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Muchos cubanos pueden comparar cada día cómo viven sus iguales en países con libre mercado
Jueves, septiembre 7, 2017 |  

Un cliente se asoma a una nevera en un “Ten Cent”, tienda estatal (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- Muchos se preguntan por qué el régimen quiere acabar en estos momentos con los trabajadores por cuenta propia; otros tienen su oportuna respuesta. Yo pertenezco al segundo grupo y pienso que el sistema socialista no aguanta un contraste con el capitalismo. Contraponer uno a otro le da la victoria rotunda a la libre empresa y ya en Cuba —en estos momentos— se puede apreciar cómo vive quien depende del socialismo y el nivel social que ocupan los que han optado por la forma de trabajo por medios propios.

Solo habría que mirar hacia el interior de un hotel cinco estrellas para turismo internacional. Los que allí laboran no se sienten como si estuvieran dentro de la isla mientras cumplen su jornada de trabajo; después cuando terminan y van a la casa, despiertan a la realidad. Y el régimen no puede dejar de permitir que cada uno se pregunte: ¿por qué yo no puedo visitar como turista cualquier país del mundo? Sin dudas los contactos que tienen con los extranjeros, ver como visten, como comen e incluso el dinero que tienen, los acerca a añorar el capitalismo.

Hay una gran desigualdad de estratos sociales que marca también —en el interior del país— la diferencia entre el capitalismo y el socialismo. Los que reciben dinero del exterior, los que trabajan con firmas extranjeras, los cuentapropistas, los familiares de la alta jerarquía, viven en un entorno muy distinto de los trabajadores estatales, cuya única fuente de ingreso es el mísero salario que les paga el Gobierno.

El primer grupo tiene “moneda dura” para poder ir a tiendas, restaurantes, cabarets, piscinas, hoteles, etc., incluso hasta para comprar autos y tener sus viviendas confortables, arregladas y con aire acondicionado.

Cuenta a su favor que no necesitan del transporte público para moverse, no tienen que esperar que llegue el picadillo de soya a la bodega para poder comer, las medicinas las compran en las farmacias por divisa y el dinero les alcanza para ir “tocando” por ahí a todo el que se les interponga con las restricciones estatales. Tampoco tienen que lidiar con la negligencia y la chapucería a la que está sometido el resto del pueblo.

Al segundo grupo nunca la moneda se le pone dura, porque reciben el pago de su salario en pesos cubanos, que no pueden convertir por ser la tasa muy alta, y tienen que conformarse con cambiar —los que pueden— tres o cuatro pesitos para comprar cosas tan básicas como el aceite o un paquete de perros calientes, o picadillo de pavo, que es lo que esta clase social puede comer de lo que se vende en las tiendas conocidas por “shoppings”, porque un kilogramo de carne de res, de la más barata, vale 14,60 CUC cuando lo sacan a la venta. Nada menos que 365 pesos moneda nacional, más de la mitad del salario promedio que de forma oficial dicen que hay en el país.

Los que trabajan para el Estado se tienen que conformar con los servicios ineficaces e insalubres que brinda el oficialismo, que a su vez resultan caros para el bolsillo del cubano promedio. Además, tiene que comprar los productos del agro en el sector privado, porque lo que se vende en los agromercados estatales es tan poco que no resulta una fuente idónea de abastecimientos, a lo que hay que añadir que no tiene una calidad comparable con lo que ofertan los cuentapropistas.

Sin embargo, al régimen le conviene este segundo grupo, porque siempre van a estar preocupados por resolver, y no les alcanzará el tiempo para pensar en política aunque sí tendrán que responder a todas las convocatorias que hace la dictadura a marchas, reuniones, e incluso a las próximas “elecciones” del Poder Popular.

Por su parte, los medios de información anuncian posibilidades de diversiones, ventas de libros, artículos de artesanía, etc., a las que no tienen alcance la mayoría de los trabajadores. En general los que no pueden incorporarse al sector privado, que en estos momentos se afanan por extinguir, basan sus sueños de futuro en irse del país.

La vida para los que tienen que estar amarrados por el cordón umbilical al Estado es bien difícil, tiene matices oscuros que muchas veces llegan a negro; pero a la gerontocracia esto no le interesa, como nunca le interesó a la “piedra” (léase Fidel Castro) cumplir con el programa del Moncada. Es por eso que no se puede adquirir en ningún lugar un ejemplar de La Historia me Absolverá.

Ya se han dado los primeros pasos para comenzar a reducir el sector privado. Se congeló la entrega de nuevos permisos en la mayoría de las especialidades de los trabajadores por cuenta propia y ha habido una gran ofensiva en contra de algunas de las libertades económicas que se habían logrado, entre ellas las cooperativas no agropecuarias; que resultan anticonstitucionales y, por estar determinadas en los Lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, estos también tienen la misma condición. Es por eso que, al referirse a este tipo de gestión laboral, hacen referencia a que es experimental.

Se tienen rumores callejeros sobre las nuevas cooperativas de autos estatales que harán el trabajo de los boteros, para los cuales se han reemplazado los antiguos Ladas (negros y amarillos) por carros más modernos, chinos, que cubrirán determinadas rutas; pero los choferes han dejado claro que esto no resolverá el problema del transporte urbano en la capital; así como que, en un breve tiempo, los autos se romperán, porque serán compartidos por dos taxistas durante 20 horas en el día.

Sin embargo, ninguna de estas opciones representa la solución para el problema económico del país, pero el régimen está acostumbrado a poner “curitas” en el momento que las necesita y después se verá lo que pasa. Por ahora lo más importante es quitar de enfrente de la vista de la sociedad, lo que es el progreso de la gestión personal en la economía, porque ello pone en peligro la política. Lo demás no importa.

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