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El instrumento es viejo pero efectivo. Resalta, eso sí, la mezquindad de su uso. Cuando un gobierno autoritario o totalitario quiere hacer sentir su presencia, establecer parámetros, agraciar posibles aliados, calmar temores o simplemente congraciarse con potenciales rivales recurre a reprimir a cualquier intelectual de paso.
Lo hizo con Heberto Padilla, lo hace ahora con Fernando Ravsberg, salvando las enormes distancias poéticas que el periodista nunca ha pretendido transitar. Pero por lo demás hay mucho en común, no en los hombres, las víctimas, sino en el mecanismo.
Y es que, por un momento, resulta fácil aplastar a un escritor o a un periodista. No hay inversiones que se vean amenazadas; no hay miedo a una respuesta bélica contundente, porque ambos no cuentan con las socorridas divisiones; no hay cosechas en peligro, buques mercantes que no acudan al puerto, fábricas que interrumpan su marcha. No hay fiesta que se cancele, show que no se produzca, película que no se proyecte.
Después, con el paso del tiempo, las cosas se complican. Pero ni al funcionario, al burócrata o al político les preocupan el futuro. Lo de ellos es el hoy: aferrarse al poder, conservarlo al menor riesgo posible.
A Fidel Castro no le era imprescindible reprimir a Padilla para ganarse la confianza de los soviéticos, pero el esfuerzo censor ayudó, hizo lo suyo, anotó un tanto. Dejó en claro que a partir de ese momento las cosas no iban a ser como antes, que toda esa bobería de socialismo distinto, en libertad, con intelectuales europeos opinando se acababa. A partir de entonces La Habana sería como Moscú, donde a los poetas se les encarcelaban. Hacía falta un Mandelstam cubano y ahí estaba Padilla. Claro que tampoco se trataba de volver estrictamente al ayer, y el poeta no tenía que morir en un campo de concentración: bastaba con amargarle la vida.
Y ahora tampoco es como ayer, y a Ravsberg, que ni siquiera es cubano —uruguayo de nacimiento que lleva décadas viviendo en la isla—, no van a detenerlo como a Padilla, ni internarlo en un campo como a Mandelstam: simplemente le han retirado su permiso de residencia y su credencial de periodista extranjero. No más “Cartas desde Cuba”: que se busque un buzón de correo en otra parte.
“Que se vayan, no los queremos, no los necesitamos”: Ravsberg convertido en marielito uruguayo.
Asombra, por un momento, esa capacidad desarrollada por el régimen cubano, de convertir en arma represiva lo que en un principio se vio como un supuesto avance en lo social y político: el retiro, temporal o más o menos permanente, del pasaporte a los disidentes, la parada en el aeropuerto para impedirles el codiciado viaje, la multa oportuna. 
El retiro de credenciales no deja de ser entonces una rectificación necesaria —¿escribir por la libre en Cuba?— que el nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, necesita para enviar un doble mensaje: alarde de ortodoxia rustica y advertencia grosera para periodistas independientes cubanos, a quienes no les resultaría tan fácil el tomar un avión de un día para otro en caso necesario.
Queda para el futuro si estos alardes de acción ortodoxa —gratos a Ramiro Valdés o Machado Ventura— son pruebas de permanencia o simples respiros. Porque la permanencia en una dictadura no es más que un ejercicio cambiante.
Por lo demás, algarabía breve sin llegar a serenata diurna. Silvio Rodríguez reclama que la censura a Ravsberg no hubiera ocurrido en la época de Fidel y Raúl Castro. Quizá sin saberlo rememora aquella escena de Los Olvidados, en que el viejo músico callejero —golpeado, despojado de su dinero y con sus instrumentos musicales rotos tras un asalto de jóvenes y niños delincuentes— se lamenta con esta frase casi legendaria: “En tiempos de don Porfirio no pasaban estas cosas”.
Y así es de simple. Ni Fidel ni Raúl molestaron al periodista, porque nunca les fue necesario. La añoranza es más que simple, tonta. La pregunta entonces es otra: ¿Es tan débil el poder de Díaz-Canel que necesita estos pequeños gestos?

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