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En esta nueva entrega sobre escritores y sus lecturas, Martí Noticias recogió qué estaban leyendo o recién habían leído un grupo de autores cubanos.

Como en la ocasión anterior, en la que una decena de autores aceptó gentilemente a compartir algo tan íntimo como sus lecturas,  publicamos hoy este abanico de gozo ante la página impresa que va desde clásicos contemporáneos hasta absolutos desconocidos. Un particular interés revela esta muestra, los cubanos que escaparon de la isla siguen leyendo a los censurados, los más mordaces, los que describieron un mundo asaeteado por las prohibiciones.

Armando de Armas | El Mito del Siglo XX

Escritor y periodista cubano radicado en Miami. Es autor de las novelas La tabla (Fundación Hispano Cubana, Madrid, 2008) y Caballeros en el Tiempo (Atmósfera Literaria, Madrid, 2013), entre otras.

Suelo leer varios libros a la vez. Ahora mismo estoy leyendo La mujer que llora, de Zoé Valdés, que me cautiva porque ahonda en el alma de una mujer rendida ante el encanto demoniaco del alma masculina; en este caso el alma de un genio. Los Cuentos completos de Vladimir Nabokov, un descubrimiento, pues suele conocérsele fundamentalmente por novelista, y obviamente, por su sin par, controversial y extraordinaria Lolita; pero Nabokov es mucho más, es un cantor minucioso de la cotidianidad y, de repente, ¡pum!, un golpe de violencia o de misterio en medio de una tarde en que el sol destella, resbala por la ventanilla de un tranvía amarillo en el apacible Berlín o en la Rusia anterior al comunismo, por cierto, otro descubrimiento: el autor es lo que nuestros exquisitos progres de la cubanidad bobalicona nombrarían como un radical, un deplorable que llama las cosas por su nombre.

Por otro lado leo El Mito del Siglo XX, del alemán Alfred Rosenberg, Jesús o el secreto mortal de los Templarios, del francés Robert Ambelain, y El misterio del grial, del italiano Baron Giulio Cesare Andrea Evola, como parte de un estudio sobre religiones comparadas que acometo desde hace años y que eventualmente parirá un libro y, sobre todo, porque son obras transgresoras y contracorriente que, cada una en su esfera, nos cuentan la historia que no nos han contado, o que nos la han contado y manipulado o quizá, también, la historia como pudo haber sido y no fue, en fin, lecturas como parte de la fascinación por el misterio, la duda y la insumisión ante las versiones oficiales que todo escritor ha de tener si no quiere sucumbir en tanto escritor; si no quiere freírse en su propia salsa”.

Walfrido Dorta Sánchez | El huésped

Escritor y ensayista cubano. Es autor de El testigo y su lámpara: para un relato de la poesía como conocimiento en Gastón Baquero, Premio UNEAC de Ensayo en el año 2000. Trabaja actualmente Departamento de Lenguas Romances de Williams College?.

“Para bien y para mal, bastante de lo que leo está relacionado con los cursos que enseño. Así que acabo de leer dos excelentes novelas, como parte de un curso sobre monstruos latinoamericanos y caribeños: Wasabi, del argentino Alan Pauls (Alfaguara, 1994) y El huésped, de la mexicana Guadalupe Nettel (Anagrama, 2006). Ambas vinculan lo monstruoso a lo corporal, desde distintas experiencias de sus respectivos protagonistas.

?Wasabi es por excelencia paradojal: un escritor recibe una beca en Francia para escribir una novela, pero su capacidad creativa se bloquea. Lo que leemos es el discurso sobre la imposibilidad de la escritura. Al personaje (obsesionado con matar a Pierre Klossowski) le va creciendo un quiste en el cuello; los que le rodean comienzan a mirarlo a partir de este apéndice monstruoso. La novela juega con la llamada “autoficción” y con los pactos de lectura que ella convoca (los de la autobiografía y los del discurso ficcional). Wasabi (el nombre con que el protagonista y su mujer deciden nombrar una pomada homeopática que no cura el quiste) se ocupa de la deuda, el compromiso, la procreación y la experiencia de la monstruosidad. Es el relato, entre delirante y aséptico, del “espectáculo de un derrumbe personal”.

La Cosa y una chica llamada Ana son el centro de El huésped. Ana está habitada desde niña por una entidad informe, La Cosa, que quiere tomar progresivamente el control de su cuerpo. El libro de Nettel conjuga las convenciones de la novela de formación o de aprendizaje con las narrativas sobre el doble como figura monstruosa.

Habla sobre lo abyecto, la ceguera, las batallas campales de la identidad. Entre momentos catárticos y otros epifánicos, transcurre el devenir-monstruo de Ana. Hay en la novela rituales de iniciación a la socialidad y rechazo de las instituciones a veces castrantes (familia, trabajo, Estado). Y hay una cita de un poema de Antonio J. Ponte, que, incrustada en el medio de la trama, adquiere una extraña intensidad: “Se apaga un municipio para que exista otro. / Ya mi vida está hecha de materia prestada. / Cumplo con luz la vida de algún desconocido. / Digo a oscuras: otro vive la que me falta”.

Legna Rodríguez Iglesias | La Casa de la colina

Poeta, narradora y dramaturga. Obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011; y es ganadora del Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016, con la obra Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta. La Editorial Alfaguara publicó Mi novia preferida fue un bulldog francés, Narrativa hispánica, España, 2017. Mientras participa en este proyecto un bebé diminuto crecía en su barriga y acaba de nacer.

“En qué se parece leer a no leer. El obstetra me dice que todo lo que coma se lo transmitiré al bebé, así que me da miedo abrir los libros. Pero los libros cerrados, a dos pies de mi cama, son también un tipo de lectura que afecta. Ellos están ahí, tan cerca, tan al alcance, que podría ser suficiente.

Hace poco en una entrevista con Jorge Enrique Lage para Hypermedia Magazine hablé de esos libros que tenía en cola. Muchos de la Editorial Almadía, autores contemporáneos y no tanto, otros de la Editorial Sexto Piso, como las penúltimas novelas de Mario Bellatin, deliciosas, y otros atrasados, como La Casa de la colina, de Erskine Caldwell. Esta semana he abierto dos que me resultan gemelos: Antología del retrato, de Emil Cioran, y Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky.

En la nota de contra cubierta de Antología del retrato ponen: “… un ballet impúdico donde no hay protagonistas ni personajes secundarios, ni héroes ni mártires. Ninguna grandeza, y en la más vil de las bajezas aparece algo de gracia que los redime a todos. Una galería de retratos que mueven los ojos cuando el lector pasa: una escena también digna de una película de Drácula.”

Fabuloso para mí que nací en un siglo XX con más pinta de siglo XVIII, por lo atrasado del ámbito. Fabuloso y curioso.

En la tapa de Atlas de islas remotas puede leerse la siguiente cita: “cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré”. Fabuloso para mí que nací en un archipiélago poco recomendable. Fabuloso y curioso.

Ambos tomos, atractivos y compactos, como mi panza de 35 semanas, podré leerlos al mismo tiempo. Veré a Rousseau saltando sobre Fangataufa, en la Polinesia Francesa, y veré a Luis Napoleón pescando atunes en la Isla de las Antípodas. ¿En qué se diferencia?”

Wendy Guerra | El Proyecto Williamsom

Poeta y novelista cubana, ha colaborado en distintas revistas y periódicos, incluyendo El País, The New York Times, The Miami Herald y El Mundo. Es autora de las novelas Todos se van, 2006, ed. Brugera, Barcelona, 2006 y Domingo de Revolución. Anagrama, 2016, entre otras.

“Por mi trabajo actual en una novela sobre el caso Irán-Contra estoy leyendo este libro de John Grisham, El Proyecto Williamsom. Una mirada al mundo judicial norteamericano desde la voz de John Grisham, pero esta vez un documento de NO FICCIÓN sobre la injusta condena de pena de muerte a Ronald Keith Williamson.

La imperfección de los sistemas de justicia en todas partes del mundo y la trama de 12 años en la cárcel injustamente.Un autor cubano debe -por algún tiempo- salir del tema cubano para entender cómo va el mundo y dejar la neurosis insular por un rato.

Para mí el trabajo de investigación de un libro es tan importante como la escritura misma y que si un libro está mal investigado se derrumba la historia.

Muchos autores creen que no es importante investigar pero la verosimilitud de un personaje y su contexto es en sí la zona de confianza por la que se mueve el lector cuando se acerca a tu obra. ¡Mentirle es fatal!”

Orlando Luis Pardo Lazo | “Ruido” y “El Brujo”

Bloguer, escritor y fotógrafo. Cursa estudios de doctorado en la Universidad de Saint Louis, Missouri. Es autor de los libros Boring home (2009), Abandoned Havana (2014) y otros.

“Recién leí y recomiendo leer dos novelas del chileno Álvaro Bisama: Ruido y El brujo. Dos novelas que nos enseñan a narrar en tiempos de posdictadura, que es justo lo que necesitamos ahora los autores y los lectores cubanos: entender que hemos vivido en dictadura y que vamos a pagar las consecuencias, lo sepamos o no. Bisama sabe pensar. Maneja la memoria. No es realista, sino ilusionista. Se fija en detalles humanos o deshumanizados. Sabe que después del totalitarismo, con la llegada de la democracia, nunca viene la justicia social sino, simplemente, la tristeza. Y el amor se murió antes de ser el amor, ya siéndolo.

Esa tristeza sin consuelo, que en los años sesenta en Cuba ya estaba cristalizada en una novela como Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes (pero que después se extravió en un realismo socialista ralo y raído), también es justo lo que necesitamos ahora los lectores y los autores cubanos: entender que nos quedamos fuera del juego, que nuestro tiempo ya no está en el reloj sino en la retórica, que el futuro era ayer, que toda narrativa sobre Cuba siempre le fue más fiel al tirano que al poeta, y que nosotros mismos somos la consecuencia que pagará la próxima generación, sepámoslo o no”.

Luis Leonel León | La Habana para un infante difunto

Periodista, escritor, productor de radio, cine y televisión. Fundó la Colección Fugas, proyecto editorial dedicado a la escritura de la diáspora.

“La Habana es como un libro. Mi libro quizás. Nunca he podido despegarme de La Habana. Sé que jamás podré separarme de su embrujo, así la terminen de desbaratar, así la borren, pues La Habana que me acompaña no es el espejismo en que han convertido a mi ciudad esa mezcla letal de miseria, vulgaridad, miedos e hipocresía. Toda esa bazofia que me hizo escaparme, salvarme, no ser parte de la ruina. Mi Habana, más que una ciudad, es un artefacto mental, sentimental, no sentimentaloide. Y para nada me molesta esa relación de celador, de guardaespaldas que compartimos, La Habana y yo, ella conmigo y yo con ella. No se trata de nostalgia, ni mucho menos de melancolía por la arquitectura, destartalada en gran medida, ni por los recuerdos de los muchos años que allí viví, buscándola, buscándome entre sus mitos, avatares, escombros, misterios y finalmente sus fugas, de la que soy parte. Querer saberla, vivirla, es un interés sostenido, una especie de imán que me atrae a los significados simbólicos de eso que es más que ciudad y memoria. Más que pensarla o estar al tanto de lo que allí sucede por las noticias y los testimonios de amigos, siento que La Habana me llega más por sus libros, los que cuentan directamente parte de su historia y los que han podido atrapar sus sentimientos, que siempre será mucho más difícil. Más del oficio de escritor que de periodista o historiador. Y hay libros y autores habaneros a los que siempre, o al menos desde los años noventa, no he podido dejar de regresar. 

Este el caso de Guillermo Cabrera Infante y La Habana para un infante difunto. El autor y la novela que más cerca tengo. Y tal vez a los que más he recurrido con un placer infinito. Ni Salinger, ni Kundera, ni Eco, ni Borges, a los que he vuelto una y otra vez, sin proponérmelo, me han regalado tantos placeres literarios como ésta y otras novelas de Caín, el autor más cubano, más habanero específicamente, que conozco. Cada vez que alguien, cubano o no cubano, me pregunta qué es La Habana, por muchos tópicos que abordemos, siempre termino diciendo que La Habana son las novelas de Cabrera Infante. O al menos esa es La Habana que yo siento. La que me interesa. La que quiero. Aunque ya no sea un infante, y aunque en algunas cosas inevitablemente sea su difunto”. 

Armando Valdés-Zamora | El libro de la risa y el olvido

Escritor cubano. Doctor por la Universidad de la Sorbona y Profesor titular de la Universidad de París Este. La siesta de los dioses (Bokeh, 2017), es su último libro publicado.

“Estoy perdido en un andén de la estación de trenes de Praga con Antonio José Ponte, cuando me llega la pregunta de lo que estoy leyendo en este momento. Como es mi primera visita a la ciudad de los dos célebres K (Kafka y Kundera), he releído en aviones y hoteles la edición francesa de uno de los libros praguenses de Milán que más me gusta: El libro de la risa y el olvido. Creo que para un cubano que ha vivido mucho tiempo en la isla, leer a Kundera constituye una lección de belleza trágica, por la transparencia sagaz de sus retratos, y de las situaciones asfixiantes en una sociedad totalitaria.

Pero ando en viaje de trabajo académico. Voy a la universidad de la ciudad de Olomouc a leer la conferencia “Políticas literarias cubanas: memoria, olvido y ‘embaraje’”, y la preparación previa me ha hecho leer a uno de mis críticos literarios favoritos, el suizo Jean Starobinski y su libro La beauté du monde (Gallimard, 2016), que aún no tiene traducción española. Lejos de Cuba fui adquiriendo una manera distinta de leer la literatura y el arte gracias, entre otros, a Starobinski que reúne aquí decenas de ensayos sobre escritores, pintores y músicos clásicos a través de una interpretación de sus conciencias y de sus obras. Ése es uno de mis modestos sueños; en una Cuba futura poder transmitir a jóvenes cubanos lo mucho que he aprendido de mi exilio francés”.

 

Gleyvis Coro Montanet | Voces de Chernóbil

Nació en La Tirita —suburbio pinareño— en un año duro —confluencia del Quinquenio Gris con la primera crisis mundial del petróleo—. Publicó en Cuba los poemarios Aguardando al guardabosque (Ediciones Loynaz, Pinar del Río, 2006) y Jaulas (Letras Cubanas, La Habana, 2010), así como la novela La burbuja (Unión, La Habana, 2007). Odontóloga y profesora de la Universidad Europea, reside en Madrid desde 2009.

“Ya no leo libros sobre Cuba. Ya no busco a Cuba en mis lecturas cuando viajo, río o vivo fuera de las páginas lechosas de los libros y los dispositivos digitales. Casi nada me remite, en nada, a la vida que fue mi anterior vida allí, signada por las leyes y las costumbres que esas leyes generaron.

Sin embargo –ni siquiera aplica como curioso-, en estos últimos meses –soy una lectora de hábitos dromedarios que lee un mismo libro por meses o incluso años- un calcinante libro no cubano –que leí por causas obvias: es tremendo- me devuelve constantemente a la tierra del tabaco y la papaya. 

Se trata de Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, de Svetlana Aleixievich. Una escritora bielorrusa que hace periodismo literario. Tanto es así, y tan literario es su periodismo que si algo deshonesto tiene Voces… es que suda y exuda el estilo de Svetlana por cada lado. Pero… lo que comienza por ser un impedimento para el periodismo, termina por darle forma compacta al objeto literario, que es una crónica con un tiempo de pieza teatral. Porque Aleixievich se sirve de partes como de Actos, de Coros y Monólogos para llevar a escena el drama del fin del mundo de la pequeña Belarús enfrentada al más invisible de los enemigos mortales: los radionúclidos.

Humanos, hormigas, lobos, yerbas, ropa de cama, erizos de Chernóbil desfilan, hablan (sobre todo hablan), se enfadan, se desenfadan, cantan el himno monocorde de su desgracia: la de ser unos radiactivos, contaminados, quemados por la mierdaza nuclear, salvados únicamente por lo insoportable de su pena. Pena que brota completa, por fin, con este libro, sobre el peso indeleble de la verdad escamoteada que narra (a voces), después de varias capas de tierra y varios años de manipulación y mentira y tapaderas en el núcleo de su principal reactor, que no es otro que la incompetencia del sistema comunista.

Un libro que me retrotrae a la Cuba de igual signo porque describe, como nadie ni nada -bajo los efectos de una desgracia mayor de la que Dios nos salve-, la tara mutiladora de la desgracia primera: la descarada prevalencia de unos hombres sobre otros. Origen de todas las hecatombes”. 

Agradecemos a la veintena de autores que aceptaron participar en este proyecto de lecturas compartidas que incluye además “10 cubanos cuentan lo que leen?”. El orden de los comentarios a estas lecturas atiende a al fecha en que fueron enviados.
http://www.martinoticias.com/templates/ocb-Articles.rss?sectionPath=/noticias/cuba
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