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Ana María, turista española, estuvo unos días en el Hotel Plaza, situado en el corazón de La Habana. De cuatro estrellas y perteneciente a la corporación cubana Gran Caribe, el hotel, construido a principios del siglo XX, ha sido remozado en dos ocasiones. Pero según Ana María, “las habitaciones eran un asco, los grifos del agua estaban sueltos y cuando llovía, por el techo se filtraba la lluvia”.

Steven, de Bahamas, por asuntos de negocios permaneció una semana en Cuba y su experiencia fue peor. “En el hotel Vedado habían cucarachas y tuve que cambiar tres veces de cuarto pues el aire acondicionado no funcionaba. Las sábanas estaban empercudidas y la mucama no ponía el papel sanitario. Las paredes estaban cuarteadas y urgidas de una mano de pintura”.

Dioel, dueño de una cafetería de comida rápida, cuenta que “el año pasado alquilé cuatro noches en el hotel Las Dunas, en el Cayo Santa María, Villa Clara, y la climatización apenas funcionaba. A la mesita de la habitación le faltaba una pata, el colchón de la cama más incómodo no podía ser y el televisor era de tubos catódicos del siglo veinte”.

Recientemente, una pareja de reporteros de la agencia AP se alojó una noche en el hotel Quinta Avenida, ahora administrado por la cadena norteamericana Starwood. En la nota publicada, reseñaban que los adornos de la habitación estaban superpuestos y el minibar no congelaba.

Antes de alquilar un hotel en Cuba, es aconsejable conocer el año de su construcción e inauguración, si ha sido remozado y si la gerencia es nacional o foránea. Por lo general, las instalaciones administradas por extranjeros funcionan mejor. Es mayor la variedad de la comida y si tu habitación tiene problemas, intentarán resolverlo con urgencia.

En Cuba se construyen hoteles, tiendas y restaurantes que tras décadas de uso no reciben mantenimiento. Si lo duda, le sugiero visitar el Pain de Paris situado en Calzada de 10 de Octubre y O’Farrill, en la barriada habanera de La Víbora.

Cuando abrió en 1998, formaba parte de una cadena de seis cafeterías similares en distintas zonas de la capital. Todas vendían dulces y panes estilo francés. Fue un negocio a dos manos que hizo Fidel Castro con Danielle Mitterrand, esposa del fallecido presidente galo.

Las paredes bien pintadas, los locales iluminados, las estanterías ordenadas con gusto y la climatización era excelente. Dieciocho años después, en el Pain de Paris de La Víbora ya no se venden panes ni dulces franceses, la iluminación es deficiente, las manchas de humedad son visibles en las paredes, el aire acondicionado no funciona o se apaga para ahorrar combustible y los dependientes, molestos y sudados, te tratan como si fueras un intruso.

Si usted recorre las shoppings o tiendas por divisas diseminadas por toda La Habana, notará que la mayoría pide a gritos una reparación a fondo. “Fíjate si esta gente (gobierno) es ineficiente, que ni siquiera los establecimientos que les reportan divisas son capaces de tenerlos reparados y con buen servicio”, comenta Bárbara, ama de casa, a la salida de Galerías Paseo, un centro comercial a tiro de piedra del malecón.

Según Ricardo, empleado del hotel Habana Libre, es bajo el presupuesto destinado a labores de mantenimiento. “Varias brigadas llevan cinco años remozando habitaciones y otros sitios del hotel. Pero por falta de dinero, el ritmo de trabajo es a paso de tortuga. La ocupación habitacional del Habana Libre no sobrepasa el cincuenta por ciento”.

Odlanier, arquitecto, considera que la reparación y mantenimiento de inmuebles, sean viviendas, edificios, escuelas, locales públicos u hoteles, siempre ha sido una asignatura pendiente en Cuba.

“Debieran presupuestarse las reparaciones cada cinco años. Pero no sucede así. Entonces en los hoteles vemos bombillos fundidos, aparatos de aire acondicionado rotos y muebles deteriorados. Se gasta más dinero en ese tipo de arreglos que en un programa de mantenimiento y remozamiento previamente planificado”, subraya el arquitecto.

Si al regular o mal estado de buena parte de los hoteles y centros turísticos, se suma el pésimo servicio gastronómico y la poca atención al cliente, surge una pregunta: ¿está preparada Cuba para recibir anualmente a cinco o seis millones de turistas estadounidenses? Me temo que no.

Iván García


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