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Alfredo M. Cepero
Director de www.lanuevanacion.com
Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

 
La conducta de miembros del FBI en las investigaciones de los correos de Hillary y la supuesta conspiración de Trump con los rusos, muestran una cultura de gente que se considera por encima de la misma ley que ellos aplican a los demás ciudadanos.

Donald Trump es hoy presidente de los Estados Unidos porque durante el curso de su campaña política prometió “drenar el pantano” de Washington y erigir un muro en la frontera sur que pusiera fin a la invasión masiva de inmigrantes ilegales. La mayoría ignorada que suda la camisa y paga impuestos decidió superar su inercia, romper su tradicional silencio y gritar a todo pulmón que ya no aguantaba más acudiendo masivamente a las urnas.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos y de su carisma, Trump no ha logrado hasta ahora cumplir ninguna de las dos promesas. En este año y medio de su presidencia, Trump se ha dado cuenta de que “drenar el pantano” no es tan fácil como construir un edificio. Que, como bien dice el dicho: “una cosa es con guitarra y otra con violín”. Que las perversas criaturas del pantano no solo se oponen a que el mismo sea drenado sino que se han impuesto como prioridad tragarse a Donald Trump. Para ellos, es literalmente una cuestión de vida o muerte política.
Para el presidente es también una cuestión de vida o muerte política. Sus partidarios no le perdonarían que dejara de drenar el pantano o de construir el muro. Queda también muy claro que, si quiere construir el muro, tiene primero que drenar el pantano. Y esa tiene que ser su prioridad si se propone ser reelecto en el 2020. Lo que digo ha quedado demostrado por el adefesio de más de 500 páginas abortado por el Inspector General Michael Horowitz y sus conmilitones del corrupto Departamento de Justicia.
La prestigiosa organización Judicial Watch ha calificado el documento como “una farsa que ha destruido la poca credibilidad que les quedaba al Departamento de Justicia y al Buró Federal de Investigaciones”. La columnista Kimberley Strassel, del diario The Wall Street Journal, ha dicho que “quienes nieguen los prejuicios contenidos en el informe de Horowitz tienen el cerebro ‘lleno de aire”.
Por su parte, la columnista Mollie Hemingway del diario The Federalist, afirmó que “cuando el funcionario de contrainteligencia del FBI, Peter Strzok, expresó su decisión de impedir el triunfo de Donald Trump no sólo mostro prejuicio sino la decisión de interferir con el proceso electoral”. La conclusión inescapable es que las criaturas del pantano del FBI y del Departamento de Justicia se auto-designaron “grandes electores ” y se arrogaron el privilegio de anular el mandato del pueblo norteamericano expresado democráticamente en las urnas.
Para cubrirse el trasero, el informe de Horowitz destaca la deferencia con la que fue tratada la Hillary Clinton en la investigación del manejo de sus correos electrónicos frente a la intensidad con que está siendo investigada la supuesta conspiración de Trump con los rusos. A mayor abundamiento, el informe cita varios textos del fanático Robert Strzok, antes de las elecciones de 2016. En el mes de julio de ese año, Strozk escribió a su amante, la abogada del FBI, Liza Page: “Trump es un desastre y no tengo la menor idea de cuan desestabilizador sería como presidente”. Acto seguido, los dos tórtolos se dedicaron a soñar con la fantasía de un juicio político contra Trump si éste resultara electo presidente.
Un mes más tarde, una angustiada Liza Page le pregunta a Strzok: “Trump no va a ser presidente, ¿cierto?, ¿cierto?” . Éste le responde: “No, no va a ser presidente. Nosotros lo detendremos”. Ambos estaban tan convencidos de que Trump no sería electo que daban por segura la elección de Hillary Clinton. Por ejemplo, durante los preparativos del FBI para entrevistar a la Clinton sobre sus misteriosamente desaparecidos correos electrónicos, Liza Page le recomendó a varios colegas que la trataron con cortesía y agregó: “Tengan presente que ella podría ser nuestra próxima presidente. No necesitamos tenerla de enemiga”. El 8 de noviembre les explotó en la cara el globo de su fantasía obsesiva.
Después de incluir todos estos textos reveladores de prejuicio y en violación flagrante de la ley, cualquiera pensaría que Horowitz recomendaría el enjuiciamiento de los delincuentes que, dicho sea de paso, son más de una docena de altos funcionarios del FBI y del Departamento de Justicia. Sin embargo, imitando a James Comie en su informe sobre la Clinton, Horowitz concluyó con la afirmación de que no había encontrados pruebas fidedignas y tangibles de prejuicio en la conducta de los agentes del FBI o los miembros del Departamento de Justicia. De ahí que, en mi opinión, Horowitz no es el hombre íntegro que sus amigos han descrito sino otra criatura corrupta que disfruta el olor del excremento de los cerdos que pueblan el pantano y lo defienden contra quienes se atrevan a tratar de drenarlo.
Por otra parte, no se puede dar credibilidad a aquellos que dicen que James Comie es el único corrupto en el Buró Federal de Investigaciones. La conducta de miembros del FBI en las investigaciones de los correos de Hillary y la supuesta conspiración de Trump con los rusos, muestran una cultura de gente que se considera por encima de la misma ley que ellos aplican a los demás ciudadanos. Ahí están los ejemplos de Loretta Lynch entrevistándose subrepticiamente con Bill Clinton, los subalternos de Comie ayudándolo a esconder sus delitos, los miembros del FBI filtrando información a los periodistas a cambio de prebendas y agentes como Robert Strzok y Lisa Page manteniendo relaciones extra matrimoniales. Esta gente no tiene credenciales para dar clases de moralidad ni para aplicarle la ley a ningún ciudadano.
Y lo peor es que no reconocen ni aprenden de sus errores. En una conferencia de prensa posterior al informe de Horotwitz, el Director del FBI, Christopher Wray, tuvo el descaro de declarar que: “Nada en el informe impugna la integridad de nuestros miembros o de la organización en su totalidad”. Llegó a hacer una defensa ficticia y generalizada de todos los miembros de la organización, alardeó sobre la gran cantidad de aspirantes a ser admitidos y señaló el bajo número de quienes son aceptados.   
Cualquiera diría que me he ensañado injustamente con Horowitz, con el FBI y con el Departamento de Justicia. Me voy a explicar para que me entiendan. En su condición de Inspector General del Departamento de Justicia, Horowitz no es un funcionario independiente. Tanto él como los 400 abogados que trabajan bajo su dirección son burócratas que tienen más interés en conservar sus cargos que en denunciar delitos.
Yo los comparo con el Departamento de Recursos Humanos de una corporación que no trabaja para los obreros sino para la empresa. El Inspector General no trabaja para los ciudadanos sino para el Departamento de Justicia. Otra comparación más drástica, pedirles a estas criaturas que drenen el pantano que ellas mismas han creado es como otorgar a un acusado la facultad de dictar su propia sentencia. Si drenan el pantano se condenan a sí mismos y se quedan sin trabajo.
Por lo tanto, la única solución justa y ejemplarizante es la designación de un Procurador Especial que investigue hasta sus raíces los delitos cometidos por Hillary Clinton y por los funcionarios de inteligencia de la anterior administración, incluyendo al Presidente Obama, en la conspiración para impedir el triunfo de Donald Trump. Sus delitos no pueden quedar impunes. Nadie tiene derecho a un sistema especial de justicia criminal. No tanto por castigarlos a ellos sino para impedir que otros se crean merecedores de los mismos privilegios en el futuro.
Pero no he terminado. Es imprescindible otro Procurador Especial que investigue a los investigadores que integran el equipo dirigido por Robert Mueller. Un equipo formado en su totalidad por partidarios y donantes a las campañas políticas de Hillary y de otros candidatos del Partido Demócrata. El problema en este momento es que ambos procuradores tienen que ser nombrados por el Departamento de Justicia, donde Donald Trump no tiene amigos.
Hasta ahora, el Secretario de Justicia, Jeff Sessions, ha demostrado que no tiene los atributos ni el carácter para enfrentarse a una izquierda empecinada en destruir a Trump y a todo el que lo rodee. Su delegación del poder a Rod Rosenstein ha sido el origen de todos los males en esta investigación. Si Sessions no despide a Rosenstein, Donald Trump tendrá que tomar cartas en este deplorable asunto. Admito que, en este momento, podría resultar políticamente perjudicial. Pero, asumiendo, como he vaticinado, un triunfo republicano en las parciales de noviembre, Trump debe ejercer sus facultades presidenciales bajo el artículo dos de la constitución y despedirlos a ambos. Porque si Trump no drena el pantano nadie lo drenará por él.

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