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Hermann Tertsch 
ABC.Es 

Murió el jueves bajo vigilancia policial. Al final lo mató el gran monstruo. El peor y más terrible Leviatán. Un estado implacable que gobierna, controla y castiga a 1.400 millones de seres humanos, se había obsesionado con castigarle a él. A Liu Xiaobo, un hombre frágil, un simple escritor. Pero en el que el poder comunista adivinaba toda la fuerza del espíritu capaz de surgir del ser humano. Y toda la valentía imaginable en la persona para defender la verdad. En la peor noche del terror. En la soledad más absoluta del encierro y la incomunicación. Lo encarceló y lo hizo desaparecer para sus compatriotas. Después de firmar la Carta 2008 que demandaba derechos civiles y humanos para los chinos, su suerte estaba echada. Le condenaron en 2009 a once años de prisión por «incitar a la subversión contra el Estado». Pese a sus contactos occidentales el tratamiento al preso fue desde un principio atroz. El aparato represivo chino extremó su crueldad con él. Hasta el final. No pudo tener siquiera algo de intimidad con su querida mujer Liu Xia. Ni horas de libertad porque años de maltrato, de comidas de espanto y falta de tratamiento de sus problemas de salud habían traído consigo un cáncer que lo devoró sin que permitieran tratarlo hasta que fue tarde. Como no había podido ir a recoger su Premio Nobel de la Paz en 2010, no pudieron siquiera sacarle esta semana a Occidente, donde se intentaba organizar con urgencia un tratamiento a la desesperada del cáncer de estómago que lo ha matado.
Liu Xiaobo comenzó como un combativo escritor y disidente intelectual pero evolucionó hacia un Ghandi chino con una empatía, comprensión y amor al enemigo y rechazo al odio propias de un santo cristiano. «No tengo enemigos, no conozco el odio. Ninguno de los policías que me vigiló, me arrestó y me interrogó, ninguno de los fiscales que me acusó, y ninguno de los jueces que me juzgaron son mis enemigos». Este frágil escritor, doctor en Literatura, fundador del PEN independiente, que aseguraba desde prisión que «espero poder hacer frente a la hostilidad del régimen con mayor buena voluntad; y espero poder disipar el odio con el amor», es el hombre que más miedo ha generado en una cúpula comunista. Que aún veintiocho años después de Tiananmen tiene terror a la libre opinión en la calle.
La cara amable de la China de la globalización tiene detrás el siniestro rostro del aparato comunista que tantas veces, interesadamente, olvida Occidente. Pervive allí la ideología que ha matado a Liu Xiaobo, la que tortura ahora en Venezuela a centenares de presos y también en Cuba. Entre ellos Eduardo Cardet, médico, líder del Movimiento Cristiano de Liberación y sucesor de Oswaldo Payá asesinado por el régimen castrista. Cardet fue homenajeado ayer en Madrid, en ausencia, con el Premio Paz y Cooperación a la Libertad de Conciencia. Liu Xiaobo es el último mártir hasta hoy de la lucha contra el comunismo. Van más de cien millones. En cada generación surgen jóvenes que creen que el comunismo solo ha sido siempre un sangriento fracaso porque aun no habían llegado ellos, los más preparados y listos, para convertirlo en éxito. Y repiten así invariablemente los pasos y los crímenes que creen necesarios y justificados para lograr su poder y su monstruoso paraíso de la igualdad. Es una empresa asesina reiterada desde hace cien años. Siempre con el mismo final. Que incomprensiblemente sigue recibiendo en las democracias occidentales el trato de un proyecto político decente y no el lógico, como siempre insistió Vaclav Havel, que equipare al comunismo con la otra ideología asesina que es nazismo.


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