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Reinaldo Arenas no era un bicho raro, ni un monstruo descomunal que aterrizó en un paracaídas rosado, en el verano de 1943, en Aguas Claras, en el oriente de Cuba y se envenenó después, enfermo y solo, en una Nueva York helada y ajena, bajo las nieves de diciembre de 1990. No. Él era nada más que un muchacho talentoso, hijo de una familia de campesinos muy pobres, un tipo irreverente y sin miedo que amaba la libertad, la literatura y los hombres.

Arenas fue un escritor extraordinario, un inventor de sueños desbordado de imaginación y un testigo sincero de la realidad de su país, que escribía en un idioma español que dominaba, a su manera, y que aprendió, en los años 60, mientras trabajaba como limpiador de pisos y escribidor clandestino de cuentos con faltas de ortografía en la Biblioteca Nacional en La Habana.

Entre esos relatos que pergeñaba detrás de sus escobas comenzó a surgir una novela. Le puso Celestino antes del alba, en 1967 la envió a un concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y se ganó el primer premio. Poco después la publicaron. El autor no sabía que ese sería el único libro que publicaría en el país donde nació porque tampoco sabía que su obra se convertiría en el tiro al blanco de la censura oficial a lo largo del siglo XX. Ahora se cumple medio siglo de aquella publicación.

Todavía con sus escobillones y los cubos de agua con detergente a cuestas, Arenas escribió El mundo alucinante. El libro recibió otra mención en el concurso de la asociación de escritores, pero esta vez no tuvo premio.

El éxito de Celestino antes del alba entre los lectores y la crítica en Cuba hizo que su figura pasara de repente a los primeros planos del mundo cultural y a su ubicación definitiva como enemigo del régimen porque la novela se publicó sin autorización oficial en Francia y por otros dos graves asuntos pecaminosos: su amistad incondicional con escritores que no apoyaban al régimen como José Lezama Lima y Virgilio Piñera y las preferencias sexuales que Arenas defendía y ostentaba en público bajo un sistema machista.

La obra de Arenas desapareció de las imprentas en Cuba. El escritor no existía para el gobierno. El que existía era el ser humano, el guajiro rebelde que hacía una intensa vida en el perseguido universo de la homosexualidad criolla. Por ese motivo fue arrestado muchas veces y cumplió una condena de dos años en la fortaleza de El Morro, en la capital cubana, y tuvo que trabajar por unos meses en la construcción de viviendas para los técnicos soviéticos que empezaban a llegar a Cuba.

Arenas salió de la Isla, por fin, en 1980, por el puerto de El Mariel, con una identidad falsa. Esta vez su homosexualismo le sirvió de pasaporte porque el régimen permitió la salida directa en barcos a Norteamérica a los grupos humanos que consideraba parte de la escoria de la sociedad. El escritor estuvo un tiempo en Miami y luego se mudó a Nueva York. En Estados Unidos vivió los últimos diez años de su existencia.

Los críticos y la academia han inscrito su literatura en la parentela cercana del neobarroquismo. Lo cierto es que una de las características fundamentales de su manera de escribir es que Arenas parte de episodios de la vida real y los transforma con su fantasía, los convierte en sucesos, diferentes, en un nuevo retrato de la realidad.

El escritor cubano Jacobo Machover ha señalado la importancia de esa estancia de Arenas fuera de Cuba porque la mayor parte de su obra fue escrita en condiciones difíciles de acosos y urgencias y porque muchos de sus textos fueron confiscados o destruidos por la policía. Por ello, dice, los volvió a reescribir en el exilio muchas veces “confiriéndoles de paso otra voz, otras palabras o imprecaciones más libres pero con menos matices”.

En su afán de ofrecer su visión personal del proceso político que se desarrollaba en su país, Arenas escribió, además de Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El asalto y El color del verano.


En 1987 escribió Antes que anochezca, su autobiografía, llevada al cine por Julian Schnabel. El español Javier Bardem hizo una interpretación de Arenas por la que lo nominaron al premio Oscar al mejor actor. Arenas publicó once novelas, cuatro libros de cuento, tres cuadernos de poemas y escribió también ensayos y una obra de teatro.

Me hubiera gustado terminar esta nota con unos versos suyos, pero creo que se sentiría mejor si comparto con los lectores las líneas finales de su última carta, firmada en Nueva York, en diciembre de 1990, en la que destaca que de su decisión de suicidarse hay un solo responsable: Fidel Castro.

La misiva termina así: “Al pueblo cubano tanto en el exilio como en la Isla, le exhorto a que siga luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy”.

Raúl Rivero
El Mundo, 2 de diciembre de 2017.

Foto de Reinaldo Arenas tomada de La Tercera de Chile.


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