Sakenaf, Santa Clara, Villa Clara, 17 de febrero de 2012, (FCP). Las casas enrejadas es un fenómeno, que toma fuerza en la arquitectura nacional, y desluce e invade el decorado de numerosas viviendas. A todo lo largo y ancho del país, el elemento de adorno para el cual fueron diseñadas las rejas, ha trocado su cometido inicial, y se ha visto trasformado, debido, entre otras cosas, a la inseguridad que hoy reina en Cuba, pero también, por el mal gusto a la hora de su empleo y diseño.
Esto último surge por el uso desmedido y sombrío de las rejas en buena parte de los hogares cubanos, tendencia, que ha dado paso, a que algunos espacios parezcan una gran verja urbana. Pero lo complejo del asunto es, que cada día son más los interesados en construirse su propia “fortaleza citadina”, pues solo así se saben protegidos.
La obsesión ya no solo cautiva a los moradores de barrios residenciales o suntuosos domicilios, sino que también atrae a dueños de edificaciones de menor valía. Los primeros, al poseer mejores casas se les asocia con mayor número de bienes y por ende, se ven forzados a tal resguardo, y los segundos, para preservar lo poco que atesoran.
El origen para tal determinación deriva de varias razones básicas, no obstante, y como se planteó antes, la principal es para protegerse, aunque en ello pasen a ser los propietarios, quienes vivan “encerrados”. Pues como en la actualidad se roba de todo, desde una bicicleta, un lector de DVD o una gallina, hasta ropa interior y cazuelas, es natural acudir a las rejas, para sentirse a salvo.
Al parecer, la tendencia a crearse un mundo interior, cercado por herrumbrosas cabillas, hierros retorcidos de mejor o peor boceto u otros elementos de índole semejante continuará, máxime ahora, que el gobierno autorizó la venta de viviendas. Así, en caso de querer vender una de estas, aquella que esté enrejada, proporcionará mejores ganancias, pues una propiedad vale más con rejas que sin ellas.
Otro buen motivo para vivir dentro de ese gris entretejido de barras y soldaduras es, que esto permite a los ocupantes mostrar el interior del inmueble, y exhibir así su estatus social, no así, si este estuviera cercado por muros o al descubierto. Muestran de ese modo, todo cuanto ocultaría una tapia, lo mismo un televisor de 29 pulgadas con pantalla plana, que escenas cotidianas de la vida familiar.
Aunque el tema a colación englobe solo al sector residencial, por ser este el creador de dicha “cultura” constructiva, en ocasiones, es común toparse con estas “fortalezas citadinas”, cuando se visita una entidad comercial o de servicio estatal. Realidad esta última de muy mal gusto, pues la oficialidad intenta transmitir con ello una sensación de seguridad o eficacia, y a veces, solo cumplen roles simbólicos.
Ahora bien, tendrá algo que ver con enrejar las casas toscamente, residir cerca de la periferia, área donde el contraste es más visible. Analistas de la realidad cubana opinan que sí, y creen, que mientras los medios económicos de los ámbitos rurales no crezcan, el flujo del campo a la ciudad seguirá, y estos nuevos vecinos chocarán con una duda, hasta entonces desconocida por ellos y pronto querrán cercar sus casas.
Dilema al cual no parece entrevérsele un pronto final, de un lado, por lo condicionado que se muestra el tema de la migración interna y de otro, las pocas opciones que la parte oficial pueden ofrecer para asegurar la tranquilidad ciudadana. Por lo tanto, habrá que juzgar a las rejas como un círculo vicioso: “Es una decoración que nos encierra, puede que quizás pierda mi trabajo, pero mis pertenencias no”.
Sentirse seguro tras las rejas de una vivienda, es un suceso que, desde que apareció en la urbanística del patio, hace ya varias décadas, tuvo muy buena acogida, pese a la imagen grotesca que a veces proyecta. Su cometido ornamental de antaño se ha visto desplazado por el de protector hogareño, misión en la que deberá continuar hasta tanto aminore la incertidumbre que hoy pesa sobre Cuba.
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