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Cuarenta y ocho horas después del trágico accidente aéreo, la zona donde se desplomó el Boeing 727-200, arrendado por Cubana de Aviación a la compañía mexicana Global Air, sigue acordonada con cintas amarillas y decenas de especialistas de criminalística y expertos de la aeronáutica civil examinan el área.

Algunos peritos visten pantalones o sayas verde olivo y batas blancas, señal de que son militares. Otros van de civil. El acceso a la línea de ferrocarril y campo agrícola donde sucedió el desastre está resguardado por dos patrullas de la policía.

Los investigadores armaron tres casas de campañas que sirven para guardar posibles evidencias y funcionan como una especie de puesto de mando. No es difícil encontrar personas que quieran contar su versión de los hechos.

Luis Antonio, un tunero que hace cinco años reside en el reparto Mulgoba, apunta que “ya he dado tres entrevistas, pa’ Univisión, pa’una agencia china y pa’ EFE”, dice y comienza a contar:

“Trabajo en un vivero relativamente cerca del lugar del accidente. Como era mediodía, la gente se había ido a almorzar. En una cantinita yo traía mi jama: tortilla de cebolla, arroz blanco, potaje de chícharo y boniato hervido. Me senté debajo de un árbol a comer. Al instante siento un ruido tremendo. Cuando me paro y miro pal’cielo veo -y señala con la mano un descampado a su izquierda- que el avión pasa por encima de los árboles. Iba soltando un humo negro y se mecía de un lado a otro como un juguete roto. Cuando cayó se me perdió de vista. El aparato se desplomó contra el suelo más o menos a 200 metro de donde estaba almorzando. Se sintió un vapor de fuego y un estruendo atronador. Me mandé a correr, pensé que aquel bicho iba a explotar”.

Después de la explosión los primeros que se dirigieron al sitio del siniestro fueron vecinos que residen en la calzada que comunica la Avenida Boyeros con el pueblo de Calabazar, trabajadores, estudiantes de técnico medio y preuniversitario que no habían entrado a la escuela y transeúntes que esperaban el transporte público en una parada a tiro de piedra de la Terminal 1, dedicada a vuelos nacionales.

“Había un relajo del carajo, aunque un grupo de personas se lo tomó con seriedad y responsabilidad. Otros, con los teléfonos móviles en mano, filmándolo todo, parecían que iban a una fiesta. Yo me quedé en la parada, pues por las series policiales que pasan en la televisión, sé que el lugar donde ocurre un accidente debe preservarse”, señala Marta, ama de casa que reside cerca del aeropuerto y esperaba la ruta P-12 para ir a Centro Habana.

Ya circulan por las redes sociales y entre los habaneros, decenas de videos caseros grabados con celulares el día del accidente aéreo. Con un morbo que encaja en el perfil de un asesino en serie, por IMO o Bluetooth, se pasan videos con crudas escenas de cuerpos desmembrados o calcinados.

Una joven, sentada en un café al aire libre en la Avenida Boyeros, muestra una filmación donde un ladrón intentaba robarle la billetera a una víctima que viajaba en el vuelo rumbo a Holguín. “Aprovechando el tumulto, el tipo buscaba robar maletas y dinero. Un policía que en ese momento llegó para socorrer a los accidentados, fue el que detuvo al carterista”, indica, mientras muestra el video.

Por las primeras imágenes trasmitidas por la televisión nacional y otras que circulan por las redes sociales, decenas de personas contaminaron la zona del accidente. El despliegue informativo, de manera inusual, fue amplio y minuto a minuto.

Según Pedro, custodio de un taller de reparaciones automotor relativamente cerca donde cayó el avión, “la respuesta policial fue algo lenta. Incluso, gente que intentaba ayudar a personas que estaban con vida, por su desconocimiento en primeros auxilios, cargaban a los heridos de manera inadecuada. Los que más rápido llegaron fueron los bomberos, quienes tienen una base en el propio aeropuerto. También enseguida llegaron dos ambulancias, pero creo que los sanitarios no estaban preparados para ese tipo de accidente. Si hubieran llevado a los accidentados directamente para el Calixto García y no para el Hospital Nacional, que no cuenta con todas la condiciones, quizás se hubiera salvado alguna otra vida”.

Llama poderosamente la atención, que en caso de accidentes viales, derrumbes de edificios y destrozos provocados por huracanes, hay ciudadanos que priorizan la grabación con sus móviles antes que socorrer a las víctimas.

Leidis, maestra de primaria, recuerda que “hace dos o tres años, una joven fue alcanzada por un tren por el Café Colón, Arroyo Naranjo, y en vez de auxiliarla, mucha gente a su alrededor estaba filmando. Hace poco, un hombre tuvo un infarto en la calle y se formó tremenda molotera, pero no para ayudarlo, sino para tirar fotos o hacer videos”.

El accidente aéreo del viernes 18 de mayo en La Habana abre nuevas interrogantes al pésimo servicio que brinda Cubana de Aviación, considerada una de las peores líneas aéreas del mundo.

Oscar, ex piloto de Cubana de Aviación considera que “la compañía tiene que llamarse a capítulo y debiera cerrar. Desde hace años Cubana no cuenta con un stock necesario de piezas de repuesto. Si la gente supiera la cantidad de inventos que tienen que hacer los pilotos y el personal de mantenimiento, no montaría en esos vuelos”, subraya y añade:

“El problema no es solo modernizar la flota. Es contar con una base logística adecuada. Algunos accidentes, como el de Sancti Spiritus, hace ocho años, o este como el de ahora, se han producido con aviones arrendados. Detrás de esos arrendamientos hay un misterio que ojalá ahora salgan a la luz con estas investigaciones. Nadie sabe quién ni cómo, los funcionarios de Aeronáutica Civil contratan líneas que casi nadie conoce. Se rumora que existen coimas por debajo de la mesa. El caso es que son empresas muy limitadas de recursos y con aviones desfasados. Por la entrevista a un piloto que trabajó en esa línea aérea mexicana, se ha sabido que volaban con gomas ponchadas y el radar defectuoso. Un piloto nuestro contó en las redes sociales que hace siete años, esa misma empresa, tuvo problemas en un vuelo a Santa Clara. Él hizo su reporte, pero las cosas siguieron como si nada hubiera pasado”.

Cubana de Aviación hace rato está bajo lupa. Uno o dos días antes del accidente del Boeing 737-200, el vicepresidente primero Salvador Valdés Mesa sostuvo una reunión de trabajo con funcionarios del Instituto de Aeronáutica Civil.

En los vuelos nacionales el retraso es habitual. Rolando Rodríguez Lobaina, activista disidente y director de la agencia audiovisual Palenque Visión, recuerda que en una ocasión “el vuelo a Holguín se retrasó más de catorce horas”.

Dania, quien suele viajar con frecuencia en avión a las provincias orientales, subraya que “cuando se viaja por Cubana hay que rezar primero antes de volar. Esos aviones meten miedo. Además de retrasos y maltrato de los empleados, no los limpian. Hace unos meses, regresaba de Guantánamo en un AN-158, me senté cerca del ala y por la ventanilla veo que unos tornillos se han zafado. Se lo digo al sobrecargo y me calma diciéndome, jocosamente, que no me preocupe, que esos tornillos a lo mejor sobraban en el avión. Espero que después de este accidente caigan algunas cabezas”.

El siniestro aéreo sucedió un mes después que Miguel Díaz-Canel ocupara el cargo de presidente. Habrá que esperar si el nuevo mandatario aparte de preocuparse de la suciedad en La Habana, se preocupa también de la existente en la errática empresa área estatal, que necesita una limpieza a fondo. O cubre la basura de Cubana de Aviación con un manto de silencio. Como hasta ahora ha sucedido.

Iván García

Foto: Tomada de 14ymedio.


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