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 Por Hugo J. Byrne

“De la Patria puede quizás desertarse, pero nunca de su desventura”  Martí

 En holocausto a la causa que late en el corazón del llamado “Exilio Histórico”, único que reconozco como legítimo, procuro evadir controversias que puedan  acrecentar las muchas divisiones que ya sufrimos. Sin embargo, hoy no me es posible ignorar eventos históricos que de seguro afectarán negativamente el porvenir de nuestra patria de origen. En mi caso, evadir el tema no sería solamente deshonesto, sino que dadas las circunstancias, carente de elemental misericordia ante el sufrimiento creciente y contínuo de muchos cubanos.

 Es muy probable que este artículo resulte en una disminución de la estima que puedan tener hacia mí muchos patriotas exiliados quienes leen esta columna y quienes son tan dedicados a la causa de la libertad de Cuba como yo. Pero si ese es el severo precio de mantener mi integridad, así sea.

 Está claro que seré objeto del vituperio venenoso de castristas cobardes, furtivos y solapados (denominador común de esa gentuza), como de la legítima crítica de fieles católicos, quienes sinceramente discrepen de mi criterio en religión, iglesia y política.  No me es posible complacer a todos y por eso deploro el disentir de los buenos, aunque sin retractarme en lo absoluto.

 La religión pertenece al reino espiritual y su interés es eterno.  La Iglesia por el contrario, además de avanzar la fe tiene otros muchos intereses, la mayoría temporales.  La gran diferencia entre los intereses religiosos y eclesiásticos se magnifica cuando la Iglesia a la que aludimos es también un Estado soberano y por lo tanto, con otros importantes intereses. Tal es el Estado Vaticano, cuya inauguración como tal no se remonta a tiempos lejanos. 

Fue Benito Mussolini quien concediera soberanía a ese estado, a cambio de apoyo incondicional en política externa y otros muchos incisos que incluso hoy todavía desconocemos.   La fecha de la firma de los Tratados de Letrán, en el Palacio del mismo nombre, fue el 11 de febrero de 1929.  Sus signatarios fueron Mussolini, como absoluto dueño fascista de Italia y el Cardenal Gasparri, como representante de la Iglesia Católica Romana. Los tratados de Letrán restauraron para la Iglesia el derecho exclusivo a enseñar la religión cristiana en todas las escuelas de Italia y ser el único árbitro de las leyes de matrimonio en toda la península y en el imaginario Imperio al que aspiraba el “Duce”.

El Papa Pío XI ratificando más tarde esos tratados, curiosamente declaró que “Mussolini ha devuelto Dios a Italia, e Italia a Dios”.  Hace más de una década, en su visita a Fidel Castro, Juan Pablo II dijo que “Cuba debía abrirse al mundo y el mundo a Cuba”.  Ambas frases son similares y paralelas.  Juan Pablo al aludir a “Cuba”, por supuesto se refería al régimen de Castro. ¿Quién puede abrir ni cerrar algo en la Cuba de hoy sin contar con  la venia del Estado? Pío XI fue sin duda más explícito y preciso que Juan Pablo II. 

  Debo admitir que hasta ese momento Juan Pablo II era para mí no sólo el Vicario de Cristo, sino una de las personalidades más admirables en la escena mundial: colaboró estrechamente con el Presidente Reagan y la Primera Ministro Thatcher de Gran Bretaña, para desestabilizar la perversa y afortunadamente fenecida Unión Soviética.  Pero no es concebible que fuera ignorante de lo que estaba ocurriendo en Cuba, dado el muy eficiente servicio de inteligencia del Vaticano y su experiencia personal resistiendo la opresión totalitaria en Polonia. Primero contra los nazis y después contra el régimen colonial-marxista que impusiera Moscú.

Eso, más el escandaloso santuario a protectores de pedófilos, cómo el Arzobispo de Boston (notorio castrista), cambiaron totalmente mi opinión sobre el primer Papa polaco. El mismo día en que empiezo este trabajo, que muchos condenarán acerbamente, el Papa Benedicto XVI tomó el avión rumbo a Castrolandia para iniciar “su visita a Cuba”.

 Quisiera sinceramente equivocarme en esta mi atrevida predicción, pero de la misma manera en que vaticiné el fracaso de Juan Pablo II en su pretensa aspiración de avanzar la causa de la libertad y la dignidad de los cubanos, sostengo hoy que Benedicto XVI no avanzará esa causa en un ápice.  Si tuviera seriamente ese propósito, hace mucho rato hubiera tomado las medidas asecuadas con el Cardenal Ortega Alamino, quien nunca ha ocultado su genuflexa actitud hacia el régimen ni su hostilidad hacia quienes se le oponen.    

 Mi opinión sobre la visita de Juan Pablo II en 1998 la hice manifiesta en un simposio abierto al público exiliado que tuve el honor de moderar en la misma ocasión.  Más tarde condensé esa opinión en un artículo que publicara el semanario 20 de Mayo de Los Ángeles.  El anciano pontífice que visitó a Castro en 1998 no era remotamente el mismo Papa que se enfrentara en Managua con brios, dignidad y coraje a los herejes discípulos del siniestro jesuíta Pedro Arrupe y a los lacayos del comunista, pedófilo y borrachín, Daniel Ortega.

 El martes 27 de marzo envié este trabajo terminando en el párrafo anterior a editores impresos que tienen una estricta fecha de publicación.  Estos tres últimos párrafos los agrego hoy, 29 de marzo, para beneficio de otros lectores quienes individualmente reciben esta columna cada semana (más de 800).  La razón es comentar un suceso indicativo de la certeza de mi vaticinio en la continuidad de la brutal opresión en Castrolandia, a ciencia y paciencia de todas las visitas papales, pasadas o futuras.

 Durante la ceremonia religiosa en Santiago de Cuba, el arresto de un asistente al acto que gritara su oposición al régimen fue captado en video.  En medio del tumulto y los empujones de los dos esbirros que lo arrastraban, otro cobarde lo agredió a manotazos.  Como si esto fuera poco,  el agresor trató de golpear de nuevo al indefenso maniatado con un objeto que no reconocí inmediatamente. El golpe afortunadamente lo recibió en el antebrazo derecho uno de los dos crápulas que arrastraban a la víctima.  Para mí eso fue intervención divina.

 Después comprobé que el arma en la agresión era una camilla antediluviana de las que se enrrollan alrrededor de dos palos de catre y que el cobarde agresor vestía una camiseta de la Cruz Roja.  Si esto lo hicieron abiertamente durante el homenaje a Benedicto XVI,  ¿cómo será el viacrucis de ese patriota cuando el Papa retorne a Roma?

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