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En un restaurante en La Habana, a unas cuadras del malecón habanero, en el Vedado, sólo se habla de una cosa: Donald Trump y su discurso en el teatro Manuel Artime de Miami.

El sitio “está más lleno de lo común”, dice el cantinero Raúl Velazco mientras prepara dos daiquirís frapé para una pareja de estadounidenses que se han sentado en la barra y miran compasivamente un televisor LSD de 55 pulgadas colgado en altos.

En el bar del restaurante hay más personas que en las mesas de los salones. La gente ha empezado a apiñarse de a poco y todos miran el reporte y los cintillos informativos de una cadena estadounidense.

Algunas mesas han quedado desoladas. Los platos están a medio comer. Los comensales se han levantado y, copa en mano, se han ubicado en el bar para presenciar el discurso del presidente de los Estados Unidos que pondrá sobre la mesa la nueva política hacia Cuba.

“Ese hombre tiene todo el poder ahora y de él depende que rumbo tomará la cosa”, dice Rubén Echeverri, un abogado de 52 años que trabaja en una consultoría jurídica internacional. “Vine por la buena comida y porque sabía que aquí iban a poner el discurso”, dice Echeverri.

“Toda esta semana la gente ha venido a preguntar si íbamos a poner el discurso”, confiesa Marilyn Suárez, una de las jefas de turno. El lugar tiene cable satelital con poco más de una decena de canales extranjeros, un servicio que, amén de la comida, les da un plus en Cuba.

“Hay una gran expectativa con lo que pueda decir Trump, hay miedo de que todo vaya para atrás y que lo poco que habíamos avanzado y logrado, se escache”, dice parada al final del bar Elizabeth Fernández, diseñadora gráfica de 39 años.

Elizabeth está junto a su novia y otra amiga. Ellas son de las que han abandonado su mesa en uno de los salones del restaurante para ir al bar a escuchar a Trump. Las tres tienen una botella de cerveza Cristal que les suda en las manos. Va a comenzar el acto en el Artime de Miami, Elizabeth recuesta su cabeza al hombro de su novia, me mira y levanta al unísono las cejas y pómulos. Va a empezar a hablar Trump, debe haber sido un gesto de nerviosismo que no pudo disimular.

Cuando Trump termina, estalla el murmullo. Creo estar en el estadio de béisbol Latinoamericano. Delante, en plena barra, la pareja de estadounidenses brindan con dos cubanos que se encuentran a su costado derecho. A la izquierda de ellos, una mujer y un hombre se abrazan. A mi lado, Elizabeth y su novia se besan y la amiga las apachurra por detrás.

La gente está contenta. Los nervios se han ido. Trump no ha sido todo lo severo que los cubanos esperaban.

Que la nueva política de Washington hacia La Habana se centre básicamente en restringir los negocios con el mayor conglomerado de empresas militares en la isla y controlar aún más a los estadounidenses que lleguen de visita y que se mantengan las relaciones bilaterales entre las dos naciones con sus respectivas embajadas, hace que los cubanos vuelvan a suspirar de alivio.

“Por suerte no tocó ni los viajes ni las remesas”, dice Yunier, uno de los camareros del bar mientras conversa con la pareja de estadounidense. Ellos, Tiffany y Gregor, están por primera vez en Cuba.

“Es una isla hermosa y cercana para nosotros, por eso no podemos volver a los tiempos de antes, tenemos que ayudarnos y no enemistarnos”, dice Tiffany en un inglés lento.

“Lo que Trump quiere es ayudar a los cubanos pero que el gobierno cubano empiece a ayudarlos a ustedes también”, dice Gregor, con otro daiquirí en mano.

Las palabras del presidente de los Estados Unidos estuvieron dirigidas a presionar al gobierno de Raúl Castro para que permita el desarrollo del creciente sector privado, reduciendo drásticamente el flujo de dinero que le llega al gobierno cubano por vía de los estadounidenses.

Este nuevo enfoque de los Estados Unidos hacia Cuba está amparado en las violaciones de los derechos humanos que se cometen en la isla. Al restringirse ahora los negocios con las compañías controladas por Gaesa, el conglomerado de las Fuerzas Armadas que maneja el 60 % de la economía cubana, se producirá un veto considerable al comercio entre las dos naciones. Según Engage Cuba, esto le costaría a la economía de Estados Unidos 6.600 millones de dólares y 10 mil empleos en el sector del transporte.

A unas cuadras del restaurante, en el lobby del hotel Meliá Cohíba, la agencia de viajes turísticos Cubatur tiene un buró de reservación donde la mayoría de las ofertas pertenecen al grupo empresarial Gaesa de las Fuerzas Armadas.

Alicia Llanes viste con el uniforme de la empresa y está sentada en solitario en su mesa. Sobre la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba dice: “La gente piensa que no, pero lo que ha dicho Trump va a repercutir en Cuba porque él sigue metiéndose con el gobierno en vez de ayudar al pueblo”.

Por todo el lobby del hotel Meliá Cohíba hay turistas caminando, el ajetreo es incesante. Alicia añade: “Ahora, ya los norteamericanos no podrán venir aquí a reservar nada. Con la nueva política perdemos nosotros y pierden ellos. Nosotros porque ya no podremos venderles nuestro turismo y ellos porque no podrán disfrutar lo nuestro”.

Al cierre del pasado mes de mayo, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, 284,565 estadounidenses habían visitado la isla. Una cifra que casi iguala la cantidad de visitantes norteños durante todo el 2016.

A la salida del hotel Cohíba hay un lote de taxis. Se ven autos modernos y autos clásicos norteamericanos, entre ellos un Ford de 1953 y un Chevrolet de 1956. Mientras esperan algún turista que los rente, justo delante de la puerta del Ford, conversan los dos taxistas de los autos antiguos.

Un taxista dice: “Cuando no es uno, es el otro, antes era Fidel y ahora es Trump, lo de Cuba y Estados Unidos es para nunca acabar”. El otro taxista contesta: “Son un matrimonio mal llevado”.

Abraham Jiménez

El Estornudo, 16 de junio de 2017.
Foto: Tomada del artículo Donald Trump Still Won’t Tell the Truth About Cuba, de Kurt Eichenwald, publicado en Newsweek el 30 de septiembre de 2016.
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