Santa Catalina, Santa Clara, Villa Clara, 17 de enero de 2012, (FCP). Cuando en una persona se produce el arrepentimiento de pecado por la fe, ocurre entonces el milagro de la salvación. La cual tiene tres dimensiones básicas: Justificación, Santificación y Glorificación, esta última, es la consumación en el cielo del plan de salvación de la Divinidad.
Se entiende por justificación al perdón de pecados, en otras palabras, la aceptación de una persona por Dios, cuando se elimina la barrera que separa al hombre de su creador. Esta persona queda libre de la culpa y del castigo, todo esto en virtud del sacrificio y sufrimiento que sin merecer recibió Jesús en la cruz.
El principio de la santificación es lo que La Biblia llama: “Nuevo Nacimiento” o “Regeneración”. Recordemos las palabras del Maestro a Nicodemo: “…el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios”. Todos estos puntos doctrinales describen el propósito del Cielo con el hombre, renovar la imagen de Dios en el creyente, que se había perdido en El Edén por el pecado.
Las dimensiones de la salvación para su cabal comprensión, deben entenderse en el sentido social, o sea, en la interacción entre los seres humanos. De otra forma, es imposible expresarlo, pues no existen creyentes islas y tratar de encerrar el cristianismo, como religión, es condenarlo a la muerte y a la ineficacia respecto a su razón de ser.
El verdadero llamado de La Iglesia no es enclaustrarse entre cuatro paredes, para que un pequeño grupo de feligreses se sientan confortables, contentos y seguros, sin preocuparse por las penurias de sus semejantes. Los que así piensan, se divorcian del proyecto de Dios y quieren convertir a La Iglesia en un club social, sin poder para influenciar el medio.
Al final de su ministerio terrenal, Jesús nos dio “La Gran Comisión” y dijo: “…id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos… y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…” (Mt.28.16-20). Evidentemente la acción del Evangelio es a nivel social, de grupos de individuos para que conozcan los mandamientos de Dios para su felicidad.
El apóstol Pablo escribió: “Halla, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús… que se despojo a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;…” (Fil.2.5-7). Así, como un ruego, se les enseñó a los cristianos de Filipo y de todos los tiempos, que nuestro ejemplo supremo es el de Cristo, quien se entregó por todos los seres humanos.
Toda iglesia, de cualquier denominación cristiana, está llamada a volcarse y a consumirse en servicio a sus semejantes, para el bien de la sociedad. Por tanto, en la historia podemos encontrar muchas instituciones cristianas con una extensa labor social expresada en Universidades, Hospitales, Orfelinatos y otros.
Juan Wesley, fundador de La Iglesia Metodista, afirmó: “El Evangelio de Cristo no conoce otra clase de religión sino una religión social; no otra santidad sino social. La fe que trabaja por el amor, es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de la perfección cristiana… quien ama a Dios, ame también a su hermano”. (Obras de Wesley. Tomo IX. 230-240)
Inició este profeta de Dios del siglo XVIII, junto con otro grupo de hombres santos, a predicar las buenas noticias de Cristo a toda criatura en Inglaterra. Los primeros grupos en que comenzaron a organizarse se llamaron “sociedades”. Ellos estaban convencidos de que fueron llamados por Dios para renovar La Iglesia Anglicana y toda la nación.
El Metodismo llegó a Cuba en el 1883, por medio de dos misioneros provenientes de Cayo Hueso: Enrique Someillán y Andrés Silveira. Antes del triunfo del comunismo en la Isla, misioneros metodistas alfabetizaron en las montañas cubanas. Nuestra Iglesia tuvo dispensarios, colegios, etc., como el ocupado ilegalmente por el Partido Municipal de Santa Clara.
El gobierno cubano, desde sus inicios, se declaró ateo y demostró un odio acérrimo contra muchos grupos sociales, entre los que se encontraban los cristianos. Estos comunistas, enemigos del progreso y de la felicidad del cubano, han tratado de mutilar La Iglesia de Jesucristo, pero esta, cual gigante, se resiste, pues sabe, que está llamada a la acción social.
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