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Miércoles, febrero 7, 2018 | 

 

LA HABANA, Cuba.- Lamberto Hernández Planas continúa preso. Hace más de veinticinco años que vive tras las rejas y desde allí continúa su empeño en conseguir la libertad de todos en la isla. Una de las formas que encontró para desafiar a la dictadura es la huelga de hambre, que ya son muchas en esos veinticinco años de encierro y que son un peligro para su sanidad.

Lamberto Hernández Planas (Archivo)

Esa es la manera que ha encontrado para desafiar a quienes lo mantienen encerrado. Ahora mismo recuerdo la última de sus huelgas de hambre, esa que le provocó enormes sangramientos rectales. El mismo me daba los detalles en las conversaciones telefónicas que mantuvimos. Para presionarlo lo trasladaron de la prisión de Guamajal, en las afueras de la ciudad de Santa Clara, a la prisión de Manacas, lugar en el que ahora está, y desde el que comprueba cómo se va deteriorando su salud. Lamberto continúa padeciendo los mismos sangramientos, y las autoridades del penal le niegan la asistencia médica que precisa.

Los padres de Lamberto, ya muy ancianos, no pueden visitarlo en la prisión. La última visita que pudo recibir fue la mía, hace ya un año, y luego le comunicaron que no me permitirían volver porque yo no tenía ninguna relación familiar con él; desde entonces no recibe visitas. Sin dudas no quieren que se encuentre con quienes luego puedan denunciar las vejaciones que allí recibe este valiente. Sin visitas nadie podrá recoger sus testimonios, nadie podrá denunciar los horrores que se cometen en ese sitio con los condenados.

De esa manera lo castigan, de esa forma lo acercan a una muerte lenta y despiadada. Su vida corre grandes peligros, y si ocurriera lo peor, entonces un médico escribirá, gustoso, en un papel blanco, que la causa del deceso fue la más natural de todas las posibles.

Lo cierto es que desde que comenzó su condena, Lamberto se ha pronunciado con más fuerza denunciando los horrores que se cometen en las cárceles y con los presos políticos. Él no ha dejado de enfrentarlos ni un minuto en estos años que lleva encerrado. Hace unos días consiguió que yo me enterara de que las autoridades del penal lo tenían encerrado en una celda de castigo, y aislado del resto de esos reclusos a quienes, como suponen las autoridades de la prisión, él podría influir políticamente. Ayer Lamberto consiguió llamarme, y me espantó el tono de su voz, cada vez más apagada, más frágil, y temblorosa. “No tendré otra opción que plantarme otra vez para exigir atención médica”, así me dijo, y se cortó la comunicación.

Hoy recibí la llamada de otro recluso que me contó que Lamberto está muy débil. Sin dudas, a sus carceleros, a esos esbirros, les están saliendo bien las cosas, y es posible que consigan aniquilar, progresivamente, a Lamberto. Tengo la certeza, porque bien los conozco, de que si lo peor sucede ellos se mostrarán felices. Nosotros, los que no estamos tras las rejas, debíamos levantar la voz, gritar muy alto contra esa dictadura, exigir por la vida de ese cubano valiente que corre tanto peligro. Ojalá a sus carceleros no le salgan bien las cosas, pero ellos son empecinados, son malévolos. Ellos son porfiados asesinos, y harán todo lo que puedan para conseguir lo que quieren, que es la aniquilación de este buen hombre. Lamberto corre un gran peligro, y ojalá no nos llegue, a través de una llamada telefónica, la noticia de su muerte. Cuba es también de, y para, esos presos valientes, y levantando la voz, denunciando, podemos ayudar a Lamberto, conseguir para él la libertad que se merece, y ojalá que sus días transcurran, alguna vez, en una Cuba libre.

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ACERCA DEL AUTOR

 Ángel Santiesteban Ángel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.

 

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