Aunque los estudiosos de la física moderna se desgañitan tratando de probarme que el tiempo es relativo. Aunque la religión de los brahmanes asegura que es una ilusión, mi pelo encanecido arroja al fuego toda esa monserga de razonamientos y me recuerda, auxiliado por los vientos invernales de diciembre, que otro año se ha ido. 2012 acaba de cruzar el dintel de nuestras vidas, motivando con su presencia el recuerdo de aspiraciones y proyectos postergados. Su llegada motiva una revisión exhaustiva, un balance moral, por ver cuanto ingresamos o cuanto perdimos, en medio de esta crisis universal de valores que amenaza con quebrar nuestra dignidad. Ni los victorees de los apologistas de siempre, que aparecen en el noticiero nacional con sonrisas de cartón colgadas y verbo almiboso, nos logran levantar el ánimo pues, más allá de los fuegos fatuos, de los espejismos que nos recrean al paraíso del proletariado, descubrimos una realidad que nos tortura; nuestra isla caimán se está muriendo. Su enfermedad, la desidia, y el agente transmisor, una caterva de octogenarios envilecidos, corsarios políticos que han hecho de la patria su botín personal. Cuba, por obra y gracia se esos varones, se ha metamorfoseado en una especie de isla del tesoro, en donde un ejercito de vampiros inversores compran con sus dineros, la oportunidad de darles un mordisco a la aorta de este rincón de América. Mientras, las familias sin casa, el escritor censurado, el visionario encarcelado, el pueblo con hambre, esperan con impaciencia por que el año que estamos por transitar sea el definitivo y les permita adquirir, a partir del crédito de sacrificio y dolor acumulado, su libertad. Ruego al Señor para que aligere nuestra carga y abra los grilletes que se han puesto en el corazón los cancerberos de la dictadura. Así mismo ruego, porque el amor emerja por fin triunfante, del estercolero en que los promotores del odio y la división le han sumergido. />
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