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Desde hoy y hasta el miércoles 21 de febrero, en este blog y en el de Tania Quintero, en ocho posts publicaremos la odisea vivida por 64 personas el viernes 4 de junio de 1994. El relato lo hace uno de los protagonistas, Juan Felipe Cuquerella, nacido el 9 de septiembre de 1959 en Regla, municipio situado al otro lado de la Bahía de La Habana.

Sobre su vida él mismo cuenta: “Llegué a este mundo, a nueve meses de haber cogido el poder por la fuerza el diabólico comandante de la desastrosa y mal llamada revolución cubana. Éramos una familia compuesta por tres hermanos y una hermana. Nuestros padres siempre vivieron para nosotros, su cariño y amor nunca nos faltó, a pesar de la miseria en que vivíamos, en una pequeña casa, con un solo cuarto, cocina y baño. Era de madera vieja y agrietada, con un piso con parte de cemento y losas muy gastadas. No sé cómo nuestra casa soportaba los escasos, viejos y remendados muebles que teníamos. Cuando llovía, me encantaba dormir con el sonido de las goteras que caían en las palanganas.

“A pesar de la pobreza, mis hermanos y yo éramos extremadamente felices, aunque muchas veces la vieja no pudiera comprar por la libreta el juguete básico que nos gustaba. La tía Nena, a la que queríamos mucho, recogía juguetes que la gente botaba y junto con los soldaditos de cartón que hacía mi hermano Mario, ya teníamos suficiente para sumergirnos en lo más profundo de nuestra inocencia. El viejo siempre estaba pendiente de nosotros, en las tardes nos leía libros de Julio Verne o de Emilio Salgari.

“Qué tiempos aquéllos, cuando el viejo participaba en nuestros juegos de guerra, él siempre era el general de las tropas buenas. Muchas veces se interrumpía el juego porque teníamos que escuchar, sentados frente a la radio. Éramos muy pequeños y todo nos sonaba de la misma manera. ¿Qué podíamos entender? Absolutamente nada. Una persona hablando de cosas que no comprendíamos. Así fuimos creciendo hasta que yo a cierta edad empecé a razonar. Ya los juegos no eran tan infantiles, se hablaba de táctica de guerra. El viejo, fanático de las contiendas bélicas, nos hablaba de la Segunda Guerra Mundial, nos enseñaba fotos, nos leía libros relacionados con las proezas soviéticas.

“Se hablaba de que el comandante (Fidel Castro) iba a arreglar la situación del país, que había que estar preparado para una invasión. No sabía exactamente de qué se estaba hablando, pero sí de que era un país cercano. La vida transcurría de la mano de la escasez y la hambruna. Un platanal que el viejo tenía en el patio dejó de existir, nos comimos hasta el ‘ñame’ (rizoma) de las matas de plátano. Yo iba a la escuela con un pantaloncito de saco que me hizo mi tía Nena, que me dejaban las nalgas llenas de salpullido. Pero ya teníamos una esperanza: el comandante arreglaría las cosas.

“El tiempo pasó volando. Y un buen día hablando con mi viejo, que más que padre e hijo, éramos amigos, descubrí que todo su afán era que sus cuatro hijos fueran militares, seguidores de los rebeldes, seguidores de los ideales del comandante que todo lo iba a arreglar en el país. Pero ya tenía una edad y podía discernir, tenía amigos y entendía las historias que otros me contaban. Ya podía interpretar lo que veía. La parte de mi cuerpo que más entendía era mi estómago vacío, que por las noches no me dejaba dormir. Por respeto, jamás repliqué a mi viejo sobre sus ideales. El día que decidí irme de Cuba, más nunca quiso hablarme. Lo tomó como una traición”.

* * * * * * * *

En 1994 emigré a Estados Unidos con mi esposa Dolores Rodríguez Ferrer y mis dos hijas, Yindrys y Yamilé. La radio tomó ese día el rol más importante de mi vida, ya no era un simple entretenimiento. 64 personas incluyéndome yo, dependíamos de ese pequeño artefacto concebido con desperdicios de aparatos electrónicos. Una vez más se demostraba la teoría de que la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma. El juguete del niño grande se convertía en la única esperanza del grupo donde me encontraba, a bordo del barco arenero René Bedia Morales. La decisión se había tomado muy en serio, de forma unánime. No había marcha atrás: el arenero se iría a Estados Unidos o todos moriríamos.

La tragedia empezó cuando a la 01:20 de la madrugada del 4 de junio de 1994, las ondas electromagnéticas transmitidas por mi pequeño radio atravesaron el espacio radio eléctrico llevando consigo la llamada Mayday, señal de socorro que se transmite únicamente en situaciones de inminente peligro. Y ése era el caso de la tripulación que llevaba el arenero en el momento que fuimos blanco de la maldad, el odio y el egoísmo de una dictadura.

La oscuridad de una noche lluviosa sirvió de camuflaje y permitió movernos en la maleza que cubría el sector donde se encontraba la cerca peerless de la Agrupación Arenera del Mariel, perteneciente a Obras Marítimas, empresa propiedad del régimen cubano. A través de una abertura, 64 personas entre las cuales se encontraban mujeres, niños y ancianos, organizadamente, entrábamos a un inmenso terreno donde nos escondimos entre unos arbustos que parecían que estaban esperando nuestra llegada. Una vez allí, en medio de la hierba y las ramas, alcé la vista y a pesar de la penumbra monocromática que todo lo envolvía, escudriñé el panorama. A lo lejos se veín los barcos areneros amarrados al muelle, entre ellos el René Bedia Morales, amarrado a una segunda embarcación que permanecía meciéndose y embistiendo suavemente el muelle al que estaba atado. Sus bombillas estaban apagadas y una luz tenue proveniente de dos faroles, aclaraban un poco aquella parte del inmenso y oscuro patio lleno de montañas de arena.

Un pequeño grupo de siete jóvenes tuvieron la iniciativa de tomar el barco por sorpresa, pacíficamente. Cinco minutos más tarde, una bombilla parpadeó a lo lejos: era la señal de que el barco era nuestro. El resto del grupo se dirigió a la embarcación de forma disciplinada, teniendo en cuenta que en aquel lugar se encontraban custodios de la empresa y podían descubrir la operación. Pero los jóvenes habían tomado de antemano posiciones que les permitían vigilar a los custodios y poder ponernos sobreaviso. Todo hasta ese momento era como se había planeado. Los timoneles serían Andrés y Elio, al frente del cuarto de máquinas estaría Luis con el primer mecánico Murara y dos hombres más. Cuatro hombres en total para levantar las planchas del piso y ponerlas recostadas a las máquinas principales y protegerlas por si disparaban. Si los proyectiles atravesaban las planchas del casco, llegarían casi sin velocidad y temperatura, chocando contra las planchas que estaban recostadas a los motores, quedando las máquinas protegidas contra cualquier agresión que pudieran efectuar los guardafronteras en sus intentos por detener la embarcación.

Otra de las tareas era proteger el servomotor de las palas del timón, que es donde se ejerce el gobierno de una embarcación. Se rodeó con sacos de arena, por si el enemigo intentaba detener la embarcación rompiéndole ese mecanismo. En el puente estaría la estación de radiocomunicaciones, compuesta por un radio transmisor de 1, 5, 20 watts de potencia, de construcción casera, banda de 40 metros, con un sintonizador de antena incorporado y un amplificador de 600 watts, también artesanal. Si los comunistas nos ponían interferencia desde tierra, usaríamos el amplificador para forzar la comunicación. Operadores de dicha estación seríamos dos, CM2-PJ y CO2-JU, los dos nombrados Juan.

A pesar de que el grupo tenía su propia dirección, compuesta por algunos de nosotros, la idea era tener en cada puesto dos o más personas. No sabíamos qué iba a pasar y si uno caía, el otro seguiría con el plan. Juan y yo, de forma rápida y tratando de no equivocarnos, instalamos la estación de radio, sabiendo que el equipo había sido hecho pensando en los inconvenientes inesperados que se pudieran presentar. Conectar los cables de doce voltios con la escasa luz con que contábamos se nos hacía difícil, debido a que en esa parte del puente no había conexión eléctrica para ese voltaje. Desde otro sitio, tuvimos que colocar una extensión para poder alimentar el radiotransmisor. En ese momento me acordé de algunas herramientas que había traído y a paso rápido fui hasta los camarotes donde estaba el resto de la tripulación. De la mochila cogí una pinza y un destornillador, que no servirían de mucho si teníamos que resolver una rotura de los equipos, pero sí en una emergencia. Eso es mejor que nada, pensé. También cogí un pequeño rollo de tape eléctrico y aunque creo que tampoco era necesario, tomé un paquetico hecho con papel de cartucho que contenía algunas aspirinas, por si se necesitaban.

En ese momento, la embarcación estaba bajo el mando del patrón Mario. El resto del grupo era dirigido por Portuondo, marinero del arenero Bedia Morales, quien ya le había dado la orden al resto del grupo de permanecer en los camarotes debajo de la cubierta, que estaban con las luces apagadas. Cuando bajé al camarote, me di cuenta que el temor y la angustia se reflejaba en los semblantes de cada uno de los presentes, el terror se había apoderado de ellos. Contagiaba el mal presagio que allí se respiraba. La expresión de horror auguraba los malos momentos que se avecinaban, por la presencia del enemigo a quien nos íbamos a enfrentar. El reflejo de las velas encendidas dejaba en cada rostro el semblante gris de la muerte. Con lágrimas en los ojos, muchos se aferraban a sus símbolos religiosos. Oraciones y pedidos de clemencia al dios supremo se escuchaban en voz baja. Niños, madres, abuelos, no paraban de pedir que fuéramos salvados, mientras otros le pedían protección a los dioses de nuestros ancestros africanos, a los orishas que viajaron desde el África cientos de años atrás en aquellos barcos negreros. Yemayá, patrona de mi natal pueblo de Regla, fue invocada, al ser ella protectora del hogar y la familia, de los barcos y los pescadores. La madre de las aguas, la reina del mar, fue llamada para que nos protegiera durante la travesía.

Lo esotérico, el sincretismo y el folclor estuvo presente en todo momento. Estatuillas católicas eran alumbradas con velas mientras el humo de tabaco y el aguardiente rociaban a los guerreros, con Eleguá al frente, para que nos abriera el camino a la libertad. Todos confiaban en lo divino. El pueblo cubano es por excelencia, un pueblo muy religioso. Y todo el cielo tenía su espacio en aquel pequeño camarote. Una de las niñas que estaba con su hermana y su mamá, de pelo rubio y unos seis años, abrazó a su muñeca y le dijo que no tuviera miedo, que todo iba a salir bien. Me di cuenta de que esa muñeca jugaba un papel importante en su inocente vida, y su imaginación le permitía transportarse a realidades completamente desconocidas para una niña de esa edad. Ella y el resto de niños que hospedaba el Bedia Morales eran nuestra primera prioridad. Con sus miradas inocentes y sus frases llenas de amor, ternura e ingenuidad, con su imaginación, como si ellos a través de un hipotético lente onírico observaran las cosas torcidas de la vida, me dejaron sin aliento. En particular las palabras “no tengas miedo, todo va a salir bien”. Palabras que no solo reflejaban la inocencia de una niña de apenas 6 años, si no también lo real maravilloso, la candidez y la manera pura y limpia de cómo un niño era capaz percibir la realidad del mundo que le rodea.

Pero el miedo y el terror seguían envolviendo el aire que se respiraba, mezcla de humo, sudor y otros olores. Una pareja de ancianos lloraba mientras permanecían abrazados. Habían estado juntos una vida entera, compartiendo felicidades y tristezas, y ahora todo podía acabar en unos minutos. ¿Qué es la vida?, me pregunté. Una existencia que de pronto puede terminar sin tener en cuenta el sacrificio que se ha hecho hasta este instante. Los ancianos lloraban con un sentimiento innato, sin percibir la presencia de las personas que lo rodeaban. La escena parecía más bien una despedida. O quizás estaban anticipando una tragedia y el barco arenero era el sarcófago donde iban a ser sepultados en aguas frías y oscuras. Viéndolos pensaba: ¿por qué tendrían miedo de morir? ¿Se sentían confundidos o arrepentidos al elegir cómo podría terminar sus vidas? Solo tenían dos opciones, morir en vano o pelearle a la muerte. ¿Por qué no hacían una revisión completa de sus acciones en la vida?

Han estado luchando desde que vinieron al mundo, han luchado para sobrevivir a las innumerables presiones que la sociedad les ha impuesto a lo largo de sus existencias, en particular en los últimos tiempos, en un país donde todo ha estado relacionado con la supervivencia, escasez de alimentos, falta de derechos y justicia. Y ahora estaban quebrantados, afligidos ante una posible derrota, que visto de otra forma siempre sería una victoria, aunque fuese un intento fallido. Desde que ideamos el plan de fuga, nos abanderó el opitimismo, porque los optimistas hacen que las cosas pasen. Pero ¿ese sentimiento trémulo y desconcertante de estos ancianos venía de su ignorancia? ¿O era solo el reflejo del desconocimiento de una libertad que les fue programado a través del maquiavélico sistema castrista? El hombre libre muere luchando por sus libertades pues cree en sus convicciones. No salimos de la vida a través de la muerte ni tampoco con la muerte entramos en la inmortalidad. Vivimos cada minuto dejando nuestra huella en la eternidad por lo que hemos hecho. Nuestros actos nos convierten en hacedores de lo que comienza y termina en nuestra existencia. Y por ello tenemos que fijarnos bien cuando decidimos pasar por ese hilo tan fino de elegir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre lo digno y lo indigno, para poder mirar al frente sin temor.

El desespero y la angustia de este matrimonio de ancianos no fue indiferente al grupo. Las personas se les fueron uniendo en su dolor, con los rostros llenos de ternura. Cálidos abrazos les fueron trasmitiendo el espíritu de fe y esperanza que ellos habían perdido. Se compartieron consuelos entre todos y ánimo fue la palabra más repetida. Poco a poco, los dos ancianos se fueron reanimando. Tomándoles las manos, todos los presentes decidieron orar para que las cosas salieran bien.

A paso apresurado, de nuevo me dirigí al puente, a seguir preparando la estación de radio. Miré de reojo a mi tocayo Juan, que seguía tranquilo y ocupado en los preparativos. No parecía que hubiera necesitado nada del camarote y no quise interrumpirlo con preguntas acerca de lo que estaba haciendo. Asumí que si hubiera necesitado algo me lo hubiera dicho. El barco permanecía oscuro y ése era nuestro mejor camuflaje. Cada uno de los integrantes de la dirección del grupo empezó su misión, trabajando en sus respectivos quehaceres, individuales o colectivos. Mientras se faenaba en el cuarto de máquinas, Mario, Elio y Andrés soltaban las amarras del barco, que estaba atado a otro arenero en el muelle, el Pedro Véliz Hernández que tenía personal durmiendo en los camarotes. Gracias a la fina lluvia y el viento, cualquier ruido pequeño no se notaba en una embarcación, menos en una noche tormentosa como aquélla.

Juan Felipe

Foto: Cada 7 de septiembre, la imagen de la Virgen de Regla, Yemayá en la religión yoruba, que se conserva en la Iglesia de Nuestra Señora de Regla, situada al otro lado de la bahía habanera, es sacada en procesión. Tomada de Noticias 24.


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