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De vez en cuando Zo pasa horas sin moverse y entonces sus minúsculas manos laten, tiemblan levemente, prometen un movimiento dulce o brusco. Para abrigar a medias una sola de las manos de él, tiene ella que usar sus dos palmas, tan ágiles y suaves que sus dedos podrían salir volando uno tras otro. Si sus mejillas son infantiles todavía y resulta enternecedor el encuentro de los hombros con el cuello, sus manos, con iguales atributos, nunca parecen aguardar algo sobre lo cual derramarse. Jugando, pueden fingirse hojas, caracoles, peces, aire, casas, pájaros, y ser un sonido o un silencio, un aroma, un dibujo enrevesado, una cúpula sobre algo, una semilla de cualquier cosa. Si sus manos tocan las mías, me las descubro: ella me las da y no lo sabe.
  —¿No tienes sueño? —le pregunta Manuel, aunque en realidad quiere decir hambre.
  —No. Ya estoy dormido.
  Unos segundos después rompe a hablar de nuevo con una voz que es susurro robado a medias por el vendaval. Manuel lo escucha mirando no a sus ojos sino a su gorra, loco de hambre y sin saber cómo hacérselo entender, temiendo que Jo se marche molesto. Hoy han caminado todo el día sin más pausa que esta. Ayer, cuando vagaban por San Dragón, como llamaba Daniel a San Miguel del Padrón, sólo devoró un pedazo de pan duro y una naranja. Por la noche durmieron unas pocas horas en el anfiteatro de Marianao y siguieron aquella interminable caminata hacia ningún lugar. Pero este helado viento sur los ha detenido. Manuel siente que le arranca el alma y casi le arrastra el cuerpo, tan debilitado en las últimas jornadas. Se recuesta levemente al hombro de Jo sintiendo que un sabor amargo lo ahoga, y escucha su propio gemido:
  —Tengo hambre.
Jo demora en hallar esos hinchados ojos de pez tras los risibles espejuelos y deletrea en ellos las palabras que no escuchó.
  —Yo también —exclama levantándose y camina hasta el borde del portal, adonde Manuel lo sigue, perruno. El joven mira la noche alrededor y ve que llueve menos en este momento. Desde el final de la calzada, muy empinado, resbala ante ellos un torrente de asfalto de turbia fosforescencia que se pierde calzada abajo hacia la derecha—. Nos vamos en lo que venga —le dice y Manuel asiente, aliviado, pero entre el viento y la noche no se escucha ni el más lejano rugido de un motor.


Ernesto Santana, fragmento de la novela “Ave y nada”. 

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