Libros, lecturas

February 21, 2012

A propósito de la Feria del Libro, me he dado cuenta de que muchos blogueros somos lectores de larga data. Yo empecé a los cuatro años y no he parado. Ni los juegos de computadora, ni las series de televisión me han quitado el gusto de un libro. Se me hace la boca agua con esos lectores electrónicos que la pantalla no se hace invisible bajo la claridad del sol, porque tengo un montón de libros en formato digital, y me fastidia bastante leer en la pc; estar horas sentada casi en la misma postura, pero no queda más remedio.

También tengo un cuartico lleno de libros de piso a techo, (mi marido es escritor) y eso que hemos hecho sucesivas donaciones y en una época vendimos lo mejor de nuestra biblioteca –muy mal vendido por cierto– para comer. Pero sentarme con un libro cuando la casa está tranquila, me encanta. Ahora mismo estoy con El paraíso en la otra esquina de Vargas Llosa. No se fijen en el pedigrí del Nobel; leo de todo y he leído mucho libro olvidable. En la infancia heredé de mis hermanos unos libros anaranjados de tapa dura de la editorial Billiken, mis padres me regalaban por cualquier motivo, un libro. Salgari, Verne, Memorias del Club Pickwick, La expedición de la Kon Tiki, Mujercitas, Tom Sawyer, Un paseo por la casa.

Me inscribí en la sala juvenil de la Biblioteca Nacional y todas las semanas sacaba un libro. Estaba en la primaria y yo solita iba de ida y vuelta en la desaparecida ruta 119, sin la sobreprotección paterna que se ve ahora. Alterné Corín Tellado y Clark Carrados con Los Miserables y Anna Karenina en las vacaciones escolares en que terminé la primaria. Durante la secundaria me dio por Agatha Christie, Conan Doyle y Poe, y aquellas ediciones Dragón con su formato largo y estrecho que devoré. Por esa época leí A sangre fría, Cien años… y ¡Rayuela!, que no entendí para nada.

Pero hay libros que por razones diversas son inolvidables. Una novela de ciencia ficción de la época soviética llamada El país de espuma me encantó, tanto, que cuando visité El Ermitage traté de hacerme entender sin éxito para llegar hasta la talla que da origen a la trama de la novela. No he querido leerla de nuevo, porque fue una lectura de juventud a la que quizás ahora le encontraría un montón de defectos. Los tres mosqueteros, que me trajeron los Reyes en 1966, una edición preciosa empastada y grande con ilustraciones en blanco y negro. De joven me caían en préstamo y para leer contra reloj títulos como El Padrino, Chacal, Papillon, pero la literatura clásica estaba en los libreros de mi casa, y entre bestseller y bestseller, mejoré mis lecturas.

A la poesía llegué tarde pero fue bueno para mí porque me permitió “digerirla”, lo que hago es que intercalo entre un bloque de narrativa, algo de poesía. Casarme con un escritor también resultó una ventaja. Nuestro castigo es un hijo que apenas lee.

Luego de tanto hedonismo, les digo los diez libros que me llevaría a una isla desierta.

Los tres mosqueteros-La isla misteriosa-El rojo y el negro-Conversación en la Catedral-El sonido y la furia-El tambor de hojalata-Poesía Completa de Vallejo-Mil y una noches-Decadencia y caída de casi todo el mundo-La guerra y la paz.

Y seguro en la isla lamento alguno que olvidé.


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