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Por Edgardo Rodríguez Juliá 
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sábado, 13 de mayo de 2017
Nivia
Sí existe un libreto creado en los años sesenta, y que pasa de generación en generación de estudiantes universitarios. Según las caracterizaciones positivas, ahí están la pasión y el idealismo de los estudiantes, ambos convirtiéndose, casi sin aviso, en una inclinación autodestructiva, meterse en una esquina, caminar el callejón sin salida. La juventud vive peligrosamente y “son la alegría y la levadura” decía Violeta Parra. Fui profesor universitario de varias generaciones universitarias, durante treinta y dos años. Llegué al desconsuelo de pensar que la Universidad era más parte de la inconstante custodia extendida de los padres que proyecto de incitación intelectual y de formación ciudadana; la subsidiaridad de las becas Pell completaban la malacrianza, la arrogancia.
No siempre fue así: Empecé a educar como profesor a los veintidós años. Sabía poco más que mis estudiantes y las jovencitas me resultaban un problema. Me eduqué en el benitista Programa de Honor del Recinto de Río Piedras, incómodo privilegio que siempre consideré una educación elitista. Quise fervorosamente, joven al fin, que la Universidad fuera “para el pueblo”. Trabajé durante mis primeros años en un programa universitario creado por el rector Abraham Díaz González. Nuestro recinto estaba en unos barracones del Fuerte Buchanan. Compartíamos instalaciones con un programa para estudiantes desertores de escuela superior del Departamento de Instrucción Pública, una especie de almacén de estudiantes problemáticos, muchos de los cuales vivían en la calle o tenían las maneras de la calle, los menos viviendo de la calle. De los profesores que se arrobaban con lecturas de Heidegger, pasé a estos estudiantes que una vez montaron huelga porque les suspendieron las chuletas en el comedor escolar. Aún así permanecí inamovible, siempre fiel a mis principios de justicia social, ello así a pesar de enseñar vestido con chaquetón y corbata, como los profesores que me educaron y adoraban a Ortega y Gasset. Inevitablemente tuve un altercado con un estudiante afro puertorriqueño, joven con estatura buena para ser centro del equipo nacional de baloncesto, y que respondía al simpático mote callejero de “Puerto Rico”. Lo mismo que Ismael Rivera pocos años después, le dijo a todo el mundo que quería “figarme”.
El general Palerm, combativo penepé, dirigió por aquellos años una marcha para entrar al Recinto de Río Piedras y así rescatar a la Universidad de los comunistas. Ese día recuerdo la siguiente escena en el Senado Académico. Era justo al atardecer, casi de noche; el rector Díaz González convocó a un grupo de profesores y estudiantes al Senado Académico, para dilucidar aquella amenaza inminente a la llamada autonomía universitaria. Una estudiante, que bien pudo haber sido alumna mía, levantó sus pies descalzos y los colocó sobre la mesa del Senado Académico. Estaba sentada al lado del rector. Aunque reconocí que con aquel gesto igualitario ella propulsaba mi ideario de “Universidad para el pueblo”, lo que hizo fue provocar en mí el ideario pequeño burgués de mi tía de Caguas. Para esa época yo ya vestía guayabera para dar clases, pero entendí aquello como una falta de respeto. Los tiempos cambian, aunque no así valores básicos, como el respeto a los mayores, ¿no?
Aparte de esa resistencia a valorar el respeto, “la levadura y la alegría”, ambas, tienen problemas con la tolerancia que supone la vida democrática. Hacia esos mismos años, recuerdo la visita del periodista de El Mundo, Miguel Ángel Santín, al Recinto de Río Piedras. Santín era un buen columnista que en su juventud fue nacionalista y en su madurez combatió lo que entendía era la apropiación de la Universidad de Puerto Rico por la izquierda independentista. En sus columnas arremetía muy particularmente contra los estudiantes, esos mismos que la insigne profesora Doña Margot Arce de Vázquez había defendido, a brazo partido, como sus “criaturas”. Santín fue invitado para ofrecer una conferencia sobre periodismo en el Centro de Estudiantes. Fue atacado por una turba de fupistas y estudiantes indignados con sus columnas. Si no hubiese sido por la oportuna intervención de estudiantes moderados, como el buen amigo Raúl Mayo, a Santín lo hubiesen agredido, o quizás hasta algo peor, aquella tarde. De la misma manera que recuerdo los pies de la muchacha sobre la mesa, puedo evocar con viveza la gritería y los empujones, aquella turba que se movía amenazante, como si fuera un solo cuerpo, para atacar al “cagatinta”. Aquel ataque se justificó sentenciando, muy gravemente, que invitar a Santín a hablar de periodismo era como invitar a una prostituta a hablar sobre moral sexual. ¿Por qué no? Déjenla hablar, escúchenla, quizás nos revele algo importante sobre su oficio, la explotación de la mujer, por ejemplo, y las debilidades humanas. La tolerancia es convertir la curiosidad por el otro en respeto.
Ahora que los profesores van con los pantalones rotos a discutir la fenomenología de la salsa, ¡justo castigo por mi perversidad!, tenemos cuatro rectores acusados de malversación de fondos y el escándalo de las becas presidenciales amenaza con agudizar un serio problema de credibilidad administrativa que tiene la institución. Esa crisis en su “gobernanza” podría atentar contra la acreditación de la Universidad, lo mismo que la actual huelga. Los incidentes violentos en la Presidencia, la muestra más reciente del libreto antes aludido, tampoco ayudan. Una turba de estudiantes irrumpe, hace apenas dos semanas, en una reunión de la Junta de Gobierno de la Universidad. Coreando consignas obligan a los funcionarios reunidos a firmar, bajo coacción e intimidación física, documentos redactados por ellos. Ciertamente esto no abona a que la institución sea acreditada como foro de ideas y tolerancia democrática. El detalle desgraciado es que a la presidenta de la Universidad la conocen como “Barbie” y la tratan de Nivia. Con esas vocales explayadas a la boricua, la interpelaron, gritándole, “Oye, Nivia”… Si usted se irrita cuando una vendedora en una tienda por departamentos lo trató de “mi amor”, “corazón”, o simplemente lo tutea, imagine lo que tiene que haber sentido la doctora Nivia Fernández, presidenta interina de la Universidad de Puerto Rico, cuando se enfrentó a esos estudiantes que han perdido, en un libreto que pasa de generación en generación, ya por décadas, el más elemental sentido del decoro y el respeto.

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