y no tan amigos triunfaban —es decir, ganaban premios literarios— con detalles sobre la “lucha contra bandidos”, la recogida de café, el ciclón Flora y las milicias y el trabajo voluntario.
Ya para entonces escribir sobre la insurrección y la dictadura de Batista y las torturas y el heroísmo de la sierra y el llano quedaba cada vez para aquellos con su nombre en un par de libros, y desde hacía años la épica, como experiencia vital, estaba agotada para la mayoría de los cubanos —literatos o no—, encerrados en las colas para comprar cualquier cosa, las guardias sin fusiles y las aburridas reuniones, Pero para quien pretendía escribir no quedaba opción alguna que la épica. Y no importaba mucho si esa épica se reducía al poema cursi sobre la abuela miliciana o cederista: el premio estaba asegurado.
El problema por lo tanto era hincarle el diente a la épica, montarse en el heroísmo. Pese a que la lucha no me entusiasmaba —más bien me aburría— y al heroísmo lo encontraba tonto. Y lo más grave aún: que seguía sin atreverme con la chirimoya. Aunque esto último no era tan grave, porque ni siquiera tenía que enfrentarme a ella, gracias a la generosidad revolucionaria. Si en esos años hubiera sido capaz de abreviar mis defectos, habría comprendido que todo se reducía a un ajuste de precedencias. Solo que nunca me ha gustado simplificar, más bien lo contrario. Tonto que soy.

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