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A Julio Antonio Mella le habría importado un pito que quitaran su estatua del edificio que hasta hace poco se llamó Manzana de Gómez, y ahora se llama, ridículamente, Manzana Kempinski, o que la dejaran allí para siempre, viendo el tiempo de Cuba pasar. En su corta, agitadísima vida, Mella no dedicó mucho tiempo a pensar en estatuas, ni siquiera en las que tal vez le dedicarían a él mismo en el futuro. Mella fue su propia estatua, tan hermosa y conmovedora que todas las réplicas que luego se harían de aquel formidable original inevitablemente salieron feas y vulgares.

El Manzana Kempinski, que se ufana de ser “el primer hotel de lujo de Cuba de verdad”, y de tener “un estilo notablemente europeo”, decidió echar a Mella a la calle, no poner de nuevo en su sitio la estatua que durante décadas estuvo en el cruce de las arcadas de la ruinosa Manzana de Gómez, rodeada de tiendecillas deplorables, visitada solo por una tribu de mendigos, borrachos, locos, carteristas y prostitutas, roída por un furioso hedor a orina y desesperación.

En el fanfarrón hotel Kempinski, la estatua de Mella estaría, seguramente, tan fuera de lugar como antes en la Manzana de Gómez. Los turistas norteamericanos e ingleses pasarían por su lado sin mirarla, o tomarían fotos de ella como si fuera una rareza más en un país ya bastante extraño. Sería un símbolo de esa patética mezcla de autoritarismo comunista, subdesarrollo tropical y capitalismo primitivo que los cubanos parecen dispuestos a padecer hasta que el país reviente o no quede nadie en él, salvo los turistas. En la vieja Manzana de Gómez, que no se cayó porque la hicieron bien, la estatua de Mella indicaba elocuentemente cuánto se habían agotado la euforia y la esperanza de la revolución, cuán distinta era Cuba de lo que debía haber sido. En el hotel Kempinski la estatua de Mella habría sido una curiosidad. En la Manzana de Gómez era ya un anacronismo.

Aún así, la decisión de Kempinski o de sus socios cubanos de remover definitivamente la estatua de Mella ha ofendido a quienes notan en esa acción falta de cuidado por los monumentos históricos del país e insuficiente respeto a Mella. Quién hubiera dicho, viendo cómo Cuba está, que Mella inspiraba todavía tanta devoción. También se han sentido insultados los que miran con alarma la llegada a Cuba de avanzadillas del capitalismo global, en su modo más reluciente y tentador, y resienten que los hoteles de supuesto lujo de La Habana, sin haber hecho ni un ápice mejor la vida misérrima de la mayoría de los cubanos, los hayan convertido, a esos desdichados, en espectáculo a la vez cómico y aterrador para displicentes visitantes.

Ese resentimiento contra los turistas, que llegan a Venecia, a Barcelona, a Mumbai o al Iguazú, instagraman una chispa de felicidad y se marchan apresuradamente, es universal, dondequiera la gente detesta que los miren como si fueran jirafas. Los cubanos han aceptado, aunque realmente su opinión sobre ese asunto no fue nunca requerida, que no teniendo casi nada más que darle al mundo a cambio de comida y telenovelas, no les queda más remedio que transformar su isla en una foto, y disponerse a posar en ella como parte del paisaje, como las palmas y los tocororos.

No debe ser confundida su resignación con contento. Los vecinos del Kempinski en La Habana Vieja, al este, y en los ghettos de Centro Habana, del otro lado, muchos de los cuales viven de una forma en que los extranjeros no creerían tolerable vivir, sienten que cada huésped que se toma un mojito de quince dólares en el nuevo hotel, o se da un masaje, o se zambulle lujuriosamente en la piscina de la azotea, desde donde se ve y se oye con ríspida claridad el derrumbe de Cuba, confirma que ellos, los habitantes de los edificios que se caerán con el próximo huracán, y los que viven en los que no caerán pero casi preferirían que sus edificios también les cayeran encima, son en todo sentido inferiores a los turistas, buenos sólo para hacerles las camas a los visitantes, servirles la cena y entregarles sus propios cuerpos a esos babosos españoles, italianos o canadienses para que los devoren.

Entre las incontables humillaciones que Fidel Castro le propinó a su pueblo, la de no poder alojarse en los hoteles de su propio país no fue de las más crueles, no fue tan malvada como la de obligarlo a votar por una lista única de candidatos a la Asamblea Nacional o la de hacerlo marchar vociferando su renuncia a tener periódicos, sindicatos y asociaciones libres, pero para aquellos, tantos, cubanos que no quieren, ni necesitan ni sabrían votar libremente, o leer un periódico de más de dieciséis páginas, no poder dormir en el Habana Libre, o cenar en los jardines del Nacional, o tomarse un daiquirí en la piscina de uno de esos orondos meliás de Varadero, no tener siquiera la ilusión de poder hacerlo algún día, fue especialmente indicativa del lugar que tenían en el mundo, por el triple infortunio de haber nacido en Cuba, vivir sin democracia y padecer un régimen de pobreza estrictamente planificada. Fidel, que convenció a los cubanos de casi todo lo que los quiso convencer, o al menos, de que más les valía hacerse los convencidos, les dijo que esa prohibición era beneficiosa económicamente, y justa, en lo social, un argumento que tenía la notable cualidad de ser, a la vez, una mentira, una estupidez y un insulto.

Su hermano se apresuró a enmendar ese desaguisado tan pronto como se hizo con el poder. Es una migaja, pero los cubanos no solo la han aceptado golosamente sino que hasta parecen agradecidos. Lo que en Cuba podría pasar, siendo flexibles en la definición, por una clase vagamente media, aquellos que ganan o reciben dinero real, han podido finalmente llegar a los meliá, e incluso más allá, y los que no lo han hecho, al menos han recibido la confirmación de que es solo su pobreza, no su nacionalidad, la causa de que no puedan ellos también disfrazarse de turistas aunque sea por un fin de semana. Económicamente, la cuenta da, y en cuanto a lo social, ésta y otras crecientes diferencias entre cubanos más y menos acomodados son todavía muy pequeñas en comparación con la desgracia que todos sufren por igual.

A Cuba, habiendo caído hasta estos fondos, no solo le conviene expandir y mejorar su negocio turístico, sino que es difícil ver qué otra cosa podría hacer. No hay negocio seguro, pero el turismo es tan seguro como el que más. A menos que Cuba sea arrasada por una guerra civil, como Siria, o por el terrorismo, como Egipto y Turquía, los turistas seguirán llegando a La Habana y Varadero, y si se les empuja con fuerza, hasta Cienfuegos, Camagüey o Santiago.

No habiendo logrado convertirse en fabricantes de complejas maquinarias, habiendo fracasado como productores de azúcar, café y frutas tropicales, y no habiendo descubierto todavía la cura del cáncer o el SIDA, a los cubanos les toca hacer las camas y servir la cena a los turistas, cargar sus maletas y recoger sus toallas, enseñarlos a bailar salsa y contarles historias de la revolución, e incluso, los que tengan inclinación y aptitud para ese antiguo oficio, darles sus propios cuerpos para que sus procaces huéspedes jueguen con ellos. Y con mucha dignidad, o aparentándola.

Pero el turismo, como todo en Cuba, tiene que ser democratizado, tiene que ser no solo un lujo que todos los cubanos, hipotéticamente, podrían darse, sino, lo que es más urgente y central, un negocio del que todos los cubanos sean efectivamente parte, y no en el sentido figurativo y falso de que, siendo el Estado el dueño de la industria, lo son todos los ciudadanos, sino realmente, sin trucos ni artilugios retóricos. La estrategia económica, social, cultural y ecológica del turismo, que va a decidir si la isla le durará prolongadamente a los cubanos, o si estos la destruirán con rapidez en un par de décadas a cambio de unos pocos miles de millones de dólares, tendría que ser preparada, discutida y decidida con meticulosa transparencia por un parlamento real, no la tragicómica Asamblea Nacional, y encargada a un gobierno que escuche y acate lo que el país quiera.

Deberían ser favorecidos, con un régimen de regulaciones e impuestos que no los asfixie sino que premie su dedicación y estimule decididamente su crecimiento y multiplicación, los que ofrezcan servicios a los turistas, desde una cama en su propia casa hasta una jarra de limonada, y con suerte, en el futuro, hoteles, restaurantes y clubes de verdad, con rotundas garantías legales y políticas, sin temer que les cierren su timbiriche o su empresa en un momento de malhumor de Raúl. Deberían ser pagados directamente por sus empleadores, y tanto como han ganado, no una pizca de ello, los cubanos que trabajan en hoteles administrados por compañías extranjeras. Deberían ser profesionalizados el planeamiento y la administración del turismo, y los hoteles y las agencias de viajes puestos a cargo de quienes tengan al menos alguna idea de la economía, las finanzas y los servicios en el mundo, fuera del sinsentido cubano, y tengan también educación y buen gusto, qué importa si no son nietos de generales, o yernos o cuñados de coroneles, o si la Seguridad del Estado les abrió un expediente desde que estaban en la universidad, estudiando Derecho o Economía o Letras, por bocones y malcriados. Mucho mejor si tienen un expediente.

Lo más obvio es que el monopolio del Estado sobre el turismo debe terminar. El Estado cubano no tiene ni el capital ni la capacidad administrativa para expandir la industria turística tanto como podría ser expandida, y tan rápidamente como podría hacerlo, y volverla tan eficiente, al menos, como la de sus vecinos del Caribe, que saben hacerlo todo mejor, desde tender una cama hasta preparar un mojito. Peor, el gobierno cubano, elegido por nadie, no tiene autoridad política o legitimidad para determinar qué turismo, y cuánto, y cómo, Cuba necesita o quiere o puede tener, como no la tiene para decidir ninguna otra cosa.

En realidad, el turismo ya no es siquiera un monopolio del Estado cubano, sino, en lo esencial, de un cartel de altos oficiales militares y sus familiares, amigos y asociados, la notoria corporación GAESA, que quizás con un par de firmas se convierta en muy poco tiempo en una de las mayores compañías privadas del Caribe, como se convirtieron en privadas, hace años, también con un par de firmas, en un santiamén, las más ricas empresas soviéticas.

No por gusto Donald Trump ha escogido a GAESA como objetivo principal de su política contra Cuba. Trump no sabe nada de Cuba, ni cuál es su capital ni cómo pronunciar “Raúl”, y solo lo orienta en este caso, contra su propio instinto de empresario rapaz, el rabioso deseo de destruir o negar todo lo que hizo o dijo Barack Obama. Si Obama hubiera construido un parque infantil dedicado a Bambi, ya estaría cerrado, y Bambi vendido a un campo de prácticas de tiro en Alabama. Pero el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, que susurraron al oído de Trump su nueva política cubana, sabían lo que hacían al escoger a GAESA como blanco de su ataque.

La nueva política es tan estúpida y malvada como sus autores, y no le va a quitar ni un minuto de sueño a Raúl, aunque probablemente sí detenga a muchos norteamericanos que irían a Cuba si fuera más fácil hacerlo. Pierden, los de siempre, los que iban a sacarles unos dólares a esos turistas. Acierta esa política, nada más, al señalar la dependencia de Cuba del turismo, cuánto necesita la isla que los norteamericanos puedan viajar libremente a ella y cuánto, de todo lo que en la isla queda, GAESA se ha cogido. Una buena consecuencia de estas nuevas órdenes de Trump, y la más inteligente reacción que podría tener el gobierno cubano, sería desarmar GAESA, darle a sus empresas autonomía, despedir a los coroneles y reemplazarlos con civiles apropiadamente calificados, no como simples monigotes de los militares desplazados, sino como administradores con pesada y tronante autoridad. La nueva política de Trump sería ampliamente obsoleta si esto se hiciera.

Pero quién cree que Raúl vaya jamás a despedir al jefe de GAESA, que es también el padre de sus nietos, y devolver esas empresas al país, a la soberanía popular. Trump no, y nadie en Cuba.

Y todavía hay quién se preocupa, aunque sea noblemente, por el destino de la estatua de Mella.

Juan Orlando Pérez

El Estornudo, 19 de junio de 2017.
Foto: Busto de Mella en la Manzana de Gómez. Tomada de El Estornudo.


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