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Tenía sesenta y cuatro años, costillas hasta en el esternón, el cinismo o la terrible indiferencia en la mirada, y una costura que le iba del ombligo a la ingle. Había sido albañil en Varadero. Había ayudado a construir hoteles como Sol Palmeras, que “arquitectónicamente, si lo miras desde arriba, parece una rosa.”

Era el decano del bote. Desde hacía ocho meses tenía un nuevo quimbo. Las autoridades le habían tumbado varios, y también había vivido allá arriba, a la intemperie durante año y medio. Según sus consejos, había que subir con él porque con él nadie se metía. “Ahí viene Chen culo roto”, “ahí viene Chen el maricón”, decían cuando llegaba, pero no eran más que bromas. Huevo, el delincuente al que muchos temían, era su ahijado, por eso Chen hacía y deshacía y nadie en el bote se permitía tocarlo. La policía ni siquiera lo apresaba, aunque no por respeto, sino por dejadez. Él lo sabía. No tenía caso reprenderlo.

–Si me sacan de aquí, me voy para allá. Y si me sacan de allá, vengo para aquí. Conmigo no hay maldad.

–¿Y si cierran el bote?

–Habrá que irse para el bote que pongan. Porque en el bote es donde hay que estar. Nosotros, los de esta clase.

–¿De qué clase?

–La clase baja. No en delincuencia. La clase honestamente mía, la honesta mía. El millonario está a una altura, el semimillonario a otra, y yo en el bote. Si te enseño donde dormí anoche, y dormí como un presidente. ¿Sabes por qué dormí como un presidente? Porque no tengo a nadie cayéndome atrás, no tengo que tener ninguna escolta. Me doy un traguito, me fumo un cigarro, pienso.

El Estado lo había internado un par de veces en La Colonia, centro para indigentes y discapacitados mentales ubicado relativamente cerca del vertedero. Pero Chen siempre se escapaba.

–Ahí se cagan encima. Yo tengo peste porque estoy en el bote, pero ellos tienen más peste que yo.

–Los locos me arañaban –decía Luz María, que también estuvo internada.

Chen se echaba sobre las raíces del cedro varicoso, tomaba de su oreja el lápiz de bodeguero y como un chamán se ponía a descifrar el verso de la charada.

–Animal que nace en la tierra y muere en el mar –leía.

Todos pensaban.

–La tortuga –decía Yorgelis.

–Puede ser. También el avión –decía Chen–. El avión se pierde en el mar.

–El río –decía Yorgelis.

–El río está bueno –decía Chen–. El río es 71 y anoche tiró el 76. María es la madre de Jesús y la primera madre que existe y lo tiró el Día de las Madres.

Luego sacaba otro papel y comenzaba:

–Animal que siempre vive volando. Clave: el viento.

–No sé –decía Yorgelis.

–El papalote, que es 74 –decía Chen–. Eso: 71 y 74.

Vestía siempre un pantalón verde olivo. De la viga del techo de su quimbo colgaba un Mickey Mouse.

Venía de El Cristo, un pueblo a la orilla de Santiago de Cuba. Trabajaba en la agricultura y vivía con su mamá. Fue un amigo quien le avisó del negocio del bote.

Ahora recopilaba pomos plásticos y lo vendía a una refresquera en Alquízar. Cuando creía haber reunido lo suficiente, volvía a su casa, le dejaba el dinero a su madre y regresaba a La Habana. Luz María y Chen lo habían acogido sin problemas. Él no era el único que pasaba temporadas en los quimbos. Él era el buzo de turno. Hablaba poco y se mantenía a la sombra. Tenía 24 años y quería leer algo. Libros o revistas, lo que fuera.

Hacía pocos días, la policía lo había confundido con un ratero y se lo había llevado preso. Él les dijo que no había estudiado, pero que conocía sus derechos, y que ellos tenían que decirle por qué lo detenían y de qué se le acusaba.

–Si no va la mujer que puso la denuncia, y dice que yo soy inocente, todavía estuviera ahí.

–¿Y tuviste miedo?

–No –interrumpía Chen–. Si tienes miedo aquí, vete para el cementerio y entiérrate tú mismo.

–No, no tenía –decía Yorgelis.

Quizás lo más doloroso y llamativo de su persona eran los pómulos y la nariz. Granos maduros de violentísimo acné, infestados por la asquerosidad del bote, le desfiguraban el rostro y lo convertían en un payaso sin audiencia. Bolas duras, pus cristalizado, pequeñas y enrojecidas pelotas de golf a las que, de haber estado por fuera de la piel, y no por dentro, se les hubiera zafado la rosca y se hubiesen podido desmontar.

Huevo no esperaba a emborracharse en los quimbos, sino que ya llegaba borracho. No medía más de uno ochenta. Era desgarbado y alardoso. Tanto se hablaba de él, tanto se invocaba, que podía ser tomado como una ficción. Traía un cuchillo entre el pantalón y la espalda. El cabo asomaba por fuera del pulóver.

Le preguntó a Luz María qué había de comida y cuando Luz María le dijo que frijoles se enfureció.

–¿Frijoles solos?

–Frijoles solos.

Chen salió de su quimbo. Era incapaz de compadecerse por nadie. Era rapaz.

–Saca el arroz que tienes –dijo Huevo.

–No tengo ningún arroz –dijo Luz María.

–¿Tengo que buscarlo? –dijo Huevo.

–Saca el arroz, Luz María –dijo Chen.

–¿Tengo que buscarlo? –repitió Huevo.

La lengua se le enredaba. Los ojos amarillos, inyectados en alcohol y soberbia.

–Es que no tengo ningún arroz –decía Luz María como el animalejo que era–. Pregúntale a cualquiera, no tengo ningún arroz.

Huevo se dirigió hasta el quimbo y Luz María lo persiguió.

–No entres ahí, maricón –dijo–. Tú no tienes nada que hacer ahí.

Huevo la apartó de un manotazo y Luz María rodó por el suelo. Chen observaba desde una esquina.

–Ella sabe cómo es él –dijo.

Huevo salió con una jaba de arroz y la mostró triunfante. Luego regó el arroz por la tierra y dijo:

–¿Este es el arroz que no tenías?

Luz María berreaba. Huevo fue hasta ella. Le preguntó que para qué jugaba con él. La tomó por los hombros y la sacudió. Le apretó la boca, la mordió, y metió la mano en lo que debía ser el sexo de Luz María, aquella hilacha. Mientras la entraba al quimbo, y Luz María se dejaba hacer, Chen viró la espalda y se perdió entre los trillos.

Caminó durante un rato, llegó a la báscula, que es donde pesan a los camiones antes de que descarguen, y subió al primer colector que entró. Matrícula: HUF 943.

Grupos de perros jíbaros pululaban en medio del paisaje lunar. El polvo blanco de los terraplenes, las gavetas, los montículos cuadriculados de basura, la exigua luz natural. Alrededor, las luces eléctricas de la ciudad chispeaban como un graderío en vilo.

Cuando el colector HUF 943 arribó a la zona de descarga, de la tierra emergieron cuerpecillos fragorosos, que poco o poco se irguieron con sus pinchos, farolas, linternas, y rodearon la pieza de volteo.

La mezcla putrefacta de desechos cayó, y los buzos la atacaron con agilidad. Llevaban botas, camisas de mangas largas, pañuelos sobre las orejas, y algunos tenían cascos de mineros. Con los pinchos, escarbaban hasta encontrar algún plástico o metal. Hurgaban en el ácido. El líquido negro corría como una baba. Todo lo que La Habana había descartado pasaba allí su última revisión.

Siguieron llegando camiones. Fue una jornada tranquila, sin violencia. En el bote se habían reportado machetazos, puñaladas, y también se habían encontrado un par de cadáveres. Pero, como norma, los buzos solían ayudarse. Si alguien colectaba alguna materia prima que no le servía para su negocio, se la cedía a otro.

Cuando Chen decidió bajar de nuevo, sobre las diez de la noche, ya Huevo roncaba en un rincón, desparramado, soltando estrepitosos bufidos. Luz María bailaba sola, cerca de la fogata. Tomó a Chen de la mano y le dijo que bailara con ella. Que cantara Álvaro Torres, y que lo cantara tan bien como él sabía hacerlo. Chen se negó al principio.

En aquel momento, no sabían nada de lo que iba pasar. Al año siguiente, Luz María fallecería de una infección vaginal, Chen desaparecería, y la maleza tupida se tragaría los quimbos. En aquel momento, ajenos, bailaban en medio de la desolación.

–Dame un beso –dijo Luz María.

–Estate quieta –dijo Chen.

–Hace un mes que no te bañas.

–Yo me baño todos los días.

–Te creo.

–Tienes que creerme.

–Bueno, dale, dame un beso.

Entonces Chen, fingiendo desgano, agarró a Luz María por la cintura. Puso los labios.

–Es lo que yo digo –dijo finalmente–. Que dos buenos siempre se unen.

Carlos Manuel Álvarez

El Estornudo, 29 de agosto de 2016.
Foto: Luz María en su cuarto. Tomada de El Estornudo, donde se pueden ver más fotos.
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