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No es agradable caminar entre policías. Aunque intentes obviarlos están frente a ti, como sombras incorporadas al paisaje citadino: en cada calle de El Vedado, en las esquinas de la Habana Vieja, en Reina, Neptuno, Carlos III e Infanta. Rondan las embajadas. Circulan en pareja por los parques y residencias de los repartos Kolhy, Almendares y Miramar. Caminan en silencio y asustados. Miran hacia todas partes con una mano en el bastón y la otra en la pistola. Controlan a los vehículos y coaccionan a los transeúntes. Parecen aves de mal agüero.

Nuestros “azulejos” carecen de olfato y de profesionalidad. Evaden los barrios marginales donde utilizan a delincuentes como informantes. Es difícil hallarlos en La Cuevita, en La Jata o en La Guinera. Aparecen como moscas en los alrededores de cada hotel, en las aceras de teatros y cabarets. Protegen a los turistas y discriminan a los nativos. Les preocupa el contenido de cada bolsa, mochila o portafolio. Registran en plena calle como si la ciudad estuviera en estado de sitio. Se extreman con los negros, los gays y con los transeúntes orientales. Persiguen a los vendedores. Miran con desdén a los ancianos y a los mendigos. Para ellos una muchacha elegante es un peligro en movimiento.

La mentalidad de trinchera subyace en los uniformados. Nadie escapa a la sospecha. Los guardianes pastorean al rebaño. La Patria es un escudo para sus desmanes. Son inmunes a la cortesía, el respeto y otros sentimientos solidarios. Hablan lo imprescindible. Apenas piensan o escuchan a los ciudadanos. Preguntan, registran y trasladan a la Unidad más próxima a cualquier caminante. El Mando sabrá que hacer con ellos. Las cárceles esperan. Las leyes son inflexibles.

Los jóvenes policías cubanos parecen androides adiestrados para detenciones rutinarias. Las Brigadas especiales dejan sus a”avispas” en las vías públicas. Los zánganos quedan en las oficinas. Los ciudadanos alimentan el aguijón paranoico. Los grandes pejes saben bañarse y guardar la ropa. Un carnet rojo es una patente de corzo.

Nadie sabe aún el costo social de estos campesinos con pistola que invaden las ciudades del país. Las estadísticas son secreto de Estado. El costo psicológico ya es visible y parece rasgar la piel de jóvenes y adultos que odian a los ineptos pastores de los Mandarines.

Al margen de los datos quedan los hechos y los problemas de una Cuba profunda y nada virtual que sumerge en la subsistencia al ladrón y al policía. Ambos son victimas de un tablero de necesidades creado por burócratas insaciables que encubren la realidad a cambio de prebendas y lealtades.

Muchos guardianes del orden provocan desórdenes, bajan al pozo de la corrupción, trafican influencias, defienden el muro corroído del totalitarismo. Persiguen ideas que desconocen. Son fantasmas omnipresentes en los tribunales de urgencias. Elaboran actas que denigran a los opositores pacíficos y al propio cuerpo que representan.

Los policías que manchan las esquinas son parte esencial –y existencial- de la ruleta represiva que marca nuestros pasos. El régimen castrense no confía ni en sus leyes y multiplica la nómina de los militares. Es preciso evitar el azar. Si los ciudadanos aprenden a vivir fuera del juego hay que ventilar sus paradigmas de libertad. Los uniformados sostienen el muro. Las alas del miedo acompaña a los caminantes.

 

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