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Nuestra actitud dejó bien claro a los sicarios de la dictadura que no nos podían arrebatar nuestros valores morales ni nuestras ideas de libertad. Esto marcaba una gran diferencia entre ellos y nosotros. Llegó un momento que nuestra moral aumentó tanto, que las descargas de sus armas de calibre pesado contra el casco del René Bedia Morales no nos infundían miedo y no influían en nuestra decisión de morir o vivir en libertad. Esto nos ayudó a cambiar el panorama. Nuestra gente, hombres, mujeres, niños y ancianos se parapetaron en la cubierta del arenero con cuanto objeto encontraron en su camino, para obstruir el abordaje de aquellos salvajes sicarios. Ahora eran ellos los temerosos pues sabían que no daríamos marcha atrás y que ante la opinión pública internacional, una masacre se convertiría en un testimonio contra un régimen sangriento.

Dentro de las embarcaciones fidelistas se percibían divisiones. Entre los jóvenes reclutas que estaban siendo empujados a masacrar a su propio pueblo, empezaban a germinar otros comportamientos. Las protestas entre ellos evidenciaban que estaban desmoralizados. Ya la moral de los jefes de los guardafrontras había empezado a resquebrajarse y se produjeron insubordinaciones, guardias que se negaban a cumplir alguna orden.

Con un lenguaje preciso, suscinto y claro, la dirección del grupo al resto del colectivo le comunicamos la decisión que habíamos tomado: de que lo que lo que nos habíamos propuesto, era verdadero e incuestionable. Todos estuvieron de acuerdo. Fue un afirmación unánime, una expresión rotunda y positiva que se formulaba desde lo más profundo de nuestro ser. Consolidábamos así lo que habíamos acordado cuando decidimos irnos al exilio. De que “para atrás ni para coger impulso”. En ese momento, las palabras e ideas que cruzaron por nuestras mentes fueron muy importantes y valiosas. Aunque en verdad, a excepción de nosotros mismos, ese presente incierto y angustioso era lo único que teníamos y por eso debíamos mantenernos firmes y tener bien claro el rumbo predestinado desde el principio, cuando nos pusimos todos de acuerdo para abandonar la infrahumana represión castrista. Las ideas que cruzaron por nuestras mentes apuntalaron la convicción de que todo ser humano debe librar una lucha interna para salir victorioso de ese amasijo de conflictos y emociones que componen la existencia humana.

Nuestro coloquio mental reafirmaba nuestra determinación de no querer vivir más en el terror, dejar de ser perseguido por el mero hecho de querer darle una mejor alimentación a nuestros hijos, por querer expresarte libremente y desear vivir de acuerdo con tu religión y tu criterio político, de trabajar para obtener beneficios personales. Eran algunos de los pensamientos que teníamos sobre una idea bien definida: vivir en libertad o morir. El viejo adoctrinamiento recibido desde nuestro nacimiento, lo habíamos borrado para siempre. Y los nuevos pensamientos que habíamos interiorizado, se habían apoderaba de todo nuestro ser. Ya para nosotros no habría más represión ni más miedo. “Seguiremos defendiendo este pedazo de territorio libre”, gritó una voz.

De nuevo miré hacia afuera, a través de la ventana. Era como en las películas de Hollywood, el humo y las luces de los guardacostas, con sus matices de sombra, formaban un escenario confuso donde dos grupos, uno, pretendiendo perpetuar la miseria humana, el caos, la represión y la longevidad de un sistema arcaico y decadente, y el otro, compuesto por personas de pueblo, sencillas y humildes, tratando de huir de la oscuridad que envolvía a su país, donde lo principal son sus gobernantes y su régimen totalitario, violadores sistemáticos de los derechos humanos de sus conciudadanos. Regresé a la realidad y vi que a través de las ventanas del moto arenero, estaba siendo iluminado tenuemente por las lanchas castristas. En ese momento me sentí como un actor en medio de un vibrante monólogo interno que se mantenía absorto en una escenografía onírica. También observé que las tropas élites del régimen se componían de unos 40 efectivos aproximadamente, y nuestro grupo de 64 personas indefensas, luchando y defendiendo la cubierta de nuestro barco, sin recursos ni armas, contra masacradores despiadados.

Todo esto me permitió, por un instante, aislar mis pensamientos y concentrar mi atención sobre determinados hechos que se generaban en la cubierta entre los guardias y nuestra gente y me di cuenta de la mucha adrenalina que había en nuestra gente, de donde emanaba una energía y una euforia tan grande que era totalmente contagiosa.

Estaban todos como en un trance, se movían en la cubierta del barco como los antiguos romanos, se combatía en grupos uno al lado del otro, cubriéndose entre sí, para no dejar espacio por donde pudieran saltar los sicarios. No importaba si era mujer, joven o viejo, cada uno se parapetó en la cubierta, sosteniendo en sus manos cuanto objeto había encontrado. Si trataban de brincar por estribor, los nuestros corrían a estribor. De esa forma le enviaron un mensaje rotundo a los guardias: si brincan, los vamos a llevar pa’ Miami. A estos valientes hombres en sus rostros se les veía la determinación de defender cada palmo de nuestro barco, sus ojos tenían esa mirada aguda típica de un animal acorralado que tiene que dar toda su bravura para defender su vida y la vida de su manada.

Juan Felipe
Fotocopia del relato publicado en 1994 en El Nuevo Herald. La niña es Yindrys Felipe Rodríguez, hija mayor de Juan Felipe y su esposa Dolores Rodríguez.


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