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Ramón Calcines Gordillo fue un comunista de toda la vida. Bajo Batista se desempeñó como secretario general de la Juventud Socialista, brazo del Partido Socialista Popular (PSP), viejo partido marxista-leninista. Fue allí jefe de personajes que más tarde alcanzaron gran preeminencia, como Jorge Risquet y Flavio Bravo.

Al triunfo de la Revolución, se mantuvo en puestos de relieve. En los años sesenta del pasado siglo fue director de la Empresa FrutiCuba, que por entonces hacía honor a su nombre y suministraba a los cubanos de a pie, a precios módicos, jugos y frutas frescas.

Como buen ‘pericón’, estaba avezado en las peleas de fieras que reciben un nombre eufemístico: luchas internas del partido. No obstante, tuvo ocasión de experimentar en carne propia que, bajo el régimen de Fidel Castro, esos conflictos intestinos dejaron de ser tales para convertirse en verdaderas persecuciones desatadas por el mandón de turno.

Al producirse la purga contra la llamada Microfracción, Calcines fue separado de su puesto en el Comité Central, cosa que destacó un titular del órgano oficial de entonces; también fue expulsado del partido único. No obstante, salió mejor que otros involucrados, pues no tuvo que marchar a prisión.

Sí fue a parar fue a una fábrica como simple obrero. Allí, amén de tener que trabajar por un sueldo modesto, sufrió los vejámenes de la administración empresarial y de “los factores”, cuya “intransigencia revolucionaria” había sido exacerbada por las instrucciones impartidas desde la alta jefatura del régimen.

Al tiempo que cumplía con sus obligaciones laborales, Calcines, haciendo inmensos esfuerzos, cursó la carrera de derecho. Al graduarse, pasó a trabajar en los bufetes colectivos como un abogado más. Gracias a su competencia, su fabulosa capacidad de trabajo y las relaciones personales que mantenía, progresó dentro del foro habanero y llegó a figurar en la docena de los defensores con mayor clientela en el país.

Al propio tiempo, se destacó en las labores sindicales y, en definitiva, avanzando con grandes sacrificios desde abajo, recuperó la condición de militante del partido único. Esto lo satisfizo, pues era un comunista convencido.

Fue precandidato a delegado a uno de los congresos de esa organización política, pero cuando más confiaba en que sus esfuerzos de años le permitirían tal vez volver a figurar en ese órgano supremo (y de allí —¿quién sabe!— reingresar quizás al Comité Central), la despiadada maquinaria del régimen montó en las vidrieras del Ministerio de Educación, en el corazón de la Habana Vieja en la que laboraba, una “exposición de la historia de la prensa revolucionaria”.

¡Qué casualidad!: En lugar destacado figuraba el número del periódico oficial con la noticia de su destitución. Las invocaciones a su condición de militante y precandidato no surtieron efecto alguno. Las gestiones para encontrar al responsable de la muestra o a alguien que tuviera las llaves del local, también fueron infructuosas. “Están de vacaciones”, fue la cínica respuesta. Así terminaron sus ilusiones de rehabilitación.

Después, se conformó con ser director del Bufete Especializado en Recursos de Casación. Allí lo traté y llegué a apreciarlo, porque pese a que jamás renunció a sus convicciones comunistas, predicó con el ejemplo y actuó con honestidad, nunca abusó de su jefatura y se mantuvo receptivo a las ideas de cambio. Esto último lo demostró en tiempos de la glasnost con su lectura impenitente de las Novedades de Moscú, que a menudo salíamos juntos a buscar.

¿Por qué -se preguntará alguien- escribir ahora sobre ese marxista-leninista, fallecido hace ya años? Es que su hijo Rayfe Calcines Blanco se encuentra en las barracas de la cárcel de Valle Grande, lugar que conozco bien por haber estado “hospedado” allí durante mis primeros años de prisión política. Se trata de un hombre enfermo, de buena conducta social, hijo de ese comunista de toda la vida y de una ex fiscal del Tribunal Supremo. Se le imputa un presunto delito de estafa, que más que tal parece el simple incumplimiento de un contrato civil. No es normal que por una conducta de ese tipo se mantenga la prisión provisional, y menos contra alguien que no es un habitual del crimen.

A las reiteradas solicitudes de cambio de la medida cautelar presentadas por su competentísimo defensor, se ha dado la callada por respuesta. En unas semanas se cumplirá medio año de su encierro: el triple del término previsto en principio para la instrucción de un expediente penal.

¿Por qué esa severidad tan inusual? ¿Qué impide que Rayfe Calcines permanezca en libertad hasta el día del juicio? ¿Será que el ajuste de cuentas contra su padre Ramón Calcines alcanza a su familia y continúa muchos años después de su muerte!

René Gómez Manzano

Cubanet, 8 de agosto de 2012.
Foto: Bandera del Partido Socialista Popular.


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