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Desde 2006 Raúl Castro es presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista de Cuba, en funciones primero y nombrado después. Pero desde 1989, cuando le dio el golpe de Estado soterrado a Fidel Castro justificado con las Causas No. 1 y No. 2, de hecho fue copando con sus militares y acólitos todas las posiciones importantes en el Partido y el Gobierno.

A 12 años de asumir el control formal del país, entregará la presidencia a alguno de sus leales, presumiblemente el vicepresidente Miguel Díaz-Canel, nacido el 20 de abril de 1960.

Ahora se anuncia que José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés Menéndez y Guillermo García Frías, el trío de octogenarios que junto a Raúl son considerados lo que queda de la “dirección histórica”, acaban de ser condecorados como Héroes del Trabajo, lo que parece ser el preámbulo de su retiro de las posiciones más visibles del poder.

En realidad, lo que estaríamos presenciando es el reconocimiento de toda la camarilla castrista de su incapacidad para desarrollar el país y, como los “revolucionarios no renuncian ni se suicidan”, ellos van a entregar “democráticamente” el poder a los designados por ellos.

De esta manera, están orquestando disimuladamente su renuncia ante el fracaso, después de haber ordeñado la vaca hasta la última gota de leche, la cual entregarán a sus sucesores, flaca, enferma y moribunda.

No lo hacen como demócratas que terminan sus mandatos y entregan el poder a los nuevos elegidos, sino porque una vez reconocida y demostrada su incapacidad para sacar el país adelante, se convencieron de que era más elegante dar esa salida que renunciar o enfrentarse a una eventual sublevación en el seno del oficialismo o probablemente del mismo pueblo.

Ya detrás del poder, en la segunda fila, podrían creerse en condiciones de culpar a sus sustitutos del desastre ocasionado por casi 60 años de castrismo. Pero todo tendrían que hacerlo con mucho cuidado, pues ahí mismo se podría armar el “sal pa’fuera” que abriría las puertas finales al desmerengamiento del modelo neoestalinista impuesto por los Castro en Cuba, en nombre de un socialismo que nunca existió.

El general y los octogenarios entregarán un país en peores condiciones que cuando lo recibieron del occiso: con una mayor deuda externa. Con decrecimiento económico. Con una mayor inestabilidad en los suministros energéticos (por el desastre ocasionado por Nicolás Maduro en Venezuela), ya con apagones programados de nuevo, como en los tiempos del Período Especial. Con un mayor desprestigio de las instituciones dirigentes, por la incapacidad demostrada por todos para realizar unas mínimas reformas económicas y política necesarias. Y con un natural aumento de la resistencia popular, la oposición y la disidencia, junto a una agudización de las contradicciones en el seno de la alta burocracia mandante.

En realidad, Raúl Castro no cambió nada de lo esencial en el modelo político económico implantado por su hermano. Pero tuvo la oportunidad de hacerlo y de llevar a cabo verdaderas reformas.

Hubiera podido sacar ventajas del restablecimiento de relaciones con la Administración Obama, que mostró disposición a un intercambio abierto con Cuba. Llegó a tener un amplio consenso en el país para hacerlo, creó expectativas, pero el miedo a generar dinámicas “extrañas” al castrismo que pusieran en peligro su poder y lo dejaran como el Gorbachov cubano y traidor al hermano, solo le permitió desmontar algunas “medidas absurdas” del difunto caudillo y dar la imagen de “cambiarlo todo sin cambiar nada”.

El relevo que ahora se proponen, pudieron hacerlo en el VI Congreso del PCC, en 2011, pero el apego a las “mieles del poder” se los impidió. Imagínense a Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y Carlos Valenciaga saboreando el momento, en la soledad de sus almohadas.

Los que se queden con la “vaca moribunda” en las manos, Díaz-Canel, Marino Murillo y los demás, menos comprometidos con “la gesta del Moncada y la Sierra junto a Fidel” tendrán entonces la oportunidad de promover los cambios que Raúl ha ido aplazando y de comenzar un proceso real de apertura económica y eventualmente política, que empiece a encarrilar el país por otras vías.

Todo pudiera ser una componenda entre los octogenarios, que prefirieron retirarse fieles al castrismo, y los sucesores, “autorizados” a implementar las reformas aprobadas por los últimos congresos del PCC. Pero si no lo fuera y los primeros trataran luego de culpar a los entrantes del desastre ocasionado por el castrismo en estos casi 60 años, los nuevos mandantes tendrían la oportunidad de “virar la tortilla”, demostrar que fueron los “viejos” los verdaderos y únicos culpables, y sentirse libres para entonces emprender modificaciones.

En el horizonte cercano se dibuja ya lo que puede llegar a ser una “situación revolucionaria”: los de arriba no pueden seguir manteniendo el control. Los de abajo no soportan más. Crece la actividad política de amplios sectores sociales. Los cambios necesarios parecen inevitables.

Si por alguna razón no los hicieran los nuevos jerarcas y siguieran aferrados al ancien régime, entonces la solución -inevitable- podría adquirir otras connotaciones.

Pedro Campos

Diario de Cuba, 27 de febrero de 2018.
Foto: Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés. Tomada de Cubanet.
Leer también: Tres pandilleros de altura y Se va Raúl con sus viejos compinches.


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