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Mientras veía a Andrés desangrándose, tuve extraños pensamientos, sobre hombres que de alguna manera tendían a replegarse, a encontrarse a sí mismos a consecuencia de sus propias necesidades, miserias personales y espirituales que durante años han ido acumulando. La revelación de la antipatía al régimen indicaba que cada cual era víctima de su propio encierro en un micromundo existencial y en un asfixiante clima en el cual ya no tenían espacio la demagogia de ideales revolucionarios como los del castrismo fidelista. El vínculo con esa ideología ya estaba roto. La doctrina del odio hacia los que pensaban diferente no dio resultado en estas 64 personas apolíticas que solo querían vivir en libertad.

El egoísmo y el odio son incompatibles con el amor al prójimo. El egoísmo y el odio acumulado en el corazón le arruina la vida a los llamados revolucionarios y también a quienes les rodean. Estos revolucionarios son fieles seguidores de la doctrina del fracaso y la miseria, distribuidores conscientes de envidia y animadversión hacia sus semejantes. Su principal rival es la cordura, la armonía y el amor. Porque sin dudas, el amor entre los seres humanos quiebra la maldad y logra triunfar, al ser el sentimiento más limpio y puro que avala lo que por naturaleza somos. Y ese sentimiento se había puesto de manifiesto al ver a uno de nosotros caer herido.

En ese momento, el barco giró hacia tierra, al quedar a la deriva por su timonel herido y se podían ver las luces de los edificios situados al este de la salida de la Bahía del Mariel. Fue el momento más aterrador para nosotros, constatar cómo año y medio de riesgos y tensiones, planeando toda la operación de salida, se podía ir a pique. Una gran desilusión se apoderó de todos, al ver que la embarcación regresaba a tierra. El tiroteo había despertado a los moradores, quienes al igual que en la antigua Roma, iban a presenciar nuestra ejecución. El barco estaba a punto de zozobrar. Se podían ver los arrecifes a lo largo del litoral.

Elio, el otro timonel, en una rápida acción, se arrojó al timón y con gran astucia, maniobró para poder sacar al perezoso navío de los bajos y peligrosos escollos. Fue muy arriesgado sacar la embarcación de donde iba a encallar, pero el fuerte viento y la popa a barlovento nos ayudó. Y el arenero, con movimiento lento y majestuoso, dió un giro de 180 grados y su proa apuntó de nuevo al norte. Elio permanecía aferrado al timón, sus manos se fundían con su empuñadura y sus pupilas abiertas en la oscuridad, como un lobo de mar, escudriñaban el océano que se abría de nuevo delante de nuestros ojos. Volvimos a respirar, aunque seguían las ráfagas de armas automáticas provenientes de las lanchas pequeñas que continuaban en acción. Cuando los guardacostas cubanos vieron la embarcación girar a tierra, dieron por hecho nuestra derrota. Creyeron que nos habían intimidado, que nos habíamos acobarbado. Pero más asombrados debieron quedar cuando Elio retomó el control y nuestra proa enfiló de nuevo rumbo al norte.

Para protegerse y no le pasara lo mismo que a Andrés, Elio decidió acostarse en el piso y con una mano maniobrar el timón del barco. Mientras, Mario, el patrón, subía al techo con una linterna y desde allí se las ingeniaba para ver lo que quedaba del compás de navegación, pues el resto del instrumento había sido despedazado por los disparos y poder gritar para el puente las órdenes de mando y el rumbo. Esa maniobra desvió la atención de los guardias de las lanchas que se mantenían cruzando y descargando sus AK-47 contra el frente del arenero. Algunos de ellos empezaron a dispararle a Mario como si fuera un tiro al blanco.

Fue entonces cuando se sintieron una serie de golpes estremecedores, como si le estuvieran dándole con una mandarria a las planchas del puente de mando. De las paredes interiores salían pedazos encendidos de la madera que formaba la insolación del puente de mando. Juan y yo nos encontrábamos protegidos, acostados en el piso, al lado del equipo de radiocomunicación. Tuve que taparme los oídos con las manos, por el sonido irresistible del impacto de calibre pesado contra las planchas de acero. El humo, el olor a madera quemada y metal caliente era lo que se respiraba. En un momento, Elio me dice: “Creo que me dieron, porque no me siento de la cintura para abajo”. La calibre 50 seguía peinando el puente y bajo una lluvia de esquirlas encendidas que caían, me arrastré hasta donde estaba Elio, extendido en el suelo y sujetando el timón con su mano izquierda. Al llegar, arrastrado, empecé a revisarlo en medio de la oscuridad, solo alumbrada por los reflectores de los guardacostas cubanos. Tenía una herida en los testículos. Al parecer, una bala de AK le dio de rebote en la zona de la próstata. “No siento nada, estoy entumido para abajo”, me dijo Elio. Pero allí permaneció, asegurando el gobierno de la nave. Entre tanto, el resto de la dirección del grupo seguíamos cumpliendo las tareas que en los distintos puestos nos habían sido asignadas. Volvíamos a trabajar según el plan, a pesar de dos heridos graves y de toda la metralla que estábamos recibiendo.

Las tropas élites del régimen continuaban acercándose demasiado a nuestra embarcación, al punto que casi podían brincar de una cubierta a la otra. Pero gracias a la destreza del único timonel que nos quedaba, herido, pero consciente y en condiciones de seguir maniobrando la embarcación bajo la dirección de Mario -desde el techo impartiendo las órdenes-, con nuestro barco embestíamos a las patrulleras castristas, logrando que se separaran y evitando el abordaje a cualquier precio. Bajo aquellas circunstancias, la dirección del grupo se reunió. Estábamos conscientes de que nuestras decisiones tenían que ser un ejemplo para las personas que habían confiado en nosotros y que desde la creación del grupo, unos meses atrás, permanecían unidas y firmes. Llegamos al unánime acuerdo de que el arenero no regresaría a Cuba, a no ser que a todos nos mataran. Se cantó el himno nacional. Por ‘banda de música’, tuvimos el sonido de las balas impactando sobre el casco de la embarcación.

Juan Felipe

Fotos en un mural del Hogar de Tránsito para Refugiados Cubanos, más conocido como La casa del balsero cubano, en Miami. Se ven algunas imágenes de la tragedia vivida por las 64 personas que el 4 de junio de 1994, por la Bahía del Mariel, lograron escapar de Cuba. Uno de ellos es Andrés, el timonel que recibió un disparo de AK-47 en el cuello, su operación duró siete horas en un hospital militar. Elio, el otro timonel, recibió un disparo en la zona de los genitales. Al que se ve en el centro de la foto en una camilla, con sueros y una mano vendada, le dispararon a quemarropa con una pistola, la bala se ve en la parte inferior. Al muchacho acostado con la pierna enyesada le dieron un tiro en una pierna. Las peores heridas no se ven: quedaron en sus mentes.
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